La Prisionera

CAPÍTULO 10: TRAICIÓN DE LUZ

La noche no era negra; era una mezcla de grises furiosos y lluvia que caía en sábanas horizontales, azotando la tierra como un castigo divino.

Cabalgar con la Legión Umbra no era como los desfiles ceremoniales que Lyra recordaba de su juventud. No había estandartes ondeando, ni trompetas. Solo el sonido sordo de cientos de cascos envueltos en cuero golpeando el barro, el tintineo ahogado de las armaduras ennegrecidas y el silencio sepulcral de los soldados. Eran fantasmas montados en pesadillas.

Lyra iba justo detrás de Kaelen. Le habían dado ropa de montar: pantalones de cuero reforzado, botas altas y una capa de lana gruesa y aceitada que apenas lograba mantener el frío a raya. Bajo la capa, llevaba una pechera ligera de acero oscuro. Se sentía extraña, pesada, pero extrañamente segura. Kaelen no la había mirado desde que salieron del bastión. Iba a la cabeza, una silueta inamovible contra la tormenta, su magia extendiéndose hacia adelante como un radar, despejando la niebla para sus tropas.

Llevaban dos horas cabalgando a un ritmo que mataría a caballos normales, pero las monturas de la Legión eran bestias de las sombras, con ojos rojos y aliento de azufre, que no conocían la fatiga. Aun así, Lyra estaba agotada. La adrenalina del baile, la explosión mágica con Cassian y la tensión sexual no resuelta en la biblioteca habían dejado sus reservas de energía bajo mínimos. Lo único que la mantenía erguida en la silla era el Vinculum y esa conexión invisible con Kaelen que tiraba de ella hacia adelante, nutriéndola con su fuerza inagotable.

De repente, Kaelen levantó un puño cerrado. La columna entera se detuvo al instante, sin una sola orden verbal. El silencio que siguió fue antinatural, solo roto por el silbido del viento.

Kaelen giró su montura y troto hacia ella. El agua le corría por el rostro, pegando mechones de cabello negro a sus pómulos afilados. Sus ojos brillaban en la oscuridad. —Estamos cerca —dijo, su voz apenas un susurro sobre el vendaval—. Mis exploradores informan de barreras de luz a dos kilómetros.

—¿Barreras? —preguntó Lyra, tiritando.

—Runas de contención. Para que nadie salga de la aldea. —La expresión de Kaelen era sombría—. Van a empezar el ritual.

—¿Cómo entramos? Si tocas una barrera de Luz pura, te quemará.

—Por eso te he traído —dijo Kaelen. Se inclinó desde su silla, acercándose a ella. Su mano enguantada agarró las riendas del caballo de Lyra—. Tú eres la llave, Lyra. Tu firma mágica es idéntica a la de ellos. Para la barrera, tú eres una aliada. Tienes que abrirnos una brecha.

Lyra tragó saliva, mezclada con agua de lluvia. —¿Quieres que use mi magia para dejar entrar a tu ejército de sombras en una aldea de mi gente?

—Quiero que uses tu magia para dejarme entrar y degollar a los fanáticos que están a punto de sacrificar a cien niños —corrigió él con dureza—. No te equivoques de enemigo esta noche, Lyra. Yo soy un conquistador, sí. Pero ellos son carniceros. Elige.

El trueno retumbó, subrayando sus palabras. Lyra miró hacia el valle oscuro donde se ocultaba la aldea de Valen. Podía sentirlo ahora. Un zumbido en el aire. El sabor a ozono y santidad rancia. Era Luz, sí, pero estaba torcida, enferma. —Elige —repitió Kaelen.

—Vamos —dijo ella, espoleando a su caballo.

Llegaron al borde de la barrera diez minutos después. Era una cúpula translúcida, apenas visible bajo la lluvia, pero cuando una gota de agua la tocaba, siseaba y se evaporaba. El aire olía a incienso quemado y miedo. Kaelen desmontó, y sus hombres hicieron lo mismo, desenvainando armas que no reflejaban la luz. Lyra bajó de su caballo. Sus botas se hundieron en el barro. Caminó hacia la barrera, sintiendo cómo el calor le erizaba la piel.

—Hazlo —ordenó Kaelen a su espalda. Estaba tenso, como un depredador listo para saltar.

Lyra levantó las manos. Sus palmas, con las cicatrices plateadas, empezaron a brillar. Tocó la barrera. No la quemó. La reconoció. Sintió la estructura del hechizo: Fe, Sacrificio, Purificación. Era magia antigua de su familia, pervertida. Buscó el nudo del hechizo, el punto débil, y tiró. No lo rompió; lo desató. La cúpula se abrió frente a ellos como una cortina rasgada.

—¡Ahora! —rugió Kaelen.

La Legión Umbra cargó en silencio, una marea de oscuridad líquida deslizándose hacia la aldea. Lyra corrió detrás de Kaelen. Él no se separaba de ella. Su espada larga, una hoja de acero negro grabado con runas rojas, estaba en su mano derecha. Su mano izquierda estaba libre, acumulando sombras.

Entraron en la plaza del pueblo. La escena era una pesadilla sacada de los libros de historia más oscuros. En el centro de la plaza fangosa, habían erigido un altar de piedra blanca. Alrededor del altar, cien personas —campesinos, ancianos, niños— estaban arrodilladas en el barro, atadas con cuerdas de luz brillante que les quemaban la piel. No gritaban. Estaban amordazados mágicamente. Sus ojos estaban desorbitados por el terror absoluto.

Rodeándolos, doce figuras encapuchadas en túnicas blancas entonaban un cántico gutural. El líder estaba de pie sobre el altar, con una daga de cristal en una mano y un orbe de luz pulsante en la otra. Cuando la capucha del líder cayó hacia atrás con el viento, Lyra se detuvo en seco, el aire escapando de sus pulmones.

—No... —susurró.

Era Eamon. El Sumo Sacerdote Eamon. El hombre que le había enseñado a leer. El hombre que le traía dulces de limón cuando era niña. El hombre que le había dicho que la Luz era bondad, compasión y vida. Ahora, Eamon tenía los ojos inyectados en sangre y una sonrisa de éxtasis maníaco mientras levantaba la daga sobre una niña de no más de seis años que lloraba en silencio sobre la piedra.

—¡Por la pureza! —gritó Eamon—. ¡Que la sangre de los inocentes lave la mancha de la Sombra!

—¡Eamon! —gritó Lyra. Su voz rompió el cántico.

Eamon se giró. Sus ojos se entrecerraron al verla entre la lluvia y la oscuridad. —¿Princesa? —Su expresión pasó de la confusión a la alegría fanática—. ¡Has venido! ¡Los dioses te han traído para el gran final! ¡Tu sangre real será el catalizador perfecto!




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