El agua del baño estaba hirviendo. No tibia, ni caliente. Hirviendo.
Lyra apretó los dientes mientras las esponjas rasposas frotaban su piel, arrancando tres años de suciedad, mugre y anonimato. El vapor llenaba la habitación hecha de piedra negra, empañando los espejos de plata y sofocando el aire con olor a lavanda y azufre.
No eran sirvientas humanas las que la atendían. Kaelen no confiaba en los humanos para esto. Eran Silentes: constructos mágicos con forma de mujer, hechos de arcilla pálida y sombras solidificadas. No tenían boca, solo ojos lisos como guijarros de río y manos frías y eficientes.
Una de las Silentes le frotó el brazo izquierdo con fuerza, casi despellejándola. Lyra no se quejó. El dolor la centraba. El dolor le recordaba que seguía viva en el corazón de la bestia.
«Me están limpiando como a un sacrificio», pensó, mirando el agua oscurecerse con la tierra de su antigua vida. «O como a una mascota nueva».
Había sido trasladada a la Torre del Homenaje del Bastión de las Sombras, una fortaleza que Kaelen había conquistado hacía un mes y que ahora servía como su corte temporal. La habitación era lujosa, pero opresiva. Terciopelo negro, madera de ébano, candelabros de hierro forjado que parecían garras. Todo gritaba poder y oscuridad.
Cuando las Silentes terminaron, la sacaron del agua y la envolvieron en toallas de algodón egipcio tan suaves que rasparon su piel sensibilizada. La sentaron frente a un tocador de obsidiana.
Lyra miró su reflejo. Apenas se reconoció. La chica del espejo estaba delgada, sus clavículas marcadas como cuchillos bajo la piel pálida. Pero sus ojos... sus ojos violetas, herencia de la dinastía Valerius, ardían con un fuego que no recordaba haber tenido cuando era princesa. Antes, sus ojos eran suaves. Ahora, eran los ojos de alguien que ha tenido que matar para comer durante tres años completos.
Las Silentes comenzaron a trabajar en su cabello. Desenredaron la maraña de rizos castaños, aplicaron aceites perfumados que olían a sándalo y noche, y lo trenzaron en una corona intrincada, dejando mechones sueltos para enmarcar su rostro.
Luego vino el vestido. No era blanco. Por supuesto que no. Era un vestido de seda pesada en un tono rojo sangre tan oscuro que parecía negro bajo la luz de las velas. El corpiño era rígido, armado como una coraza, y dejaba sus hombros y gran parte de su espalda al descubierto. Las mangas eran largas, de encaje de sombras —un tejido mágico que parecía humo sólido sobre su piel—.
Cuando se lo abrocharon, Lyra sintió que le faltaba el aire. El vestido la obligaba a pararse derecha, a levantar la barbilla. Era hermoso. Y era aterrador. Era el vestido de una reina consorte del infierno.
—Falta algo.
La voz masculina hizo que las Silentes se detuvieran en seco y se retiraran hacia las paredes, fundiéndose con las sombras. Lyra se giró. Kaelen estaba en el umbral de la puerta. Se había cambiado. Ya no llevaba la camisa de lino y las botas de montar. Llevaba su traje de gala militar: una levita negra con bordados de plata, pantalones ajustados y botas altas pulidas. En su hombro, una capa de piel de lobo negro caía con pesadez regia.
Se veía... majestuoso. Y letal. Como un dios oscuro que acaba de descender para juzgar a los mortales.
Sus ojos grises recorrieron a Lyra de pies a cabeza. No hubo lujuria vulgar en su mirada, sino una apreciación fría y calculadora. Como quien examina una obra de arte recién restaurada. O un arma recién forjada.
—Rojo Sangre de Wyvern —comentó él, entrando en la habitación. El sonido de sus botas sobre la piedra era rítmico, hipnótico—. Un color atrevido para una princesa de la Luz.
—Es el color de la venganza —replicó Lyra, girándose completamente para enfrentarlo. El vestido susurró a su alrededor.
Kaelen arqueó una ceja, deteniéndose a un metro de ella. —Es el color de mi Casa, Lyra. Al usarlo, le dices a la corte que me perteneces. Que estás bajo mi protección y mi mando.
Lyra sintió una punzada de rebelión, pero la sofocó. «El trato. Recuerda el trato». —¿Me veo convincente? —preguntó secamente.
Kaelen ladeó la cabeza. —Te ves... peligrosa. Eso es bueno. Los lobos de mi corte huelen el miedo. Si te ven como una víctima, te devorarán antes del primer plato. Si te ven como una amenaza... dudarán.
Metió la mano en el bolsillo interior de su levita y sacó una caja de terciopelo negro. —Pero como dije, falta algo.
Abrió la caja. Dentro, descansaba una gargantilla de metal negro, delicada como una telaraña, con una piedra central que pulsaba con luz tenue: un ópalo de humo. Lyra retrocedió instintivamente, llevándose la mano al cuello. —No soy una mascota. No usaré un collar.
La expresión de Kaelen se endureció. —No es un collar, es un Vinculum. Un artefacto de protección. —Dio un paso adelante, invadiendo su espacio—. Mi corte está llena de hechiceros mentales y envenenadores de alma. Sin esto, entrarán en tu mente y sacarán tus secretos en cinco minutos. Sabrán que nuestro compromiso es una farsa antes de que sirvan el vino.
Lyra vaciló. —¿Qué hace?
—Crea un muro psíquico alrededor de tu mente. Y... —Kaelen dudó un segundo—. Simula el vínculo de alma que comparten las parejas mágicas verdaderas. Irradia mi energía. Cuando te miren, sentirán mi sombra sobre ti. Pensarán que ya te he reclamado en todos los sentidos.
Lyra tragó saliva. Llevar su energía. Dejar que él la "marcara" frente a todos. —Pónmelo —dijo, levantando la barbilla y exponiendo su garganta desnuda. Un gesto de sumisión que era, en realidad, un desafío. «Hazlo si te atreves».
Kaelen sacó la joya. Sus dedos enguantados rozaron la piel suave del cuello de Lyra mientras colocaba el metal frío contra su garganta. Ella se estremeció. No pudo evitarlo. Él se detuvo detrás de ella para abrochar el cierre. Estaba tan cerca que Lyra podía sentir el calor de su cuerpo irradiando a través de la ropa. Podía olerlo: jabón limpio, acero frío y esa tormenta eléctrica que siempre lo rodeaba.