No recuerdo cómo llegué aquí.
Solo sé que no debería estar en este lugar.
La cama es demasiado suave.
Las sábanas... demasiados finas.
Nada de siente mío.
Intento moverme, pero mi cuerpo responde de forma extraña, como si no me perteneciera del todo.
-Mi lady...- una voz suave rompe el silencio.
Giro la cabeza.
Hay una mujer frente a mí. No la conozco.
Y aún así...me mira como si yo fuera alguien importante.
-¿Dónde estoy? - pregunto, con una voz más baja y delicada de lo normal.
La mujer duda.
Ese pequeño es gesto es suficiente para inquietarme.
-Usted está en el palacio...
Palacio.
Mi corazón se detiene por un instante.
Nada de esto tiene sentido.
Me levanto como puedo y avanzo como hasta el espejo más cercano.
Cada paso se siente ajeno, torpe, como si estuviera aprendiendo a habitar un cuerpo que no es mío.
Entonces lo veo.
O peor...no lo entiendo.
Porque la chica que me devuelve la mirada...
No soy yo.
El aire se queda atrapado en mi pecho.
Doy un paso atrás. El reflejo hace lo mismo.
Cada movimiento... Es mío.
Cada gesto... También.
Pero ese rostro...no.
Alzo la mano con cautela y toco mi mejilla.
La piel es suave, perfecta, desconocida. Los rasgos son delicados, casi irreales.
No soy yo.
-Mi lady... - insiste la voz, ahora con preocupación.- ¿se encuentra bien?
-No me llames así -respondo casi de inmediato.
Pero incluso mi propia voz me traiciona: es más ligera, más refinada.
La mujer cae de rodillas sin dudarlo.
-Perdoneme mi lady. No era mi intención incomodarla.
Mi corazón empezó a latir con fuerza.
Esto no es un sueño
O sí lo es... Es demasiado real.
-Dime tu nombre -exijo, aferrándome a lo poco que puedo controlar.
-Elena, mi lady.
-Elena... -repito, intentando anclarme a algo - Mírame bien.
Levanta la vista, nerviosa.
-¿Quien soy yo?
El silencio pesa más que cualquier respuesta.
Elena palidece.
-Mi lady... Usted es...
Traga saliva.
-La prometida del rey.
Una risa seca se escapa de mis labios.
No.
Es absurdo.
Demasiado perfecto.
Demasiado imposible.
-Esto no puede ser verdad.
Pero, incluso mientras lo niego, algo en mi mente comienza a resquebrajarse.
Imágenes que no reconozco emergen sin permiso:
Salones interminables, vestidos pesados, miradas cargadas de respeto... Y de temor,
Y un nombre uno que no es mío.
Me llevo la mano a la cabeza.
-¿Qué... qué me hiciste?
-¡Nada, mi lady! -responde Elena, aterrada.
-Usted despertó diferente... Pero sigue siendo usted...
-¿Sigo siendo yo?
Vuelvo a mirar al espejo.
La chica que está ahí... La prometida del rey... Me observa en silencio.
Y entonces ocurre...