La Prisionera

CAPÍTULO 6: EL ATENTADO

El amanecer en las Tierras Sombrías no traía esperanza; solo traía visibilidad. La luz del sol luchaba por atravesar la capa perpetua de nubes grises que cubría el dominio de Kaelen, resultando en un resplandor lechoso y difuso que hacía que el mundo pareciera estar atrapado en un sueño febril eterno.

Lyra se ajustó los guantes de cuero reforzado, haciendo una mueca cuando la tela rozó las vendas de sus palmas. Las quemaduras de la noche anterior palpitaban con un ritmo sordo, un recordatorio constante de su imprudencia y de su poder recién descubierto.

—No tienes que ir —dijo Kaelen.

Estaba de pie junto a la ventana de sus aposentos, de espaldas a ella, mirando hacia el patio de armas donde los mozos de cuadra preparaban los caballos. Llevaba una armadura ligera de cuero negro y cota de malla de mithril oscuro, diseñada para la movilidad más que para el impacto. Parecía una pantera lista para saltar, pero la tensión en sus hombros delataba que la noche, después de lo sucedido en el gimnasio, tampoco había sido amable con él.

—Es la Cacería Real de Otoño —respondió Lyra, terminando de abrochar su capa de lana gris. Había elegido pantalones de montar y una túnica ajustada, práctica y carente de los adornos ridículos de la corte—. Si la futura Emperatriz se queda en cama por unas "quemaduras menores", pensarán que soy débil. Y tú dijiste que los débiles no sobreviven aquí.

Kaelen se giró lentamente. Sus ojos grises estaban oscurecidos por ojeras tenues. Desde el incidente en el gimnasio, apenas habían cruzado diez palabras. La energía extraña y adictiva que habían compartido —ese equilibrio perfecto entre luz y sombra— colgaba entre ellos como una espada de Damocles invisible. Él la había echado para no devorarla, y ella había huido para no dejarse devorar. La vergüenza y el deseo se mezclaban en el aire de la habitación, creando una atmósfera irrespirable.

—No son quemaduras menores. Es daño mágico —dijo él, cruzándose de brazos. Su mirada bajó a las manos de ella y luego subió rápidamente a sus ojos, como si temiera quedarse atrapado allí—. Y la Cacería no es un paseo. Vamos al Bosque de las Lamentaciones. Las bestias allí no huyen; cazan.

—Entonces tendré que cazar mejor que ellas —Lyra caminó hacia la mesa donde descansaba una daga larga de acero valyrio que Kaelen le había enviado esa mañana. La envainó en su cinturón—. Además, el Duque Valdrin estará allí. Quiero ver su cara cuando me vea montar.

Kaelen soltó un bufido que casi fue una risa. —Tu obsesión con Valdrin empieza a preocuparme. Si no te conociera, diría que te gusta.

—Me gusta la idea de su cabeza en una pica —replicó ella con frialdad.

—Esa es mi chica —murmuró Kaelen, y por un segundo, la máscara de general distante se deslizó, dejando ver al hombre que había disfrutado del combate con ella. Pero la recuperó al instante—. Bien. Si insistes en venir, mantente cerca. Y por lo que más quieras, no intentes potenciar el fuego de nadie. No quiero tener que explicarle al consejo por qué quemaste medio bosque.

—Solo si tú prometes no intentar estrangular a nadie con sombras si te miran mal —contraatacó ella.

Kaelen se acercó a la puerta y la abrió para ella. —No puedo prometer eso, Princesa. Es mi pasatiempo favorito.

El patio del bastión era un hervidero de actividad. Caballos de guerra negros resoplaban vapor en el aire frío, sus cascos golpeando los adoquines. Los nobles se habían vestido con sus mejores galas de "caza", que en la corte oscura significaba pieles de animales exóticos, terciopelos reforzados y armas con incrustaciones de joyas que probablemente nunca habían probado la sangre.

Cuando Kaelen y Lyra aparecieron, el murmullo cesó. Lyra mantuvo la cabeza alta, ignorando el dolor en sus manos mientras montaba su caballo, una yegua ruana de temperamento nervioso llamada Danza. Kaelen montó su propio destrero, una bestia monstruosa llamada Tifón, cuyos ojos brillaban con una inteligencia maliciosa y que parecía estar hecho más de músculo y odio que de carne y hueso.

El Duque Valdrin se acercó a ellos a lomos de un caballo pálido y huesudo. —Mi General —saludó con una inclinación de cabeza que rozaba la insolencia—. Y Lady Lyra. Veo que el incidente de anoche no ha mermado su... espíritu.

—Se necesita más que un gólem de hielo para romperme, Duque —respondió Lyra con una sonrisa dulce—. Pero gracias por su preocupación. ¿Cómo está su cuello esta mañana? Me pareció verlo un poco tenso anoche cuando casi le cae un techo encima.

Valdrin apretó los labios, sus ojos de pozo negro destellando con irritación. —La fortuna favorece a los tontos, dicen. Esperemos que la fortuna la acompañe en el Bosque. Las sombras allí tienen dientes, mi señora.

—Basta —cortó Kaelen, su voz resonando como un látigo. Hizo girar a Tifón, obligando al caballo de Valdrin a retroceder—. Vamos a cazar, no a parlotear como viejas en el mercado. ¡Abran las puertas!

La comitiva salió al galope, dejando atrás la seguridad de los muros de piedra negra. El paisaje cambió rápidamente. Los campos yermos dieron paso a árboles retorcidos de corteza negra y hojas de un violeta oscuro y enfermizo. El Bosque de las Lamentaciones hacía honor a su nombre; el viento que pasaba entre las ramas producía un sonido similar a un llanto lejano y constante. La niebla se aferraba al suelo, ocultando las raíces y los agujeros, haciendo que cada paso de los caballos fuera un riesgo calculado.

Cabalgaron durante una hora. Kaelen se mantuvo a la cabeza, con Lyra a su flanco derecho y la Comandante Rhavia al izquierdo. Los guardias formaban un perímetro, pero en este bosque, las amenazas no siempre venían de frente.

—Rastros de Vargheist al este —señaló Rhavia, apuntando a unos rasguños profundos en el tronco de un árbol anciano. Los Vargheists eran murciélagos gigantes, depredadores aéreos que drenaban la sangre de sus presas en segundos.




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