𝐀l otro día desperté un poco agitada. Había tenido un sueño —casi pesadilla— de la conversación de ayer del rey y el otro señor. Una luna negra brillaba de manera opaca sobre Aetheria. Todo estaba en guerra, los animales del reino morían, los elfos perdían sus poderes. Todo un caos.
𝐅ue un sueño terrible, eso estaba claro. La ultima vez que había soñado con algo así fue después de que la secuestraran del orfanato para traerla aqui.
𝐀l final, después de estar un tiempo acostada en mi cama, reflexionando sobre mi sueño, me levante y camine hacia el baño. Me lave la cara, me bañe, me vestí y salí rápido a mis deberes.
Era la ultima en despertar. Todas las demás elfas criadas habían despertado, hecho su cama e irse a trabajar. Yo no. Yo apenas iba despertando.
—Espero que sea la ultima vez que te levantas a esta hora. Es una vergüenza ver a una sirvienta dormir mas que una vaca. —me regañaba Nymeria mientras yo casi me resbalaba con el piso mojado que yo misma lave.
—Fue sin querer. No volverá a pasar. —me disculpe, recuperando rápidamente mi postura y seguir lavando los pisos.
𝐍o pude volver a pensar en esa conversación. ¿En serio podría ser yo la de la profecía? ¿Por que? Tenia demasiaadas preguntas sin contestar. Quizás Nymeria sabe de algo... Aunque quizás me arranque la lengua para que la deje de molestar. Que se aguante.
—Oye, Nymeria.
—Qué quieres ahora.
—Solo me preguntaba... ¿Y si yo soy la elegida de la que habla la profecía? O sea, no tengo un apellido importante, no tengo casa propia... ni siquiera antes de que me trajeran aquí. Tiene lógica, ¿no? —comente yo, mirando a Nymeria por encima del hombro con una sonrisa inocente para ver su reacción.
—¿Que? ¿Tu? Por favor. Lo único para lo que te eligen es para limpiar los baños. No digas tonterías, niña. Mejor ponte a trabajar.
Yo fruncí el ceño. Me sentí un poco ofendida, aunque era verdad lo de los baños...
—¿Por que no? Encajo muy bien en la descripción. Soy una chica sin apellido ni hogar. Y no hay ninguna otra chica humana como yo... Y no dice "elfa", así que una elfa no es. —defendí, esperando una opinión diferente a la horrible que me había dado.
—Se vale soñar... —respondió Nymeria simplemente. Burlándose de mi como siempre.
𝐘o fruncí el ceño aún más y volví a concentrarme en limpiar. Las preguntas volvieron a rondar por mi cabeza como si fueran moscas volar alrededor del trasero de una vaca.
¿𝐘 si el hombre estaba equivocado? ¿Me estoy haciendo ideas falsas? ¿Que esta pasando? ¿Averiguo por mi cuenta? ¿Pero y si me echan? ¿O me matan? ¿O me torturan acompañando a Zezek a sus clases aburridas? ¿O me hacen limpiar los baños de por vida? ¿O si me hacen vivir en la alcantarilla? ¿O si me hacen limpiar los establos de los ciervos lunar?
𝐌e sacudí la cabeza.
𝐃eja de pensar en eso, Saina, tranquilízate. Si no eres la elegida es mejor, ¿no? No lidiar con ninguna carga, ni peso, solo limpiar, limpiar... limpiar... ¿Limpiar? ¿Toda mi vida? Que aburrido.
Creo que si, prefiero ser la elegida, al menos para darle un poco mas de emoción a mi vida. Quiero decir, soy joven, tengo dieciséis años. No pienso dedicarme a limpiar hasta morir de vieja.

𝐏asaron varios días desde mi ataque existencial. Ya no pensaba tanto en eso. O bueno, ya prácticamente no pensaba en eso.
𝐋ogre deshacerme de esos pensamientos el día que Cevlina me golpeo "sin querer" en la cabeza con un cucharon —según ella fue sin querer. Yo no le creo—. Parecía que me había reiniciado los pensamientos. ¿En serio fue tan duro el golpe? Vaya, no lo se, pero fue efectivo.
𝐀hora misma estaba normal, terminando de ordenar la habitación desastrosa de Astreira hasta que Calyra —una elfa que se encargaba de repartir información del rey por el palacio— se apareció en la puerta.
—Saina, la señora reina la llamo para que ayudara a la elfa modista con las telas para los vestidos de esta noche. —me informo Calyra antes de que se marchara apurada.
¿Vestidos para esta noche?... Ah, si, eso.
𝐄sta noche tenían una pequeña fiesta entre todos los reinos por año nuevo. Siempre lo hacían, todos los años, para que los reyes de cada reino firmen y renueven un pacto de paz que se sello hace años para ya no causar mas guerras ni conflictos.
𝐒iempre me pareció aburrido ver a unos señores de cuarenta y pico de años hacer tratados de paz —yo debía ir para cuidar a Astreira, para eso era su niñera, para cuidarla y estar atrás de ella mientras sus padres disfrutaban—.
𝐌e apure a terminar y fui rápidamente a la habitación del vestidor. Era una habitación enorme, con armarios enormes llenos de vestidos de gala, finos y caros. Me encantaba verlos. A veces me imaginaba usando uno, pero nunca me los iba a llegar a poner. De eso estaba mas que segura.
𝐘o sostuve a Astreira en mis brazos mientras la señora Elaria —la reina— miraba las telas. Había elegido una tela de terciopelo azul medianoche con pequeños destellos plateados que parecían estrellas diminutas, como siempre. Y para Astreira había elegido una tela plateada y brillante. Su superficie cambiaba entre tonos perla, plata y azul oscuro según la luz.
𝐄ran telas hermosas, sedosas, caras, brillantes.
𝐋a modista empezó a tomar las medidas de Astreira primero y luego siguió con la reina. Yo miraba tranquila como media a la reina, estudiándola un poco.
𝐕eía su cabello lacio y largo caer como una cascada oscura. Ese color azul oscuro podía llegar a hipnotizar a cualquiera, al igual que esos ojos rasgados de color amarillo como estrellas fugaces. Sin darme cuenta, quede un poco embobada mirándola antes de que me diera cuenta de que Zezek me estaba llamando.
—Eh, discúlpeme, su majestad. Con su permiso, debo hacer algo rapido. —dije yo, inclinándome un poco antes de irme rápido hacia donde Zezek luego de que la reina me diera permiso.
𝐙ezek me arrastro hacia su habitación. Yo me asuste un poco, creí que había pasado algo grave por lo apurado que se veía pero... solo era para modelarme su estúpido traje.