𝐇asta que escuché silencio absoluto. Nadie hablaba, ya nadie gritaba. Ni siquiera se escuchaban pasos. O simplemente era yo que no escuchaba nada por el susto.
𝐏ermanecí así un rato. Muerta de miedo. Temblando hasta lo huesos.
𝐋uego se escuchó la puerta del sótano abrirse. Pasos resonaban mientras bajaban por la escalera. Se escuchaban pesados, como de gente grande.
-Quizás es Leti. -pensé yo mientras guardaba silencio.
𝐍o se escuchaba nada. Silencio total. ¿Qué estaba pasando? Me moría de curiosidad hasta que escuché voces profundas y masculinas.
-No hay nadie aquí. Debemos irnos.
Escuché pasos alejarse hasta que uno se detuvo.
-Esperen. ¿Y ese armario?
𝐘o me quedé congelada, apretando mi mano sobre mi boca para evitar que algún ruido involuntario se escapara de esta y alertara a los hombres afuera.
Los hombres se acercaban, podía escuchar sus pasos resonar en el sótano silencioso. Deben estar revisando el candado.
𝐒uspiré suave e imperceptiblemente. 𝘌𝘭 𝘤𝘢𝘯𝘥𝘢𝘥𝘰. Sentía que me desvanecía de alivio hasta que escuché un ruido.
𝘊𝘳𝘢𝘤𝘬
𝐇abian... ¡¿Roto el candado?! ¿Cómo podía ser posible? Esa cosa era más fuerte que romper un palo de madera gruesa... O al menos eso creía mi mentalidad de niña de ocho. Después de todo, ese candado llevaba décadas. Seguro ya estaba todo oxidado y con un golpecito lo hayan roto.
𝐋a puerta se abrió lentamente, dejando ver ante mí tres hombres grandes, altos y robustos. Traían una clase de abrigos enormes que veía en la televisión cuando pasaban esos dibujos de detectives, aunque la de ellos estaba llena de sangre. Tenían la cabeza agachada hacia mí. Sentía sus miradas penetrantes aunque no las podía ver por un sombrero que llevaban los tres que tapaba todo su rostro.

-Y así me tuvieron hasta que me trajeron aquí. -decía yo, contándole por milésima vez la historia de cómo llegué aquí a Astreira.
-¿Y por qué te trajeron aquí? -preguntó la niña con su voz infantil llena de curiosidad.
-No lo sé. ¿Quieres que vaya y les pregunte?
Astreira simplemente rió divertida antes de que vuelva a jugar con sus muñecos de serpientes y yo volvía a mi trabajo: limpiar las ventanas.
𝐌ientras pasaba el trapo por el vidrio sucio pensaba... Habían pasado años desde aquel incidente, pero ¿Que habría pasado si nada hubiese sucedido? Si no mataban a todos los niños del orfanato, si todo seguía igual. Seguramente hubiera crecido aburrida e infeliz, o simplemente me hubiera matado por mí misma mientras culpaba a todos y les dejaba una nota diciéndoles "𝘓𝘰𝘴 𝘰𝘥𝘪𝘰 ♡".
𝐍o es como si aquí en Aetheria viviera mejor. Quiero decir, soy una sirvienta de este Palacio. No podía opinar, ni contradecir, ni hablar, simplemente limpiar y hacer lo que me digan... Al menos no era tan aburrido.
-Saina, te toca lavar el baño del señor Vireon. -me comentó otra sirvienta que pasaba por la habitación de Astreira.
Retiro lo dicho. Si era aburrido. Y asqueroso.
-¿El baño de mi papá? Dios te libre... -se burlaba Zezek, el príncipe de Noctharis y hermano mayor de Astreira.
-Que chistoso, ¿eh? Ja, ja...
