El Sagrado Reino del Dragón nació del pacto entre el rey fundador, Gaspar de Flores, y el Dragón Divino.
Solo podían heredar el trono los varones que llevaran la sangre de Gaspar.
También el derecho a recibir la gracia del Dragón Divino, y a enfrentar las pruebas que este imponía a la familia real, estaba reservado únicamente a los príncipes.
Gracias a esa ley, la tercera princesa, Natalia de Flores, fue apartada de la lucha por la sucesión y criada en silencio en las tierras de su familia materna.
Para su amigo de la infancia, Emilio Valdés, aquello era una fortuna.
Lejos de las sangrientas intrigas de la capital, lejos de las caprichosas pruebas del Dragón Divino, Natalia podía reír libremente, aprender libremente y escoger su propio futuro.
Eso era lo que Emilio creía.
Creía, de todo corazón, que Natalia también apreciaba aquellos días tranquilos.
Pero Natalia nunca había sido una princesa destinada solo a ser protegida.
Desde niña, decía claramente lo que quería, y tomaba por sí misma aquello que necesitaba.
Emilio amaba esa parte de ella.
La amaba porque era más directa que nadie, más deslumbrante que nadie, y él había decidido que algún día la protegería.
Entonces, un día, el Dragón Divino dictó una orden a la familia real.
Debían exterminar los nidos de monstruos que asolaban las fronteras del reino.
En principio, era una orden destinada a que los príncipes compitieran por méritos.
Sin embargo, las pruebas del Dragón Divino no exigían que el miembro de la familia real actuara con sus propias manos. Bastaba con que la tarea se cumpliera en nombre de alguien de sangre real.
Natalia le hizo una petición a Emilio.
—Derrota a esos monstruos en mi nombre.
Emilio no dudó.
Por Natalia, podía marchar a cualquier lugar peligroso.
Si ella obtenía una recompensa del Dragón Divino, quizá su posición en la capital mejoraría un poco. Así, dejarían de menospreciarla como una simple princesa sin relación con la sucesión.
Y pasaron tres años.
Emilio recorrió las fronteras, sufrió heridas y perdió compañeros, pero continuó derrotando monstruos en nombre de Natalia.
Sus cartas eran su único sostén.
Una vez al mes llegaban las palabras escritas por Natalia.
«Destruye el próximo nido del norte.»
«Tú puedes hacerlo.»
«Espero resultados.»
Con esas palabras grabadas en el pecho, Emilio siguió luchando.
Finalmente, los nidos de monstruos fueron completamente eliminados, y el Dragón Divino reconoció aquel logro.
Natalia fue convocada al templo para recibir su recompensa.
Emilio tenía esperanzas.
Con esto, tal vez podría acercarse a la capital.
Podría volver a ver a Natalia.
Podría recuperar los tres años que habían perdido.
En lo más profundo del templo, Natalia se arrodilló en silencio ante el enorme Dragón Divino.
El Dragón Divino preguntó:
—¿Qué deseas, sabia doncella de la sangre de Gaspar?
Natalia alzó el rostro.
Su perfil era el de la muchacha que Emilio conocía.
Pero la luz que brillaba en sus ojos era distinta.
Ella dijo algo.
Su voz solo alcanzó al Dragón Divino; Emilio no pudo oírla.
Al instante siguiente, el Dragón Divino se echó a reír.
Todo el templo tembló, y la magia comenzó a arremolinarse.
En el centro de aquella fuerza estaba Natalia.
Peligro, pensó Emilio.
Apartó a los sacerdotes, rompió la barrera de los sacerdotes armados que intentaban detenerlo y corrió hacia ella.
Pero no llegó a tiempo.
Cuando la luz estalló y se desvaneció, quien estaba allí ya no era Natalia.
El cabello dorado, los ojos rojos, los rasgos de su rostro… aún conservaban, sin duda, algo de ella.
Pero quien se erguía allí era un joven de porte gallardo.
Emilio la llamó con voz temblorosa.
—¿Natalia…?
Él no se volvió.
De cara a los sacerdotes, los escribas y los nobles llegados de la capital, declaró con voz firme:
—En este mismo instante, Natalia de Flores ha muerto. En su lugar, registrad el nombre del príncipe bendecido por el Dragón Divino: Leonardo de Flores.
El templo se llenó de murmullos.
—Yo soy el nuevo heredero del reino.
En ese instante, Emilio comprendió.
La persona por la que había arriesgado la vida durante tres años no era una princesa que deseara un futuro tranquilo.
Era alguien que aspiraba a convertirse en rey.
Natalia se había negado a vivir como una mujer incapaz de heredar el trono.
Había utilizado la propia ley del Dragón Divino y, al convertirse en príncipe, había obtenido el derecho a la sucesión.
¿Lo había traicionado?
¿O era Emilio el único que nunca había sabido nada desde el principio?
El muchacho que había tomado la espada para proteger a su amada amiga de la infancia se encontró, sin darse cuenta, de pie en el inicio de una nueva lucha por el trono.
Y en el centro de esa lucha estaba la princesa que una vez amó.
Ahora, el príncipe bendecido por el Dragón Divino: Leonardo.
En la capital, el primer príncipe, Alonso, el segundo príncipe, Ramiro, y el cuarto príncipe, Mateo, ya se disputaban ferozmente la corona.
La aparición repentina de un “nuevo príncipe reconocido por el Dragón Divino” se convirtió en una chispa capaz de sacudir todo el reino.
Emilio debía elegir.
¿Intentaría recuperar a Natalia?
¿Rechazaría a Leonardo?
¿O permanecería al lado de su transformado amigo de la infancia y apoyaría su camino hacia el trono?
Lo único seguro era que, desde aquel día, el primer amor de Emilio quedó atrapado en la historia misma del reino.
La historia comienza con una sola pregunta.
Cuando la princesa amada, a quien juraste proteger, se convierte en príncipe y empieza a aspirar al trono, ¿qué debe elegir su caballero de la infancia?