El sol comenzó a elevarse en el horizonte, derramando sus primeros rayos sobre las tierras de Noveria, bañando las montañas, los bosques y los campos con una luz cálida, suave y prometedora. Ya no era el reino que había conocido la oscuridad de la guerra; ahora era un lugar de renacimiento. Un lugar de esperanza.
El castillo de Noveria, antes destrozado por la batalla, ahora estaba en proceso de reconstrucción. Las murallas que habían sido derribadas por las explosiones de magia se levantaban de nuevo, más fuertes que antes. Los pasillos del castillo, que habían oído solo ecos de desesperación, ahora se llenaban de risas, de promesas y de sueños.
Amelia, la Reina recién coronada, caminaba por los pasillos del castillo, rodeada de su familia. Los pasos resonaban en las piedras, pero su corazón latía con la certeza de que había encontrado su lugar en el mundo. Sus padres adoptivos caminaban a su lado, las manos entrelazadas, con sonrisas suaves en sus rostros. Isla, que había tenido que enfrentarse a tantas pérdidas, caminaba a su lado, ahora con la luz de la reconciliación en sus ojos, su madre y su padre a su lado.
—La guerra nos dejó muchas cicatrices —dijo Isla, mirando hacia el horizonte, donde los primeros rayos del sol iluminaban las ruinas y los campos—. Pero también nos dio una razón para seguir adelante.
Amelia asintió, mirando el paisaje con la misma determinación que siempre había tenido.
—No solo sobrevivimos, Isla —respondió Amelia, con voz firme—. Renacimos. Y ese renacimiento es nuestra mayor victoria. Lo que perdimos no volverá, pero lo que tenemos ahora, lo vamos a cuidar.
Los días pasaron, y Noveria comenzó a sanar. Las heridas físicas sanaban, pero las emocionales tomaban un poco más de tiempo. Cada día era un paso hacia el futuro. Los elfos, las hadas, los dragones, las criaturas mágicas, todos se reunían nuevamente para construir un nuevo reino, uno donde nadie sería olvidado, uno en el que todos serían parte de un futuro común.
Amelia pasó horas cada día recorriendo las aldeas, hablando con los ciudadanos, escuchando sus historias, sus sueños. Sabía que no podía cambiar el pasado, pero sí podía construir un futuro donde todos tuvieran un lugar. Donde nadie tuviera que luchar por sobrevivir. Y mientras caminaba entre los
suyos, sentía la fuerza de la magia, la de las generaciones pasadas, la de los sacrificios y la de los nuevos comienzos.
Pero también sentía la calidez del amor. El amor de su familia, de Isla, de Alex, de sus padres adoptivos. Y sí, de Aron, de los hermanos de Amelia. Todos estaban allí, compartiendo la reconstrucción de este mundo roto. La misma familia que había luchado con ella en la batalla final ahora estaba unida en la paz.
La luna brilló una vez más esa noche, más brillante que nunca. En lo más profundo de su ser, Amelia sabía que había logrado algo más grande que una corona. Había encontrado su propósito. Había recuperado su hogar, su gente, su familia. Y, aunque la guerra había terminado, sabía que el verdadero trabajo apenas comenzaba.
—Vamos a ser una familia, no solo por sangre, sino por elección —dijo Amelia, mirando a sus padres adoptivos, a Isla, a Alex, a Aron y sus hermanos, reunidos bajo el cielo estrellado.
—Siempre lo seremos —respondió Isla, sonriendo.
Y bajo la luz suave de la luna, con las estrellas como testigos, Noveria comenzó a escribir su nueva historia. Una historia de unidad, amor y renacimiento.
El reino había encontrado su Reina. Y la Reina, su hogar.
Y con cada amanecer, Noveria avanzaba, no solo hacia el futuro, sino hacia la promesa de que, al final, todo lo que realmente importa es el amor y la esperanza que se comparte, sin importar las cicatrices del pasado.
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Editado: 28.04.2025