𝐘o y Zezek fuimos amigos desde que llegué aquí. Fue el único que me habló aparte de las sirvientas élficas, que no fueron muy amables. Él sí lo fue. Trataba de ganar mi confianza prestándome sus juguetes, aunque me daban más miedo que otra cosa. Trataba de tranquilizarme cuando apenas llegué, poniéndome su mejor sonrisa mientras tomaba de mi mano temblorosa. Luego comencé a tenerle más confianza y hablábamos cada vez más. Aunque a su padre no le gustara tanto que su heredero sea tan amistoso con la servidumbre, a Zezek nunca le importó demasiado.
𝐋uego de limpiar el baño y de soportar las risas burlescas de Zezek, estaba recogiendo y acomodando juguetes de Astreira. Algunos estaban rotos, otros decapitados, mordidos, sin alguna extremidad, sin el algodón de adentro.
𝐄sa niña tenía dientes de piraña. Lo descubrí un día que la estuve cuidando y me mordió el brazo. Casi me lo arrancó.
𝐀 la noche, me encontraba en la habitación de Zezek. Me había logrado convencer para que me escabulla hacia su habitación y así poder hablar más.
𝐄́l parloteaba sin parar y se quejaba de su profesor de hechizos porque siempre lo molestaba diciéndole que estaba haciendo algo mal, hasta por si utilizaba un recipiente más chico o más grande, o si era el equivocado, etcétera.
𝐍o lo escuchaba mucho. Estaba en mi mundo. Pensaba en cómo sería gobernar Noctharis, o otros reinos.
𝐂omo el reino Feylora, que estaba rodeado de árboles gigantes y su Palacio estaba cubierto de plantas. En ese reino estaba el bosque Sylvaria, en donde decían que habitaban duendecillos que te quitaban los zapatos para comerte los dedos de los pies, fantasmas de hadas muertas que rondaban por las zonas más oscuras para acechar a cualquiera que entre, y zorros embrujados de color amarillento, los cuales utilizaban su cautivador color para atraer presas y comerlas de un bocado con sus enormes hocicos.
𝐋uego estaba el reino Thalassia. Un reino bajo el mar, en donde habitaban sirenas y tritones. No conocía mucho de ahí, dicen que es el más complicado de llegar por ser bajo el agua, y también por un kraken que cuidaba la ciudad.
Decían que el kraken era enorme, más o menos unos 30 metros de largo. Mataba a quién se le cruzara, se movía rápido. Los únicos que pudieron volver fueron los esqueletos de unos ogros a los que mandaron a explorar esa zona.
-𝘔𝘦 𝘥𝘢𝘣𝘢 𝘦𝘴𝘤𝘢𝘭𝘰𝘧𝘳𝘪́𝘰𝘴 𝘥𝘦 𝘴𝘰𝘭𝘰 𝘱𝘦𝘯𝘴𝘢𝘳𝘭𝘰.-
𝐃espués venía el reino de Ignyria. El reino de fuego al que casi nadie se atrevía a entrar por su rey, Azhar. Un gobernador poderoso y temido hasta por los dragones que habitaban en las montañas cercanas.
-𝘋𝘪𝘤𝘦𝘯 𝘲𝘶𝘦 𝘵𝘦𝘯𝘪́𝘢 𝘶𝘯𝘢 𝘦𝘴𝘱𝘰𝘴𝘢 𝘢 𝘭𝘢 𝘲𝘶𝘦 convirtió en cenizas. 𝘗𝘦𝘳𝘰 𝘴𝘰𝘭𝘰 𝘦𝘳𝘢𝘯 𝘳𝘶𝘮𝘰𝘳𝘦𝘴.-
𝐘 por último estaba el reino de hielo, Nevoria. Uno de los reinos más inofensivos. Quizás el que menos monstruos habitaba. Su reina era una mujer fría y calculadora pero bondadosa. La mayoría de elfos forasteros iban directamente a Nevoria. Aunque frío, era el más seguro, sin tener que correr por su vida cada dos segundos.