Lyra se puso de pie, aunque sus piernas se sentían como si estuvieran hechas de agua y plomo. El eco de su propia magia —esa luz dorada que creía muerta— todavía zumbaba bajo su piel, una vibración dolorosa que le recordaba lo que había perdido.
Frente a ella, Kaelen regresó a su silla de obsidiana. Se movía con una gracia depredadora, ignorando el humo que aún salía de su camisa chamuscada. Se dejó caer en el asiento y, con un gesto desganado de la mano, las sombras que habían inmovilizado a Lyra se disolvieron, retirándose hacia las esquinas de la tienda como sabuesos obedientes pero hambrientos.
—Siéntate —ordenó él, señalando una silla de madera frente al escritorio. No era una invitación cortés; era una orden militar.
Lyra no se movió. Mantuvo la barbilla alta, su postura rígida. —Prefiero estar de pie. No me sentaré a la mesa con el asesino de mi padre.
Kaelen soltó un suspiro largo y cansado. Se frotó el puente de la nariz, cerrando los ojos por un momento. Cuando los abrió, el anillo oscuro alrededor de sus iris grises parecía haber girado un grado. —Tu padre murió en batalla, Lyra. Con una espada en la mano. Le di una muerte de guerrero, que es más de lo que él ofreció a los pueblos que quemó en el Sur antes de que yo llegara. —Su voz era monótona, como si estuviera recitando el clima—. Pero no estamos aquí para discutir historia. Estamos aquí para discutir tu utilidad.
—¿Mi utilidad? —Lyra soltó una risa incrédula—. Hace cinco minutos intenté cortarte el cuello.
—Y fallaste —replicó él, implacable—. Pero tuviste las agallas de intentarlo. Eso es más de lo que puedo decir de la mitad de mis generales.
Kaelen se inclinó hacia adelante, entrelazando los dedos sobre el mapa brillante. La luz mágica iluminaba sus pómulos afilados y la cicatriz que le cruzaba la ceja izquierda. —Escucha con atención, Princesa, porque no me repetiré. Mi imperio se está desmoronando. No por enemigos externos. No hay nadie fuera de estas fronteras que se atreva a desafiarme. El problema está aquí.
Golpeó el pecho con el puño. —La Maldición de Sombras me está consumiendo. Cada vez que uso mi magia, pierdo un poco más de... control. Mis generales lo saben. Huelen la sangre en el agua. El Duque Valdrin, la Suma Sacerdotisa Ivarra... todos están esperando el momento en que la locura me tome por completo para clavarme un cuchillo en la espalda y repartirse mi reino.
Lyra lo miró, analizando cada palabra. Era una confesión de debilidad impensable para un tirano. —¿Por qué me cuentas esto? Debería dejar que te maten. Sería justicia poética.
—Porque si ellos toman el poder —dijo Kaelen suavemente—, Solara arderá de verdad. Yo soy un conquistador, Lyra, no un sádico. Mantengo el orden. La gente come. El comercio fluye. Pero Valdrin... Valdrin cree en la purga de sangre. Si él toma el trono, cazará a cada sobreviviente de tu pueblo y los usará para experimentos de nigromancia. No quedará nada de tu legado.
El frío se instaló en el estómago de Lyra. Conocía la reputación del Duque Valdrin. Un hombre que coleccionaba ojos decían. —¿Qué quieres de mí? —preguntó, su voz apenas un susurro.
Kaelen la miró fijamente, evaluándola como quien evalúa el filo de una espada nueva. —Necesito un escudo. Y un cebo.
Se levantó y caminó hacia un mueble lateral, sirviéndose una copa de licor ámbar. No le ofreció a ella. —La corte espera que elija una esposa pronto. Una Emperatriz que consolide mi poder. Si elijo a una de las hijas de los nobles oscuros, le doy poder a una facción sobre las otras y provoco disgustos o incluso una guerra civil. Pero si elijo a una extranjera... a una enemiga...
Se giró hacia ella, dando un sorbo a su bebida. —Si elijo a la Princesa perdida de Solara, consigo dos cosas. Primero: legitimidad. Tu sangre es antigua, anterior a la mía. Unir nuestras líneas apacigua a los tradicionalistas. Segundo: te conviertes en un blanco.
Lyra entendió la jugada al instante. Era brillante. Y suicida. —Quieres que finja ser tu prometida —dijo, conectando los puntos—. Para que tus enemigos dejen de intentar matarte a ti y empiecen a intentar matarme a mí.
—Exacto. —Kaelen sonrió, y esta vez la sonrisa llegó a sus ojos. Era una expresión terrible—. Quiero que atraigas a las víboras. Quiero que se revelen. Y cuando intenten atacarte... yo estaré allí para cortarles la cabeza.
—Me estás pidiendo que sea carne de cañón —escupió Lyra.
—Te estoy ofreciendo una oportunidad —corrigió él, dejando la copa sobre la mesa con un golpe seco—. Piensa, Lyra. No tienes ejército. No tienes oro. Tu magia de Luz es una brasa moribunda como ya lo vimos hace unos minutos. Si sales de esta tienda ahora, te ejecutaré por intento de regicidio, o peor, te dejaré ir y morirás de hambre en una zanja en una semana.
Caminó hacia ella, invadiendo su espacio personal. El olor a ozono y cuero la envolvió. Lyra tuvo que obligarse a no retroceder. —Pero si aceptas el trato... —Bajó la voz—. Serás la mujer más poderosa del continente. Tendrás acceso a mis recursos, a mis secretos, a mis enemigos. Y te prometo esto: por cada traidor que me ayudes a eliminar, te daré el nombre de uno de los nobles de Solara que vendió a tu familia.
Lyra dejó de respirar. —¿Qué?
—¿Creíste que entré en tu palacio tan fácilmente solo por mi magia? —Kaelen soltó una risa oscura—. Alguien bajó el puente levadizo, Princesa. Alguien envenenó a tus guardias. Tengo los nombres en un libro negro. Acepta el trato, y te daré sus cabezas. Una por una.
La mente de Lyra era un torbellino. Traidores. Su tío. Su capitán de guardia. Alguien a quien amaba la había vendido. La furia, caliente y viscosa, reemplazó al miedo.
Miró al hombre frente a ella. Era el enemigo. Era la oscuridad encarnada. Pero también era la única espada que podía usar para cortar la podredumbre de su propio pasado.
—¿Cuáles son los términos? —preguntó ella, su voz firme por primera vez.