La Prisionera

CAPÍTULO 11: RENDICIÓN

El regreso al Bastión de las Sombras no fue un desfile victorioso; fue un repliegue silencioso hacia el único refugio capaz de contener la tormenta que ambos llevaban dentro.

Lyra apenas recordaba haber cruzado las puertas de hierro negro, ni el sonido de los cascos de los caballos repiqueteando contra los adoquines del patio interior. Su mundo se había reducido al pecho blindado de Kaelen, al calor que irradiaba su cuerpo a través de la armadura abollada y al ritmo constante de su corazón.

El agotamiento no era solo físico; era espiritual. Había usado su Luz para atacar, no para curar. Había roto el dogma sagrado de su infancia para salvar al monstruo que había jurado destruir. Y, paradójicamente, nunca se había sentido más entera.

Cuando el caballo se detuvo frente a la Torre, Kaelen desmontó primero. Sus movimientos, habitualmente fluidos como el agua oscura, eran rígidos. La quemadura mágica en su costado, cortesía de la Luz corrupta de Eamon, le estaba cobrando factura. Aun así, ignoró a los mozos de cuadra que corrían hacia ellos y se giró para bajar a Lyra.

Sus manos la tomaron por la cintura. Lyra se dejó deslizar hasta el suelo, pero sus piernas, entumecidas por el frío y la sobrecarga mágica, fallaron al tocar la piedra. Kaelen la atrapó antes de que cayera, apretándola contra su pecho. —Te tengo —murmuró contra su pelo mojado. Su voz era ronca, áspera como la grava.

—Puedo caminar —mintió Lyra, aunque se aferraba a su capa empapada como si fuera un salvavidas.

—Nadie duda de que puedas, Lyra. Pero esta noche, no tienes que hacerlo.

Kaelen la levantó en brazos. No hubo protesta. Lyra apoyó la cabeza en el hueco de su hombro, inhalando el olor a ozono, sangre seca y ese aroma profundo y masculino que era solo suyo. Subieron las escaleras de caracol en silencio. Los guardias de la Guardia Umbra se apartaban a su paso, fundiéndose con las sombras, invisibles y respetuosos. Sabían que su General estaba herido, pero sabían, por la forma en que miraba a la mujer que llevaba en brazos, que cualquier interrupción sería castigada con la muerte.

Llegaron a los aposentos privados. Kaelen empujó la pesada puerta de roble con el hombro y la cerró tras de sí con una patada suave. El cerrojo mágico se selló con un zumbido grave, aislándolos del resto del mundo, de la guerra, de la política y del dolor.

La habitación estaba en penumbra, solo iluminada por las ascuas moribundas de la chimenea. El aire estaba frío. Kaelen cruzó la estancia y depositó a Lyra con infinito cuidado sobre el borde de la inmensa cama con dosel. Se apartó un paso, tambaleándose ligeramente. Lyra lo observó. Se veía devastado. La armadura negra estaba cubierta de barro y ceniza blanca. En su mejilla izquierda, la quemadura brillaba con un rojo furioso y feo. Su cabello negro estaba pegado al cráneo por la lluvia, goteando sobre su frente. Pero eran sus ojos los que la asustaban: el gris tormenta estaba opaco, velado por el dolor y una culpa que ella empezaba a comprender.

—Estás herido —dijo Lyra. Su voz sonó pequeña en la inmensidad de la habitación.

—Sanará —dijo Kaelen, empezando a desabrocharse los guanteletes con movimientos torpes. Sus dedos temblaban—. La Sombra siempre se regenera. Tú... tú estás vacía. Puedo sentirlo a través del vínculo. Tu reserva de magia está en cero.

—Me siento como una cáscara —admitió ella. Se miró las manos. Las cicatrices plateadas estaban grises, sin vida—. Pero estoy viva.

Kaelen se detuvo. Un guantelete cayó al suelo con un ruido metálico sordo. Se quedó mirándola, con la respiración agitada. —Casi mueres hoy. Te interpusiste en el camino de una Lanza de Luz. ¿Tienes idea de lo estúpido que fue eso?

—Iba a matarte —replicó Lyra, levantando la vista.

—¡Yo soy prescindible! —estalló él. Fue un grito repentino, cargado de furia y miedo, que hizo eco en las paredes de piedra—. ¡Yo soy un soldado, Lyra! ¡Mi vida es una moneda de cambio gastada! ¡Tú eres la última Valerius! ¡Tú eres el futuro! Si mueres...

—Si muero, el reino pierde una reina —lo cortó ella, poniéndose de pie a pesar del temblor en sus rodillas. Dio un paso hacia él—. Pero si tú mueres, Kaelen... yo pierdo al único hombre que ha sido honesto conmigo en mucho tiempo.

El silencio que siguió a esa confesión fue absoluto. Kaelen la miró como si le hubiera abofeteado. Abrió la boca para replicar, para usar su cinismo habitual, pero no salió nada. Sus hombros se hundieron, la armadura de su estoicismo agrietándose finalmente.

—Necesitamos limpiarnos —dijo finalmente, desviando la mirada hacia el baño contiguo—. El barro... la sangre... huele a muerte.

—Déjame ayudarte —dijo Lyra.

Kaelen negó con la cabeza. —No. Estás agotada. Yo puedo...

Lyra acortó la distancia entre ellos y puso sus manos sobre la coraza de él. Al contacto, la magia residual chisporroteó suavemente, no con dolor, sino con un zumbido de reconocimiento, como dos imanes encontrándose. —Kaelen. Déjame ayudarte.

Él la miró a los ojos y, por primera vez, Lyra vio la rendición. No la rendición de un general derrotado, sino la de un hombre que ha estado cargando el peso del mundo solo durante demasiado tiempo y finalmente acepta que alguien le ayude a sostenerlo. Asintió, despacio. —Está bien.

El baño de los aposentos del General era un templo de mármol negro y obsidiana. En el centro, una poza hundida en el suelo era lo suficientemente grande para cuatro personas. Kaelen abrió los grifos de bronce con un gesto de la mano, usando una chispa de magia para calentar el agua que brotaba de las bocas de dragones esculpidos. El vapor comenzó a llenar la estancia, empañando los espejos, suavizando los bordes afilados de la realidad.

Lyra se acercó a él. Desabrochar una armadura de la Legión Umbra era un rompecabezas de correas de cuero y hebillas de acero. Lyra trabajó con paciencia, sus dedos ágiles a pesar del cansancio. Quitó las hombreras, pesadas como piedras. Quitó la pechera, revelando la camisa de lino negro empapada que se adhería a su torso como una segunda piel. Cada pieza de metal que caía al suelo sonaba como una cadena rompiéndose.




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