El dolor era un color. Lyra decidió que era blanco, un blanco cegador y estático, muy parecido al destello de magnesio que había provocado en el salón de baile. Sus manos palpitaban al ritmo de su corazón, una percusión sorda y constante que le impedía pensar con claridad mientras los sanadores terminaban su trabajo.
Estaba sentada en el borde de la inmensa cama con dosel en sus nuevos aposentos. La habitación era tres veces el tamaño de la celda que había ocupado en su mente durante los últimos años, decorada con sedas negras y plata, pero se sentía igual de prisión. La única diferencia era la calidad de los barrotes.
—Con cuidado —gruñó una voz desde la esquina más oscura de la habitación.
El sanador, un anciano de piel arrugada y manos temblorosas que olía a hierbas secas y miedo rancio, dio un respingo visible. Dejó caer una gota de ungüento verde sobre la palma quemada de Lyra. —S-sí, mi Lord General. La pomada de Raíz de Luna acelerará la regeneración de la dermis, pero... dolerá. La magia de fuego deja ecos en la carne.
Lyra apretó los dientes y soltó un siseo cuando el ungüento tocó la piel en carne viva. Ardía como si le estuvieran frotando con ortigas bañadas en ácido. Pero no apartó la mano. No le daría el gusto a Kaelen de verla llorar por una quemadura, no después de haber visto cómo descuartizaba un reino entero. —Estoy bien —dijo ella, con la voz tensa pero firme—. Termine de una vez.
Kaelen se separó de la pared donde había estado vigilando como una gárgola. Se había quitado la levita militar y la capa de piel, quedando solo en camisa y chaleco. Se veía menos como un monarca y más como un hombre que acababa de salir de una pelea callejera: el pelo negro revuelto, la camisa arremangada mostrando los antebrazos marcados por venas y runas, y una tensión en los hombros que sugería que la violencia seguía agazapada justo debajo de la superficie.
Caminó hasta la cama e inspeccionó el trabajo del sanador con ojo crítico. —Varya usa hielo maldito —dijo Kaelen, su voz baja—. Si el fuego de Lyra no hubiera sido... potenciado, el frío habría necrosado el hueso. ¿Quedarán cicatrices?
El sanador tragó saliva, evitando mirar al General a los ojos. —L-las cicatrices físicas sanarán en unos días con este tratamiento, mi señor. Pero la magia... la magia deja marcas que la piel recuerda. Es posible que tenga sensibilidad al frío en esas manos durante años.
Kaelen guardó silencio. Un silencio pesado que hizo que la temperatura de la habitación descendiera un par de grados. Miró las manos de Lyra, pequeñas y envueltas ahora en vendas de lino blanco, descansando sobre su regazo como pájaros heridos. —Largo —ordenó Kaelen sin mirar al anciano.
El sanador no necesitó que se lo dijeran dos veces. Hizo una reverencia torpe, recogió sus frascos con un tintineo nervioso y salió de la habitación casi corriendo, cerrando la puerta con un clic suave pero definitivo.
Quedaron solos. El silencio se estiró, lleno de cosas no dichas. El Vinculum en el cuello de Lyra zumbaba suavemente, reaccionando a la agitación emocional de Kaelen. Podía sentir sus emociones no como pensamientos claros, sino como texturas: culpa rugosa, admiración afilada y una ira fría y líquida dirigida hacia su hermana.
Kaelen arrastró una silla de madera pesada y la colocó frente a ella, sentándose de modo que sus rodillas casi rozaban las de Lyra. —Fuiste imprudente —dijo. No era un grito, era una declaración de hechos.
Lyra levantó la vista de sus manos vendadas. —Fui efectiva.
—Podrías haber perdido las manos. O la vida. —Kaelen se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en sus muslos—. El Gólem de Escarcha no siente dolor. Si hubiera caído un metro más a la izquierda, te habría aplastado. Mi sombra estaba allí. Yo tenía el control.
—No, no lo tenías —replicó Lyra, la ira encendiéndose en su pecho, superando al dolor de las quemaduras—. Estabas ocupado conteniendo a tu hermana loca. El pilar iba a ceder. Vi las grietas. Si el techo caía, tu escudo de sombras nos habría protegido a nosotros, tal vez, pero la mitad de tu corte habría muerto aplastada.
Kaelen la miró fijamente, sus ojos grises escrutando su rostro. —¿Y te importa mi corte? —preguntó suavemente—. ¿Te importan los nobles que celebraron la caída de tu padre? Valdrin estaba justo debajo de ese arco. Si el techo caía, él habría sido el primero en morir. ¿Por qué salvarlo?
Lyra parpadeó. Era una buena pregunta. ¿Por qué lo había hecho? —No lo salvé a él —dijo lentamente, buscando la verdad dentro de sí misma—. Salvé... la situación. Si tu corte muere, el caos se apodera del imperio. Si hay caos, los inocentes sufren. La gente común. Los sirvientes.
Una comisura de la boca de Kaelen se curvó hacia arriba. — Un motivador excelente para ti. —Extendió una mano y, con una delicadeza sorprendente, rozó el borde del vendaje en la muñeca derecha de Lyra—. Pero hay algo más. Esa luz...
Lyra se tensó. —No sé cómo lo hice.
—No mientas. —La voz de Kaelen se endureció—. Sentí el cambio en el aire. No creaste fuego. Ordenaste al fuego que fuera más fuerte. Es una forma de magia de amplificación que no se ha visto en siglos. Los Valerius eran conocidos por la manipulación de la luz solar, no por potenciar elementos.
—Te digo que no lo sé —insistió Lyra, apartando la mano bruscamente. El movimiento le envió un latigazo de dolor por el brazo, pero lo ignoró—. Solo... sentí que necesitaba que ardiera. Y mi magia respondió. Ha estado dormida tres años, Kaelen. No sé qué es ahora. Tal vez el odio la cambió.
Kaelen se recostó en la silla, estudiándola. —O tal vez mi Sombra la cambió. —Murmuró, más para sí mismo que para ella—. La Sombra y la Luz se definen mutuamente. Quizás al estar cerca de mi Umbra, tu Luz se ha visto obligada a evolucionar para sobrevivir.
Se puso de pie, la silla raspando contra la piedra. —Descansa. Mañana empezaremos a trabajar en eso. No puedo tener una esposa que explota cosas al azar. Necesito un arma de precisión, no una granada defectuosa.