La Prisionera

CAPÍTULO 13: DESCENSO AL INFIERNO

La celda en la Torre de la Aguja no tenía barrotes para contener a un prisionero; tenía runas para contener a un mago. Las paredes pulsaban con una luz azul tenue, succionando cualquier intento de Lyra de reunir su Luz. El collar de hierro que le habían puesto los asesinos seguía allí, frío y pesado, cortando su conexión con la magia como un torniquete. Era una jaula diseñada para drenarla, para dejarla vacía y dócil para cuando Valdrin viniera a reclamar su trofeo.

Pero Valdrin había cometido el error de todos los hombres arrogantes: subestimar la desesperación. Lyra llevaba horas paseando en círculos, como una bestia enjaulada. Su vestido de seda estaba rasgado, sus pies descalzos sangraban, pero su mente trabajaba a una velocidad febril. Sentía a Kaelen. El vínculo era una cuerda tensa que tiraba de ella hacia abajo, hacia las entrañas de la tierra. Él estaba sufriendo. Un dolor agudo, punzante, que se mezclaba con la frialdad húmeda de la inconsciencia.

«Se está muriendo», le susurró una voz en su cabeza. «No si yo llego a él.»

Lyra se detuvo frente a la puerta de hierro. No podía abrirla con magia. No podía forzarla. Miró la única ventana. Era una hendidura estrecha, un arco ojival sin cristal, cerrado por tres gruesos barrotes de hierro oxidado. Miró hacia abajo y el vértigo la golpeó como un puñetazo. Cien metros de caída vertical hasta el patio de adoquines. El viento aullaba, trayendo la lluvia helada de la tormenta que se desataba fuera. Escalar era imposible. La piedra estaba resbaladiza y el viento la arrancaría de la pared como a una hoja seca. Moriría antes de llegar a la mitad.

Pero entonces vio algo. Cinco metros más abajo, sobresaliendo de la pared de la torre, había una gárgola de desagüe enorme, con forma de dragón. Y tres metros por debajo de la gárgola, se extendía el tejado de pizarra inclinada del Gran Salón, que conectaba la torre con el cuerpo principal del castillo. No tenía que llegar al suelo. Solo tenía que llegar a ese tejado.

Lyra se giró hacia la celda. Sus ojos se posaron en la cama: un catre pesado con estructura de madera antigua. Corrió hacia él. Ignorando el dolor de sus manos despellejadas, arrancó las sábanas de lino grueso. —Vamos, piensa, piensa... —murmuró, sus dedos trabajando frenéticamente. Rasgó la tela en tiras anchas, trenzándolas con nudos de pescador que había visto usar a los marineros en los puertos de su reino. Probó la resistencia tirando con todo su peso. Aguantaba.

Pero los barrotes seguían ahí. Lyra examinó la base de los hierros. El Bastión era inexpugnable por fuera, pero por dentro era viejo. La humedad de siglos había carcomido el mortero donde los barrotes se unían a la piedra. Desmontó una de las patas traseras del catre lo más rápido que pudo, usándola como una maza y una palanca. Golpeó el mortero alrededor del barrote central. Clack. Clack. El sonido era demasiado fuerte. Rezó para que el trueno de la tormenta camuflara el ruido. Sus manos sangraban por las astillas, pero siguió golpeando, llorando de frustración, hasta que la piedra cedió un poco. Metió la pata de madera e hizo palanca con todo su cuerpo. El hierro gimió, se dobló lo justo. Un hueco de unos treinta centímetros. Suficiente para ella.

Lyra ató un extremo de su cuerda improvisada al marco intacto de la cama. Lanzó el resto por la ventana. La cuerda bailó violentamente al viento. Se subió al alféizar. La lluvia la empapó al instante, helándola hasta los huesos. —No mires abajo —se ordenó.

Se deslizó por el hueco, raspándose la piel de las costillas y las caderas contra el hierro oxidado. Quedó colgando en el vacío. El viento la golpeó, haciéndola girar, golpeándola contra la pared de piedra rugosa. Lyra gritó, pero el viento se tragó su voz. Bajó, quemándose las palmas de las manos con la fricción de la tela mojada. Sus pies buscaron la gárgola. La encontró. La piedra estaba resbaladiza por el musgo y la lluvia. Se agachó sobre la espalda del dragón de piedra, temblando incontrolablemente. El tejado del Gran Salón estaba abajo. Tres metros de caída sobre pizarra mojada e inclinada. Si saltaba mal, rodaría por el tejado y caería al vacío del otro lado.

—Por Kaelen —susurró.

Soltó la cuerda. Saltó. El impacto fue brutal. Aterrizó sobre las tejas de pizarra. Sus botas resbalaron al instante. Cayó de espaldas, rodando descontrolada hacia el borde del tejado y la caída mortal hacia el patio interior. Sus manos arañaron la pizarra, rompiéndose las uñas, buscando desesperadamente algo a lo que agarrarse. Sus dedos se cerraron alrededor del borde de un canalón de cobre justo cuando sus piernas ya colgaban en el aire. El tirón le dislocó el hombro izquierdo con un chasquido nauseabundo. Lyra gritó de dolor, un grito agudo y animal, mientras quedaba colgando del canalón.

Jadeando, con lágrimas mezclándose con la lluvia en su cara, usó su brazo sano y la adrenalina del pánico para izarse penosamente de vuelta a la seguridad relativa del canalón. Se dejó caer dentro del canal de desagüe, temblando, acunando su brazo herido. Estaba viva. Estaba en el tejado inferior. Pero estaba herida, empapada y sola.

Miró hacia abajo. Desde aquí, había una tubería de desagüe que bajaba hasta un balcón de servicio, y de ahí, una celosía de madera podrida hasta el suelo del patio. Era factible. Peligroso, pero factible.

Lyra se mordió el labio hasta hacerse sangre para no desmayarse por el dolor del hombro. Se puso de pie, tambaleándose. El patio estaba desierto. La tormenta había enviado a los guardias a los puestos cubiertos. La suerte favorece a los locos. Empezó a bajar por la tubería.

El patio estaba desierto, patrullado solo por sombras. Lyra se movió hacia la rejilla del Pozo. Estaba cerrada con un sello mágico complejo, un glifo rojo que brillaba en el aire. Lyra maldijo. Su magia estaba demasiado débil para romper un sello de Valdrin. Miró a su alrededor. Necesitaba algo... algo de Sombra. La magia de Kaelen podía corroer la de Valdrin. Vio, tirado cerca de la entrada de las caballerizas, un guantelete. Era negro. Tenía el emblema del Lobo. Era uno de los guanteletes de Kaelen, arrancado durante la lucha seguramente y olvidado allí. Lyra corrió hacia él. Lo cogió. Aún conservaba un eco de su aura. Una resonancia magnética. Lyra apretó el guantelete contra el sello rojo. —Ábrete —gruñó, canalizando su propia Luz a través del residuo de Sombra en el metal y de la conexión mágica que había establecido con Kaelen. La reacción fue violenta. Chissss. Luz y Sombra chocaron. El sello explotó en una lluvia de chispas, lanzando a Lyra hacia atrás. La rejilla se abrió con un gemido metálico.




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