La mañana comenzó con una tensión extraña en el palacio.
Ariana lo había notado desde que despertó.
Los miembros de la manada hablaban en voz baja.
Algunos la miraban cuando creían que ella no los observaba.
Otros simplemente apartaban la mirada.
Ariana no sabía si aquello se debía al ataque de la noche anterior o a algo más.
Pero había una sensación que no conseguía quitarse.
La sensación de que todos sabían algo sobre ella.
Todos menos ella.
—Esto es absurdo —murmuró mientras caminaba por el pasillo.
—¿Qué cosa?
Ariana se sobresaltó.
Lía estaba detrás de ella.
—La gente me está mirando.
—Porque eres nueva.
—No.
Ariana la señaló.
—Tú también estás rara.
Lía abrió los ojos.
—¿Yo?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque cada vez que pregunto sobre mí, cambias de tema.
Lía guardó silencio.
Ariana cruzó los brazos.
—¿Qué sabes?
—Nada.
—Otra vez esa respuesta.
—Porque es verdad.
—Lía…
La bruja suspiró.
—Solo sé que hay cosas que no comprendemos todavía.
—¿Y Darian?
—Darian tampoco.
Ariana entrecerró los ojos.
—¿Segura?
Lía dudó demasiado.
Ariana sonrió.
—Lo sabía.
—No significa que te esté ocultando algo.
—Significa exactamente eso.
Lía soltó una carcajada.
—Eres terrible interrogando.
—Y tú eres terrible mintiendo.
Antes de que pudieran continuar, una voz femenina las interrumpió.
—Ariana.
Ambas se giraron.
Selene se encontraba al final del pasillo.
Llevaba un elegante vestido blanco.
Su sonrisa era perfecta.
—La reina desea verte.
Ariana se sorprendió.
—¿La reina?
—Sí.
—¿Por qué?
Selene se encogió de hombros.
—Supongo que quiere conocer a la humana que ha causado tanto revuelo.
Lía dio un paso adelante.
—Yo iré con ella.
Selene sonrió.
—La invitación fue para Ariana.
—Entonces Ariana decidirá si quiere ir sola.
Selene sostuvo la mirada de Lía.
—Por supuesto.
Ariana intervino.
—Está bien.
Miró a Lía.
—Volveré pronto.
—Ariana…
—Estaré bien.
Selene se dio la vuelta.
—Sígueme.
La reina Isadora esperaba en una sala privada.
Cuando Ariana entró, la mujer levantó la mirada.
Y se quedó completamente inmóvil.
Durante unos segundos no pudo respirar.
Porque aquellos ojos…
Aquella expresión…
Era imposible.
Ariana se parecía demasiado a alguien.
A alguien que llevaba veintidós años buscando.
Isadora se levantó lentamente.
—Ariana.
La joven hizo una pequeña reverencia.
—Majestad.
Isadora se acercó.
Cada paso le resultaba más difícil que el anterior.
—No tienes que hacer eso.
Ariana levantó la mirada.
—¿Qué?
—Tratarme como una extraña.
Aquellas palabras hicieron que Ariana sintiera algo extraño.
—No la conozco.
Isadora sonrió tristemente.
—Lo sé.
Se sentó frente a ella.
—Quería hablar contigo.
—¿Sobre qué?
—Sobre tu vida.
Ariana se tensó.
—¿Por qué?
—Porque quiero conocerte.
Ariana la observó.
—¿Por qué?
Isadora sintió un nudo en la garganta.
Porque quería decirle la verdad.
Porque quería abrazarla.
Porque quería gritarle que había pasado veintidós años llorando por ella.
Pero todavía no podía.
Había demasiadas cosas que investigar.
Demasiados enemigos.
—Porque una madre siempre quiere conocer a las personas que llegan a su casa.
Ariana sonrió débilmente.
—Es usted muy amable.
Isadora bajó la mirada.
—¿Cómo eran tus padres?
Ariana comenzó a hablar.
Por primera vez, Isadora escuchó detalles sobre la infancia de su hija.
Sus gustos.
Sus miedos.
Sus sueños.
Cada palabra era un golpe.
La había perdido.
Y alguien más había tenido la oportunidad de verla crecer.
Pero Isadora no sintió celos.
Solo gratitud.
—Te amaron mucho.
Ariana sonrió.
—Sí.
—Eso me alegra.
Una lágrima escapó de los ojos de Isadora.
Ariana se preocupó.
—¿Está bien?
Isadora rápidamente la limpió.
—Sí.
Ariana tomó un pañuelo y se lo ofreció.
—No tiene que fingir conmigo.
Isadora la miró.
Aquella frase la destrozó.
—Eres demasiado parecida a alguien que conocí hace mucho tiempo.
Ariana frunció el ceño.
—¿A quién?
Isadora dudó.
—A alguien que perdí.
Ariana sintió un escalofrío.
—¿Era importante?
—La persona más importante de mi vida.
Mientras tanto, Adrian se encontraba en el patio de entrenamiento.
Intentaba concentrarse.
Era imposible.
Su lobo seguía inquieto.
Ve con ella.
—No.
Está con la reina.
—Estará protegida.
Necesitamos saber que está bien.
—No somos responsables de ella.
Su lobo gruñó.
Adrian lanzó un golpe contra el saco de entrenamiento.
El saco se rompió.
Darian, que estaba cerca, levantó una ceja.
—¿Problemas de ira?
—No.
—Acabas de destruir un saco.
—Era viejo.
—Lo compramos ayer.
Adrian lo miró.
Darian levantó las manos.
—Está bien.
Se hizo un silencio.
—¿Cómo está Ariana?
Adrian frunció el ceño.
—No lo sé.
—¿No quieres saberlo?
—No.
Darian sonrió.
—Mentiroso.
Adrian le lanzó una mirada amenazante.
—Cuidado.
—Solo digo que tu lobo lleva toda la mañana preguntando por ella.
—Mi lobo no habla contigo.
—No hace falta.
Darian se acercó.
—Adrian, sea lo que sea que está pasando…
—No quiero una pareja.
Darian guardó silencio.