La Prisionera

CAPÍTULO 19: EL ECLIPSE DE LOS DIOSES

El rugido de Kaelen Varr no fue un sonido humano. Fue el grito de un animal herido que finalmente se vuelve para morder la mano que lo atormenta, amplificado por la acústica cavernosa de una Sala del Trono que había dejado de ser un lugar físico para convertirse en un altar de pesadilla. Las sombras que lo componían cobraron vida nuevamente adueñándose de todo su cuerpo, rodeándolo en acción.

Se lanzó contra la figura imponente de su padre resucitado. El choque de sus aceros —la espada bastarda de Kaelen contra el espadón rúnico del Caballero de la Muerte— creó una onda de choque sónica que hizo vibrar los dientes de Lyra.

—¡Lyra, el Trono! —gritó Renna, rodando por el suelo de mármol para esquivar un rayo de energía negra que Valdrin había lanzado perezosamente desde su posición elevada.

Lyra salió de su estupor. La visión del padre de Kaelen había sido un golpe psicológico brutal, pero no tenía tiempo para procesar el horror. Valdrin, flotando en el centro del anillo del eclipse, la miraba. Y en esa mirada no había odio, solo una curiosidad científica y cruel.

—La pequeña fugitiva —retumbó la voz de Valdrin, resonando en todas partes y en ninguna—Has traído una vela para luchar contra el sol. Qué enternecedor.

Valdrin alzó una mano. El aire alrededor de Lyra se solidificó. No fue magia de sombra convencional; fue una distorsión gravitatoria. Lyra sintió cómo sus pies se despegaban del suelo, sus costillas crujiendo bajo una presión invisible. La arrastró hacia él, elevándola hasta que quedaron cara a cara, suspendidos sobre el caos de la batalla inferior.

—Míralo —susurró Valdrin, señalando hacia el cielo abierto donde la luna negra cubría el sol, dejando solo un anillo de fuego pálido—. El Eclipse Eterno. No es solo oscuridad, Lyra. Es el reinicio. Voy a purgar este imperio de su debilidad. Voy a quemar la historia y escribirla de nuevo con sangre y sombra. Y tú... tú serás la primera página.

Lyra luchó contra la presión. Su visión se llenaba de puntos rojos. No podía respirar. El equilibrio, pensó desesperadamente. No luches contra la fuerza con fuerza. Sé el agua. En lugar de empujar hacia afuera con su Luz, hizo lo contrario. Colapsó su aura hacia adentro, haciéndose infinitamente pequeña, infinitamente densa. La presión de Valdrin perdió su agarre. Lyra cayó al suelo, aterrizando sobre una rodilla y una mano, jadeando.

—No eres un dios, Valdrin —escupió ella, levantándose y limpiándose un hilo de sangre de la nariz—. Solo eres un hombre asustado que necesita trucos de feria para sentirse grande.

Valdrin frunció el ceño. La insolencia le molestaba más que la resistencia.

—Entonces muere como una mortal. Lanzó una lanza de relámpago violeta. Lyra levantó un escudo prismático justo a tiempo. El impacto la arrastró dos metros hacia atrás, quemando las suelas de sus botas, pero aguantó.

Mientras tanto, cerca, Kaelen estaba perdiendo.

El Caballero de la Muerte —esa abominación que llevaba el rostro de su padre, Marcus Varr— era implacable. No se cansaba. No sentía dolor. Y conocía cada movimiento de Kaelen antes de que lo hiciera, porque él mismo se los había enseñado. Kaelen paró un golpe descendente que le entumeció el brazo hasta el hombro. Su pierna herida gritó de agonía, cediendo. Cayó al suelo. El Caballero de la Muerte alzó su espadón para el golpe final.

—¡Padre! —gritó Kaelen, un reflejo infantil e inútil—. ¡Soy yo! ¡Kaelen!

El yelmo vacío lo miró. No hubo reconocimiento. Solo el silbido del acero cortando el aire. Kaelen rodó hacia un lado en el último segundo. La espada de su padre partió las losas de mármol donde había estado su cabeza un instante antes.

Kaelen se puso en pie a duras penas, cojeando. La realidad lo golpeó con la fuerza de un mazo: Ese no es él. Esa cosa no era el hombre que le enseñó a montar a caballo. No era el hombre que le contaba historias junto al fuego. Era carne muerta y magia vil. Valdrin había profanado su tumba para usar su memoria como arma. La tristeza se transformó en una ira fría y absoluta.

—Perdóname —susurró Kaelen, cambiando su postura. Ya no adoptó la defensa de la Legión que su padre le enseñó. Adoptó la postura baja y sucia de un luchador callejero, algo que aprendió despúes, algo que Marcus Varr no conocía. —Si vas a usar su cara —gruñó Kaelen, envainando su espada bastarda y sacando dos dagas cortas—, asegúrate de saber cómo morir con ella.

Renna se deslizaba por las sombras periféricas de la sala, invisible en medio del caos de luces y explosiones mágicas. Su objetivo no era Valdrin. Sabía que no podía tocarlo. Su objetivo era Silas. El antiguo Tesorero estaba encadenado a una columna cerca del estrado, sangrando profusamente por la nariz y los oídos debido a la presión mágica ambiental. Renna llegó hasta él y cortó las ataduras con una navaja oculta.

Silas se desplomó sobre ella, tosiendo.

—Llegas... tarde —jadeó, escupiendo un diente.

—Cállate y dime cómo lo matamos —dijo Renna, arrastrándolo detrás de un trono de piedra caído para cubrirse— Es invulnerable. Lyra le está lanzando todo lo que tiene y él ni parpadea.

Silas se asomó, su ojo sano analizando la estructura del ritual con la mente de un ingeniero. —No es él —dijo Silas, señalando el suelo—. Valdrin está canalizando el poder de las Líneas Ley a través de esos prisioneros.

Renna miró. Los miembros del Consejo Real, arrodillados en un círculo alrededor del área central, brillaban con una luz enfermiza. Sus ojos estaban en blanco, sus bocas abiertas en un grito silencioso.

—Son baterías —comprendió Renna con horror— Está drenando sus vidas para mantener su escudo.

—Si rompes el círculo, rompes su invulnerabilidad —dijo Silas— Pero la reacción en cadena matará a los prisioneros.

Renna miró a los consejeros. Había gente inocente allí. Viejos aliados. Miró a Lyra, que estaba siendo golpeada una y otra vez por ondas de choque, su escudo resquebrajándose. Miró a Kaelen, luchando por su vida contra un monstruo. Renna cerró los ojos un segundo. Tomó una decisión. En la guerra, no hay soluciones limpias. —Mejor ellos que el mundo entero.




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