El sonido de los tambores de piel humana resonaba a través de la piedra, una vibración grave y rítmica que Lyra sentía en sus muelas antes de oírla con sus oídos. Bum-bum. Bum-bum. Era el latido de un corazón enfermo, el pulso del Festival del Eclipse que comenzaba en la superficie.
Estaban a treinta metros bajo tierra, en la intersección de los antiguos acueductos imperiales y los cimientos del Bastión. El aire aquí era frío y estaba viciado, cargado con el olor a moho milenario y la promesa de violencia.
Silas se detuvo frente a una pared de ladrillo macizo cubierta de salitre. Consultó su reloj de bolsillo, una pieza delicada de oro que parecía obscena en sus manos enguantadas y sucias. —Estamos a tiempo —susurró, su voz apenas audible sobre el eco distante de los tambores— En cinco minutos, los fuegos artificiales de apertura comenzarán en la Plaza Mayor. El ruido cubrirá la detonación.
Kaelen asintió. Estaba revisando las cargas de polvo de trueno que los hombres de Silas habían colocado meticulosamente en los puntos de tensión estructural del muro.
—¿Estás seguro de que esto nos llevará a las bodegas de vino? —preguntó Kaelen, secándose el sudor frío de la frente. La pierna le palpitaba con un ritmo propio, agónico y constante, pero la adrenalina lo mantenía en pie.
—Mis planos no mienten, General —respondió Silas con una sonrisa fina bajo su máscara— Detrás de este muro está la Bodega Real. Específicamente, la sección de añejos que Valdrin reserva para sus "invitados especiales". Estará desierta. Los sirvientes están todos arriba sirviendo el banquete.
Lyra se ajustó la capa de terciopelo negro que cubría su vestido de hechicera. Se sentía como una impostora envuelta en seda robada. Apretó el anillo de hierro en su mano izquierda; la piedra roja seguía brillando, caliente y malévola, como un ojo que no parpadeaba.
—Recuerda —le dijo Renna, apareciendo a su lado y revisando por enésima vez la carga de su ballesta oculta bajo un tabardo de guardia robado— Una vez que cruces ese muro, ya no eres Lyra. Eres una Sombra. Si dudas, mueres.
Lyra miró a la espía. Había llegado a respetar a Renna en las últimas veinticuatro horas. Bajo su cinismo y sus chistes ácidos, había una lealtad feroz hacia Kaelen y una competencia letal.
—No dudaré —prometió Lyra.
—¡Fuego en el agujero! —susurró uno de los expertos en demoliciones de Silas. Se cubrieron los oídos y abrieron la boca para igualar la presión, agachándose tras un recodo del túnel.
Arriba, muy lejos, sonó un estruendo sordo: los fuegos artificiales. Simultáneamente, Silas accionó el detonador. CRUMP. No fue una explosión espectacular. Fue una implosión controlada. Los ladrillos del muro simplemente se desintegraron hacia adentro, tragados por una nube de polvo y escombros.
Kaelen fue el primero en moverse, cojeando a través del humo con su espada desenvainada. Lyra lo siguió, tosiendo, con la magia zumbando en sus dedos, lista para atacar. Emergieron en una sala vasta y oscura, llena de barriles de roble gigantescos. El aire olía a vino tinto, madera vieja y especias. Estaban dentro.
—Despejado —señaló Kaelen, escaneando las sombras. Silas se quedó en el agujero del muro.
—Hasta aquí llega mi hospitalidad —dijo el Rey de las Ratas, haciendo una reverencia teatral— Mis hombres sellarán esta entrada detrás de ustedes para que nadie los siga por la espalda. Tienen vía libre hasta el amanecer. Si para entonces no veo la cabeza de Valdrin en una pica... asumiré que están muertos y saquearé vuestros cadáveres.
—Eres un romántico, Silas —dijo Renna, lanzándole un beso sarcástico.
—Negocios, querida. Solo negocios.
El agujero se cerró. La oscuridad de la bodega se sintió de repente más absoluta. Estaban solos dentro de la bestia.
—Arriba —ordenó Kaelen.
Subieron por las escaleras de servicio, evitando los pasillos principales. El castillo estaba extrañamente vacío en los niveles inferiores. Todos —guardias, sirvientes, esclavos— habían sido arrastrados hacia los niveles superiores para el espectáculo de Valdrin.
Llegaron a un rellano que daba al Patio de Armas Interior. Se asomaron con precaución. Lo que vieron hizo que la sangre de Lyra se helara. El patio se había transformado. Banderas negras y moradas con el sigilo del Eclipse colgaban de cada almena. En el centro, se había erigido un altar masivo de obsidiana. Pero no era la decoración lo que aterrorizaba; eran los asistentes.
Cientos de nobles, dignatarios y oficiales llenaban el espacio. Todos llevaban máscaras. Máscaras de animales, de demonios, de calaveras sonrientes. Bailaban en silencio bajo la luz de una luna que estaba empezando a ser devorada por la sombra del eclipse. No había música, solo el tamborileo constante y un cántico bajo que parecía emanar de las mismas paredes.
—Están bajo un hechizo —susurró Lyra, horrorizada. Podía ver los hilos de magia oscura que conectaban a los bailarines, moviéndolos como marionetas— Valdrin los está controlando. Está usando su energía vital para alimentar el ritual.
—Ese es el Velo —dijo Kaelen, señalando un arco de piedra que separaba el patio de la entrada al Torreón Principal, donde estaba el Salón del Trono— ¿Ves esa distorsión en el aire? Como olas de calor.
Lyra entrecerró los ojos. Sí. El aire vibraba con una malicia grisácea. El Velo de Ceniza.
—Thorne está allí —dijo Renna, señalando con la barbilla.
El Lord Protector estaba de pie junto al arco, sin máscara. Llevaba una armadura nueva, negra y pulida, y hablaba con un grupo de hechiceros de la Guardia Negra. Parecía nervioso, sus ojos escaneando la multitud constantemente.
—Tiene miedo —notó Kaelen. Una sonrisa depredadora cruzó su rostro— Sabe que algo va mal. Siente mi presencia, aunque crea que estoy muerto.
—Tenemos que cruzar ese arco —dijo Lyra—. Delante de Thorne. Delante de todos.