La Prisionera

CAPÍTULO 17: EL FILO DE LA MENTIRA

El sonido del acero contra el acero resonó en la caverna de entrenamiento, un tañido agudo y violento que rompió el silencio de las profundidades.

Lyra retrocedió, jadeando, el sudor pegando los mechones plateados de su cabello a su frente. Sus manos temblaban ligeramente alrededor de la empuñadura de la espada corta que Renna le había prestado. El arma pesaba más de lo que parecía, un peso muerto y brutal que tiraba de sus hombros y exigía un respeto que sus músculos de princesa, aunque entrenada, aún no sabían darle.

Frente a ella, Kaelen Varr giraba la muñeca con una facilidad insultante, haciendo que su propia hoja describiera un arco perezoso en el aire viciado.

—Estás pensando demasiado —dijo él. No estaba gritando, ni usando su voz de comandante. Era un tono bajo, casi íntimo, pero cargado de una autoridad innegable— Miras mis pies, luego miras mi espada, luego piensas en dónde vas a poner tu mano. Para cuando has decidido moverte, ya estás muerta tres veces.

—Es difícil no pensar cuando tienes una espada apuntando a tu garganta —replicó Lyra, secándose el sudor con el dorso de la mano.

—El miedo es útil. El pánico no. —Kaelen dio un paso adelante. Su cojera seguía ahí, un recordatorio constante de la cornisa, pero había adaptado su estilo de lucha a ella. Ya no era el guerrero ágil que bailaba alrededor de sus enemigos; ahora era una fortaleza inmóvil, una pared de defensa impenetrable y contragolpes letales— Otra vez. Atácame.

Lyra apretó los dientes. Inhaló el aire cargado de ozono y humedad de la Corte de los Desechos. Se obligó a centrarse no en el hombre frente a ella, sino en el obstáculo que representaba. Se lanzó hacia adelante. No fue un ataque elegante. Fue una estocada directa, impulsada por la frustración. Kaelen ni siquiera parpadeó. Con un movimiento mínimo de su cadera, desvió la hoja de Lyra hacia la izquierda, desequilibrándola, y usó el pomo de su espada para darle un golpe seco, controlado, en las costillas.

Lyra soltó el aire de golpe y tropezó, cayendo sobre una rodilla en las esteras de paja sucia.

—Muerta —sentenció Kaelen. Lyra soltó la espada, que cayó con un ruido sordo, y se llevó la mano al costado.

—Maldita sea, Kaelen. ¿Tenías que darme tan fuerte?

—Valdrin no te golpeará con un pomo, Lyra. Te arrancará el corazón con una sombra o te hervirá la sangre. Si no puedes defenderte físicamente cuando tu magia se agote —y se agotará—, no durarás ni cinco minutos en el asalto.

Kaelen envainó su arma y se acercó a ella. La dureza en su rostro se suavizó instantáneamente al ver su mueca de dolor. Extendió la mano. Lyra la tomó y dejó que él la ayudara a levantarse. Al estar de pie, quedaron muy cerca. Kaelen no la soltó. Sus dedos, callosos y ásperos, trazaron suavemente la línea de su mandíbula, limpiando una mancha de suciedad.

—Lo siento —susurró él. Sus ojos grises, antes fríos por la concentración del combate, ahora eran pozos de preocupación— No quiero hacerte daño. Pero la idea de que entres ahí... de que te enfrentes a Thorne o a los hechiceros de la Guardia Negra... me aterroriza más que cualquier cosa que haya vivido.

Lyra sintió la vibración del vínculo en su pecho. El miedo de él era genuino, una marea oscura que chocaba contra su luz.

—No soy de cristal, Kaelen. Ya no. —Lyra puso su mano sobre el pecho de él, sintiendo el latido fuerte y constante de su corazón— Enséñame a matar. Porque si tengo que elegir entre mancharme las manos o verte morir, incendiaré el mundo entero sin dudarlo.

Kaelen la miró, una mezcla de orgullo y tristeza en su expresión. —Te has vuelto despiadada, Princesa.

—Aprendí del mejor.

Él se inclinó y la besó. No fue un beso suave. Fue hambriento, desesperado, con sabor a sal y hierro. Fue el beso de dos personas que saben que el tiempo es un reloj de arena roto, derramándose demasiado rápido. Lyra respondió con la misma intensidad, sus manos enredándose en el cabello de él, su cuerpo presionándose contra el suyo, buscando confirmar que ambos seguían vivos, sólidos y reales. Las manos de Kaelen se desplazaron hasta sus caderas apretándolas con la misma fiereza que la besaba. Lyra movió las suyas para comenzar a desabrochar el cinturón de él con una necesidad imperiosa, sus dedos moviéndose ágilmente.

Un carraspeo ruidoso e intencional los separó. Renna estaba apoyada en el marco de la puerta de hierro, masticando una manzana verde con una sonrisa burlona.

—Odio interrumpir el momento romántico —dijo con la boca llena—, pero el Rey de las Ratas ha convocado al consejo de guerra. Y creanme, no le gusta esperar. Especialmente cuando ha abierto una botella de su reserva personal.

Kaelen se separó de Lyra lentamente, aunque mantuvo su mano en la cadera de ella un segundo más de lo necesario. Su máscara de General volvió a caer sobre su rostro un momento después aunque sus labios seguían hinchados y rojos y sus ojos con fuego profundo.

—Vamos —dijo, su voz volviendo a ser acero, la vulnerabilidad saliendo de su cuerpo— Es hora de ver cómo entramos en la boca del lobo.

La sala de mapas de Silas era un espectáculo de caos organizado. Las paredes estaban cubiertas de planos azules robados a los arquitectos imperiales, diagramas de flujo de alcantarillado y listas de sobornos. En el centro, sobre una mesa de caoba que valía más que todo el barrio, había un modelo a escala del Bastión, construido con restos de metal, hueso y cristal.

Silas estaba al otro lado de la mesa, moviendo pequeñas figuras de plomo con un puntero de marfil. Llevaba una túnica de seda negra que ocultaba su delgadez esquelética, y su máscara de porcelana brillaba bajo la luz de las lámparas de gas transmutadas por Lyra.

—Llegan tarde —dijo sin levantar la vista—. Asumo que estaban... practicando estocadas. Renna soltó una risita ahogada. Lyra sintió que sus mejillas se calentaban, pero mantuvo la cabeza alta. Kaelen ignoró el comentario por completo.




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