La Prisionera

CAPÍTULO 9: EL BAILE DE LAS MÁSCARAS

El Salón de los Espejos del Bastión de las Sombras no estaba diseñado para la alegría; estaba diseñado para la vanidad y el engaño. Cientos de espejos de cristal negro, traídos de las minas volcánicas del sur, cubrían las paredes desde el suelo de mármol pulido hasta el techo abovedado, reflejando infinitamente a los invitados en una procesión de fantasmas distorsionados.

Cuando las grandes puertas dobles se abrieron para anunciar la entrada del Lord General y la Princesa, el sonido de la música se detuvo por un segundo, como si la orquesta misma contuviera la respiración.

Lyra sintió el impacto de las quinientas miradas como un golpe físico. El aire dentro del salón era espeso, saturado de perfumes exóticos —almizcle, jazmín nocturno, ámbar— que intentaban enmascarar el olor metálico y frío que siempre impregnaba el castillo. Las velas flotantes, suspendidas por magia menor cerca del techo, arrojaban una luz dorada y trémula que hacía brillar las joyas de la nobleza corrupta que llenaba el espacio.

—Respira —susurró Kaelen a su lado.

Su voz era un ancla grave en medio del vértigo. Lyra apretó los dedos sobre el antebrazo de él, sintiendo la dureza del músculo bajo la tela militar de su traje. El contacto era eléctrico. Desde que habían descubierto la naturaleza parasitaria de su vínculo mágico el día anterior, cada toque se sentía amplificado por diez. No era solo piel contra piel; era energía buscando su cauce. La Sombra de él calmaba el fuego en la sangre de ella; la Luz de ella silenciaba los gritos en la mente de él.

—Estoy respirando —respondió Lyra entre dientes, manteniendo la cabeza alta. Su máscara de oro y rubíes le pesaba sobre el puente de la nariz, pero le ofrecía una barrera psicológica vital—. Solo estoy evaluando las amenazas.

—Todos son amenazas —dijo Kaelen, guiándola hacia el interior del salón. Su paso era lento, deliberado, el paso de un rey lobo entrando en su territorio—. Pero esta noche, tú eres la más peligrosa de todas. Ese vestido rojo es una declaración de guerra, Lyra.

Lyra miró de reojo su propio reflejo en uno de los espejos negros. El terciopelo carmesí se ceñía a su cuerpo como una segunda piel, y la abertura de la falda revelaba su pierna con cada paso, un destello de piel pálida contra la oscuridad del salón. Se veía poderosa. Se veía letal. Se veía como la reina que Kaelen quería que fuera.

La multitud se apartó para dejarles paso, formando un pasillo humano de sedas, encajes y máscaras de animales. Había máscaras de cuervos, de zorros, de serpientes. La corte de las Sombras ocultaba sus rostros, pero revelaba sus naturalezas.

El Duque Valdrin estaba cerca de la tarima de la orquesta, con una máscara de plata que imitaba una calavera sonriente. Al verlos, inclinó la cabeza con una reverencia burlona. Kaelen lo ignoró con una frialdad absoluta, apretando ligeramente la mano de Lyra sobre su brazo. —No mires a Valdrin —murmuró Kaelen—. Si le das atención, le das poder. Mírame a mí. O mira a la multitud como si fueran insectos que podrías aplastar.

—Es difícil mirarlos así cuando sé que quizás la mitad de ellos conspiraron para matarme ayer —susurró Lyra.

—Precisamente por eso. Sonríe, Princesa. Que se pregunten qué sabes tú que ellos ignoran.

La orquesta reanudó la música. Un vals lento, oscuro, con notas graves de violonchelo que resonaban en el pecho. Kaelen se detuvo en el centro de la pista de baile, bajo el gran candelabro de cristal. Se giró hacia ella y, con una elegancia que desmentía su brutalidad en el campo de batalla, le ofreció la mano. —Concédeme este baile.

No era una pregunta. Era una orden disfrazada de cortesía, un espectáculo para la galería. Lyra colocó su mano en la de él. La descarga de alivio fue inmediata. El zumbido estático que había empezado a acumularse en su nuca durante los minutos que llevaban caminando se disipó, reemplazado por un calor líquido y placentero. Kaelen deslizó su otra mano por la cintura de ella, atrayéndola hasta que sus cuerpos quedaron a centímetros de distancia, desafiando el protocolo que exigía espacio entre los bailarines.

Empezaron a moverse. Lyra había aprendido a bailar en la corte de su padre, movimientos rígidos y formales. Pero Kaelen no bailaba así. Kaelen se movía con fluidez depredadora, guiándola con una fuerza innegable pero sorprendentemente suave. Giraron. El mundo se convirtió en un borrón de colores y luces. —Lo haces bien —dijo él, su voz baja, solo para ella. Sus ojos grises brillaban detrás de la máscara de obsidiana—. Estás tensa, pero sigues mis pasos.

—Es difícil relajarse cuando estoy bailando con el destructor de mi mundo —replicó Lyra, aunque su cuerpo traicionaba sus palabras, moldeándose al de él en cada giro.

—El mundo necesitaba ser destruido para poder reconstruirlo —dijo Kaelen con arrogancia tranquila—. Y tú no estás bailando con un destructor ahora. Estás bailando con tu soporte vital. ¿Lo sientes?

Kaelen deslizó su mano un poco más abajo en su espalda, justo donde la curva de su columna se encontraba con la cadera. Sus dedos presionaron el terciopelo, enviando ondas de calor a través de la piel de Lyra. —Siento la magia —admitió ella, con la voz entrecortada—. Se siente... tranquila.

—Es la calma del ojo de la tormenta —corrigió él, inclinándose para susurrar cerca de su oído. Su aliento cálido erizó la piel de su cuello—. No te confundas, Lyra. Lo que hay entre nosotros no es paz. Es un armisticio armado. Si te suelto ahora, la energía acumulada te haría caer de rodillas.

—Entonces no me sueltes —dijo ella, aferrándose a su hombro.

Kaelen se separó lo suficiente para mirarla a los ojos. Había algo oscuro y hambriento en su mirada, algo que iba más allá de la necesidad mágica. —No tengo intención de hacerlo.

El baile continuó. Para los espectadores, era una imagen de poder romántico: el Señor Oscuro y su prometida cautiva, girando en perfecta sincronía. Para Lyra, era una batalla por mantener la cordura mientras el aroma de sándalo y lluvia de Kaelen llenaba sus sentidos y su magia se entrelazaba con la de ella en una danza invisible y mucho más íntima que la física.




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