El amanecer encontró a la manada en completo movimiento.
Los guerreros habían rodeado el bosque durante toda la noche.
Nadie sabía de dónde había aparecido aquel lobo salvaje.
Pero una cosa estaba clara.
No había llegado por accidente.
Adrian permanecía frente a una enorme mesa de madera mientras Darian extendía varios mapas sobre ella.
—Revisamos todas las entradas al territorio —informó Darian—. Nadie cruzó los límites sin ser detectado.
Adrian observó el mapa.
—Entonces entró desde dentro.
Darian asintió lentamente.
—Eso parece.
El silencio se volvió pesado.
—¿Crees que alguien lo dejó entrar? —preguntó uno de los guerreros.
Adrian levantó la mirada.
—No lo creo.
Su voz se volvió fría.
—Lo sé.
Todos guardaron silencio.
El rey señaló el mapa.
—Quiero vigilancia en cada acceso. Nadie entra ni sale sin mi autorización.
—Sí, majestad.
—Y quiero saber quién estaba de guardia anoche.
Darian asintió.
—Lo investigaré personalmente.
Adrian lo miró.
—Hazlo.
Los guerreros salieron.
Darian permaneció allí.
—Hay algo más.
Adrian levantó la mirada.
—Habla.
—Ariana.
El rey se tensó.
—¿Qué ocurre con ella?
—La vi.
Adrian frunció el ceño.
—¿Qué viste?
Darian bajó la voz.
—Cuando el lobo salvaje se acercó… sus ojos cambiaron.
Adrian permaneció completamente inmóvil.
—Lo sé.
—¿También lo viste?
—Sí.
—Entonces tenemos un problema.
Adrian miró hacia la ventana.
—Tenemos algo mucho más grande que un problema.
Ariana despertó sobresaltada.
Se incorporó rápidamente.
Su respiración estaba agitada.
Había vuelto a soñar.
Pero esta vez no había visto a la mujer.
Había visto un palacio.
Un enorme palacio de piedra blanca.
Había cientos de personas arrodilladas.
Y ella estaba de pie frente a ellas.
Llevaba un vestido plateado.
Una corona descansaba sobre su cabeza.
Y alguien gritaba:
—¡Larga vida a la princesa!
Ariana se llevó las manos a la cabeza.
—No…
El recuerdo se desvaneció.
—Solo fue un sueño.
—No fue un sueño.
Ariana gritó.
—¡Lía!
Su amiga entró corriendo.
—¿Qué pasó?
Ariana señaló.
—¡Había alguien aquí!
Lía miró alrededor.
—¿Dónde?
—Escuché una voz.
—¿Qué voz?
Ariana dudó.
—La mía.
Lía palideció.
—¿Qué?
—No sé cómo explicarlo.
Lía se sentó a su lado.
—Cuéntame.
Ariana comenzó a relatarle el sueño.
Cuando terminó, Lía permaneció en silencio.
—¿Qué?
—Nada.
—Lía.
—Necesito pensar.
Ariana entrecerró los ojos.
—Otra vez estás ocultándome algo.
—No.
—Sí.
Lía suspiró.
—Hay cosas que todavía no puedo explicarte.
—¿Por qué?
—Porque no estoy segura.
Ariana se puso de pie.
—Pues yo sí estoy segura de algo.
—¿Qué?
—Que desde que llegué aquí todo está cambiando.
Lía bajó la mirada.
Ariana continuó:
—Primero escucho voces. Después sueño con lugares que jamás he visto. Mis ojos cambian. Un lobo salvaje me ataca y de repente consigo detenerlo sin siquiera saber cómo.
Lía se quedó callada.
—Y ahora sueño que soy una princesa.
Ariana se cruzó de brazos.
—¿Vas a decirme que todo eso es normal?
Lía negó lentamente.
—No.
—Entonces dime la verdad.
Lía tomó aire.
—No puedo.
Ariana sintió una punzada de decepción.
—Bien.
Tomó una chaqueta.
—¿Adónde vas?
—A hablar con el rey.
Lía abrió los ojos.
—¡Ariana!
—Él sabe algo.
—No puedes simplemente entrar al despacho de Adrian.
Ariana abrió la puerta.
—Observa.
Adrian acababa de salir de una reunión cuando escuchó unos pasos decididos acercándose.
La puerta se abrió sin que nadie llamara.
Ariana apareció.
—Tenemos que hablar.
Adrian la observó.
—Buenos días.
—No estoy de humor para buenos días.
Darian, que estaba junto a él, tuvo que contener una sonrisa.
—¿Puedo dejarlos solos? —preguntó.
Adrian asintió.
Darian salió.
Ariana cerró la puerta.
—¿Qué sabes?
Adrian se cruzó de brazos.
—¿Sobre qué?
—Sobre mí.
—No sé nada.
—Mentira.
Adrian arqueó una ceja.
—¿Siempre acusas al rey de mentir?
—Solo cuando miente.
Él casi sonrió.
—¿Qué quieres saber?
—¿Por qué mis ojos cambiaron?
Adrian se quedó serio.
—No lo sé.
—¿Por qué el lobo salvaje huyó cuando me vio?
Silencio.
—¿Por qué tú dijiste que no sabía quién era?
Adrian dio un paso hacia ella.
—Porque no lo sé.
—Entonces ¿por qué me miras como si sí?
Adrian se detuvo frente a ella.
—Porque desde que llegaste mi vida se volvió un desastre.
Ariana se quedó sorprendida.
—¿Eso es culpa mía?
—No.
—Entonces no entiendo.
Adrian respiró profundamente.
—Hay algo en ti.
—¿Qué cosa?
—No lo sé.
Ariana lo miró fijamente.
—¿Tu lobo también lo siente?
Adrian quedó completamente inmóvil.
Ella acababa de hacer la pregunta que él menos quería responder.
—¿Cómo sabes eso?
—No soy tonta.
Adrian bajó la voz.
—Mi lobo cree que eres importante.
—¿Importante?
—Mucho.
Ariana sintió nuevamente aquel calor en el pecho.
—¿Y tú?
Adrian sostuvo su mirada.
—Yo todavía no sé qué pensar.
La puerta se abrió.
—¡Adrian!
Una voz femenina llenó la habitación.
Ariana giró.
Una mujer elegante entró sin esperar permiso.
Selene.
Su mirada se posó inmediatamente sobre Ariana.
Y algo en sus ojos cambió.