La Prisionera

CAPÍTULO 16: EL REY DE LAS RATAS

El amanecer en la Ciudad Baja no era un evento celestial; era un cambio químico. La niebla amarilla que cubría los callejones de Val-Kora simplemente cambiaba de tono, pasando de un ocre sucio a un gris plomizo, mientras las lámparas de gas comenzaban a parpadear, agotadas tras una noche de vigilia contra la oscuridad absoluta.

Lyra observaba ese cambio desde la pequeña ventana enrejada del refugio de Renna. El vidrio estaba tan sucio que el mundo exterior parecía una pintura al óleo derretida. Se abrazó a sí misma, frotándose los brazos. A pesar de los vendajes limpios y la ropa seca —pantalones de cuero y una camisa de lino que Renna le había prestado—, el frío seguía alojado en sus huesos. No era un frío térmico; era el eco del Pozo, el recuerdo de la magia de Valdrin drenándola, y la nueva y extraña sensación de la Sombra de Kaelen enroscada alrededor de su núcleo de Luz.

Se giró hacia la habitación. Kaelen dormía en el camastro, con una inquietud febril. Incluso en sueños, su rostro estaba tenso, sus manos cerrándose intermitentemente como si buscaran la empuñadura de una espada fantasma. Ver al "General de las Sombras" así, vulnerable y despojado de su armadura, provocaba en Lyra una mezcla dolorosa de ternura y terror. Él era su escudo, pero ahora el escudo estaba abollado, y ella tenía que ser la espada.

La puerta se abrió con un chirrido suave. Renna entró, trayendo consigo una ráfaga de aire viciado y olor a pan recién horneado, una incongruencia maravillosa en aquel lugar. —Sigue vivo, por lo que veo —dijo la espía, dejando un paquete sobre la mesa y lanzando una mirada crítica al durmiente.

—La fiebre ha bajado —respondió Lyra en voz baja—. Pero su pierna necesita más que descanso. Necesita magia curativa de verdad, no mis intentos torpes.

Renna se quitó la capa mojada y se sirvió agua de una jarra. —La magia curativa es un lujo en Val-Kora, Princesa. Aquí, si te cortas, te echas licor y rezas. O vas a ver a Silas. Lyra se acercó a la mesa, sus ojos violetas clavándose en la mujer de pelo negro.

—Silas. Kaelen mencionó ese nombre como si fuera una oración. Pero no me dijo quién es. Solo dijo que lo necesitamos.

Renna soltó una risa corta y seca, partiendo un pedazo de pan. —"Necesitar" es una palabra pequeña para lo que Kaelen tiene con Silas. Silas Vane no es solo un contacto. Es el dueño de todo lo que pisas ahora mismo. —Renna señaló el suelo con el pan—. Antes de que Valdrin tomara el poder, Silas era el Gran Tesorero de tu reino. El hombre que manejaba el oro, las rutas comerciales y, lo más importante, los secretos de la nobleza.

Lyra frunció el ceño, buscando en su memoria. —Recuerdo el nombre... Mi padre hablaba de él. Hubo un escándalo. Se le acusó de robar de las arcas reales para financiar a grupos mercenarios.

—Acusaciones fabricadas por Valdrin —corrigió Renna con amargura—. Valdrin necesitaba el control del oro para construir sus torres de hechicería. Silas lo descubrió. Iba a presentárselo al Rey, pero Valdrin se adelantó. Lo acusaron de traición, le quemaron la casa con su familia dentro y lo arrojaron a los desagües para que las ratas se lo comieran.

Lyra sintió un escalofrío. La crueldad de Valdrin no era nueva para ella, pero la magnitud de su red de mentiras seguía expandiéndose.

—Pero sobrevivió —dedujo Lyra.

—Sobrevivió. Y no solo eso. Conquistó el desagüe. —Renna sonrió, una mueca de respeto y miedo—. Ahora es el Rey de las Ratas. Controla el mercado negro, el contrabando de armas y la red de túneles que conecta toda la capital. Si quieres meter un ejército en el Bastión sin que Valdrin lo sepa, Silas es el único hombre que puede abrirte la puerta. Pero...

—¿Pero? —instó Lyra. —Silas odia a los Valerius tanto como odia a Valdrin. Tu padre firmó su sentencia de muerte, Lyra. No esperes que te reciba con flores.

Un gruñido desde el camastro interrumpió la conversación. Kaelen se estaba incorporando, con el rostro pálido y sudoroso, pero con los ojos grises despejados y duros como el pedernal.

—No necesito flores —dijo, su voz ronca por el sueño—. Necesito sus túneles. Y él me debe la vida. Yo fui quien lo sacó de los escombros de su casa antes de que los guardias lo encontraran.

—Eso fue hace diez años, jefe —dijo Renna—. La gratitud tiene fecha de caducidad en la Ciudad Baja.

Kaelen se puso de pie, ignorando el dolor visible que le causó apoyar la pierna herida. Caminó hacia la mesa, tomó un trozo de pan y lo comió con voracidad mecánica. —Se nos acaba el tiempo. Thorne ya habrá movilizado a los Cazadores de Silencio. Si nos quedamos aquí, nos encontrarán. Tenemos que movernos a la Corte de los Desechos. Ahora.

Lyra lo miró, preocupada por su estado, pero asintió. No había lugar para la piedad en un plan de guerra. —¿Cómo llegamos hasta él? —preguntó ella. Kaelen se ajustó el cinturón y comprobó el filo de su daga.

—Caminando por el infierno.

El trayecto hacia el dominio de Silas fue un descenso literal y figurado. Dejaron atrás los callejones abarrotados del Mercado de las Sombras y se adentraron en los niveles inferiores de la infraestructura de la ciudad, una zona conocida como la Garganta. Aquí, las tuberías gigantes de bronce y hierro, vestigios de una era industrial olvidada, formaban un laberinto sofocante. El vapor siseaba desde válvulas rotas, creando una niebla perpetua y caliente que olía a azufre y metal oxidado.

Caminaban en fila india. Renna iba en vanguardia, con su ballesta de mano cargada, sus ojos escaneando cada sombra. Kaelen iba en el medio, cojeando, pero con la mano siempre cerca de su arma. Lyra cerraba la marcha, su magia zumbando bajo su piel, reaccionando a la hostilidad del entorno.

La Ciudad Baja no era solo pobreza; era una sociedad alternativa y brutal. Pasaron junto a grupos de personas con deformidades causadas por la contaminación mágica residual de los experimentos de la Ciudad Alta. Vio niños con ojos completamente negros jugando con huesos en el barro. Vio hogueras donde se cocinaban cosas que prefería no identificar. Y en todas partes, ojos. Ojos que los miraban con hambre, calculando el valor de sus botas, de sus capas, de sus vidas.




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