El subsuelo del castillo olía a humedad, magia antigua... y olvido.
A cada paso, los corredores se hacían más estrechos, como si la misma tierra tratara de tragarnos. Mi corazón latía como un tambor furioso, y la luz mágica de Isla era el único faro que nos guiaba en medio de la oscuridad.
Sabía que no estábamos solos.
Desde las grietas en las paredes, cientos de ojos brillaban. Criaturas mágicas desterradas —hadas caídas de alas rasgadas, espectros deformes, duendes oscuros, pequeños dragones de sombra— nos observaban, desconfiadas, rencorosas.
Eran ellos. Los olvidados. Los que Deysi había condenado a vivir bajo tierra.
—No los provoquen —susurró Alex, su espada de luz vibrando débilmente en su mano.
De pronto, un rugido estremeció el suelo. Del fondo del corredor emergió una figura enorme: un lobo gigante hecho de sombras líquidas, con ojos como carbones encendidos.
El Guardián de las Profundidades.
Isla y Alex levantaron sus armas, pero yo... yo sentí otra cosa.
No odio. No amenaza.
Dolor. Soledad.
—Déjenmelo a mí —dije, avanzando sin temor.
Respiré hondo, buscando dentro de mí la magia que había crecido tras tantas batallas.
Y entonces extendí mis manos y susurré un hechizo de compasión.
Una luz suave me envolvió y, cuando tocó al lobo, este retrocedió... y cayó de rodillas.
Sus sombras se disiparon un instante, revelando a un ser hermoso, aunque herido por siglos de sufrimiento.
Me miró. Y bajó la cabeza, rindiéndose.
El camino estaba abierto.
La prisión donde estaban mis padres y mi hermanito no era de barrotes: era de raíces vivas, de piedra que latía como un corazón.
Los cazadores de Deysi habían usado magia prohibida para encerrar a la familia real.
—¡Amelia! —lloró mi madre, al verme.
Isla y Alex se enfrentaban a pequeños seres oscuros que intentaban detenernos, mientras yo canalizaba toda mi fuerza mágica para romper el sello.
Me ardieron las manos. Sentí que mis huesos vibraban de dolor.
Pero no iba a detenerme.
Con un grito que partió la oscuridad, la prisión se rompió en mil fragmentos.
Corrí hacia ellos. Mi madre. Mi padre. Mi pequeño hermano.
Estaban vivos.
Los abracé con toda la fuerza de mi corazón, sintiendo que, por primera vez en tanto tiempo, una parte de mí volvía a estar completa.
—Amelia —dijo Alex, su rostro grave mientras vigilaba los corredores—. Hay algo que debes saber.
Contuve el aliento.
—Tú no eres solo una heredera al trono humano.
Tú eres la Niña del Pacto.
Aquella destinada a unir el mundo mágico y el humano... o a destruir ambos.
Me temblaron las piernas. Isla apretó mi mano, su calor anclándome a la tierra.
—Debes elegir, Amelia —dijo Isla, sus ojos llenos de fe en mí—. ¿Lucharás por ambos mundos?
Sabía mi respuesta antes de siquiera pensarla.
—Sí.
Frente a los ojos invisibles de las criaturas mágicas, hicimos el Juramento del Subsuelo.
Alex, Isla y yo nos cortamos la palma de la mano, dejando que nuestra sangre tocara la tierra maldita.
Las criaturas nos observaron en silencio.
Y entonces, uno a uno, inclinaron sus cabezas.
El pacto estaba sellado.
Un nuevo ejército se alzaba en las profundidades.
Pero Deysi... Deysi también sintió nuestro juramento.
Una oleada de magia oscura sacudió los cimientos del subsuelo, derrumbando túneles, invocando monstruos del abismo.
El suelo tembló bajo nuestros pies. Las piedras caían como lluvia mortal.
—¡Corran! —gritó Alex.
Las criaturas mágicas, agradecidas por nuestra promesa, nos protegieron.
Un antiguo dragón de escamas grises y alas destrozadas emergió de la oscuridad, abriendo un túnel hacia la superficie con su rugido.
Subimos a su lomo y volamos hacia la libertad.
Cuando salimos del subsuelo, la noche nos recibió con un espectáculo sobrecogedor.
Una grieta gigante se abría en el cielo, dejando ver el otro lado: montañas flotantes, océanos de estrellas, bosques de colores imposibles...
Los dos mundos comenzaban a conectarse.
Y con ellos... también sus horrores.
En la distancia, entre las sombras de la grieta, vi una figura conocida.
Deysi.
Observándonos.
Sonriendo.
La verdadera guerra apenas había comenzado.
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Editado: 28.04.2025