La Prisionera

CAPÍTULO 15: EL MERCADO DE LAS SOMBRAS

La noche no cayó sobre la costa; ascendió desde el mar como una marea de tinta negra.

Lyra se ajustó la capucha de la capa raída que improvisó con las telas de sus capas y vestido. La tela olía a moho y salitre, pero ofrecía un anonimato vital. A su lado, Kaelen se apoyaba pesadamente en un bastón hecho con madera de deriva. Su respiración era un siseo constante entre los dientes apretados, cada paso una negociación con el dolor de su pierna cauterizada.

—Estás yendo demasiado rápido —murmuró él, deteniéndose para recuperar el aliento. El sudor perlaba su frente a pesar del viento helado.

Lyra se detuvo y se giró. Bajo la luz de una luna enferma, el General de las Sombras parecía menos un general y más un espectro. Sus pómulos marcados por el hambre y la fiebre proyectaban sombras afiladas. —No voy rápido, Kaelen. Tú vas lento. Y tenemos que llegar a la entrada del alcantarillado antes de que suba la marea, o nos ahogaremos en el túnel.

Él soltó una risa seca, carente de humor. —Mírate. Hace una semana te quejabas si el té estaba tibio. Ahora discutes sobre mareas y alcantarillas. —La necesidad es una maestra cruel —replicó ella, acercándose para ofrecerle su hombro de nuevo—. Vamos. Apóyate.

Él dudó. Odiaba esto. Lyra podía sentir su humillación irradiando a través del vínculo mágico que compartían: un sabor metálico y amargo en el fondo de su propia garganta. Odiaba ser el débil. Odiaba necesitarla. —Puedo hacerlo solo —gruñó, dando un paso obstinado. Su rodilla derecha tembló, cediendo bajo su peso. Lyra lo atrapó antes de que cayera, sus brazos rodeando su cintura con una fuerza sorprendente. Sus rostros quedaron a centímetros.

—Deja. De. Ser. Idiota —susurró ella, sus ojos violetas centelleando en la oscuridad—. Tu orgullo no nos va a salvar. Calla y camina.

Kaelen la miró, sus pupilas dilatadas tragándose la poca luz disponible. Por un segundo, la tensión entre ellos cambió de la irritación a algo más denso, más eléctrico. Él asintió, derrotado por la lógica y, quizás, por el contacto de ella. Pasó su brazo sobre los hombros de Lyra y juntos reanudaron la marcha hacia la boca negra del desagüe pluvial.

El túnel era una garganta de piedra resbaladiza que hedía a la podredumbre de una ciudad milenaria. Caminaron durante lo que parecieron horas, con el agua fétida llegándoles a los tobillos. Ratas del tamaño de gatos chillaban en las sombras, ojos rojos observando a los intrusos.

Kaelen guiaba ahora, orientándose por instinto en la oscuridad absoluta. —Izquierda aquí —susurró, su voz resonando en las paredes húmedas—. Estamos debajo del Distrito de los Curtidores.

—Huele a muerte —dijo Lyra, cubriéndose la nariz con la manga.

—Huele a dinero —corrigió él—. La Ciudad Baja procesa todo lo que la Ciudad Alta desecha. Pieles, carne, secretos. Aquí es donde realmente vive el Imperio, Lyra. No en los salones de mármol.

Llegaron a una reja oxidada. Kaelen sacó su daga y trabajó en el cierre. Con un chasquido metálico, la puerta cedió. Salieron a un callejón estrecho, envuelto en una niebla densa y amarilla que sabía a carbón y especias baratas. El ruido les golpeó: gritos de vendedores, música discordante, ladridos de perros y el estrépito de carros sobre adoquines rotos.

Habían llegado a Val-Kora, el vientre de la bestia.

Lyra se sintió encoger. Nunca había estado aquí. Los mapas del palacio mostraban esta zona como un espacio en blanco etiquetado como "Barrios Bajos". La realidad era abrumadora. Edificios torcidos de tres y cuatro pisos se inclinaban unos sobre otros, unidos por cuerdas de tender ropa y puentes de madera podrida. Faroles de gas verde parpadeaban en las esquinas, arrojando una luz enfermiza sobre rostros curtidos, cicatrices abiertas y ojos hambrientos.

—Capucha abajo —ordenó Kaelen en voz baja, tirando de la suya propia para ocultar su rostro—. Y no mires a nadie a los ojos. Si alguien te toca, no grites. Me lo dices y le corto la mano.

Se adentraron en la multitud. El Mercado de las Sombras estaba en pleno apogeo. Aquí se vendía lo ilegal y lo inmoral. Lyra vio puestos con frascos de veneno etiquetados con colores brillantes, jaulas con animales exóticos que debían estar extintos, y esclavos encadenados siendo subastados en silencio.

Un hombre con dientes de oro intentó bloquearle el paso a Lyra, ofreciéndole un collar de huesos. —Para la bella dama... protección contra el mal de ojo... Lyra se tensó, su magia de Luz respondiendo instintivamente a la amenaza, calentando su piel. Kaelen intervino. No dijo nada. Simplemente se interpuso, dejando que su capa se abriera lo suficiente para mostrar la empuñadura de la daga negra y, más importante, dejando escapar un pulso de su aura. Era débil, sí, pero su Sombra seguía siendo la de un depredador alfa. El aire alrededor de ellos se enfrió diez grados. Las sombras del callejón parecieron estirarse hacia el vendedor, como garras. El hombre palideció, retrocediendo con las manos en alto. —Perdón, mi señor. Mala vista. Pasen, pasen.

Siguieron caminando. Kaelen se apoyaba más en ella ahora, el esfuerzo de la intimidación mágica pasándole factura. —No hagas eso —susurró Lyra—. Estás agotado.

—Mejor agotado que tener que matar a un idiota y llamar la atención de la guardia —jadeó él—. Estamos cerca. El Gato Ciego. Es una taberna al final de la Calle de la Ceniza.

Llegaron a un edificio que parecía haber sobrevivido a un incendio. La madera estaba ennegrecida y las ventanas tapiadas, pero el ruido que salía de dentro era ensordecedor. Un letrero con un gato sin ojos colgaba sobre la puerta, chirriando con el viento.

—Espera —dijo Kaelen, deteniéndola en las sombras antes de la entrada—. Renna suele estar aquí, pero si no está... o si ha cambiado de bando...

—¿Qué?

—Si las cosas se ponen feas, tú corres. No intentes salvarme. Usas tu luz para cegarlos y corres hacia el puerto.

—Kaelen...

—Júramelo, Lyra. —La agarró por los hombros, sus dedos clavándose con fuerza—. No sobreviví al Pozo para verte morir en una taberna de mala muerte. Júralo.




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