La profecía de un joven mago

Capítulo 1

Harley.

El pueblo de los magos, para la mayoría de las personas, es el más desdichado de toda Ethiria.

La razón es simple. Coustitha, nombre del poblado de los magos, es el lugar donde nació el dichoso mago Fabián y, con solo esto, los magos están condenados. Pues estaba prohibido usar su magia.

Las casas están descuidadas, las calles mayormente vacías y las ventanas permanecen toda hora cerradas, incluso durante el día, y nadie se atreve siquiera a hablar más alto de lo requerido. Cada mes los ogros, ejército de la reina Renatta, van al pueblo para que los magos generen alimentos y agua; porque, sí, la reina Zahira se negó a que los humanos sigan siendo las "sirvientas" de todas las razas. Si los magos tienen magia, pues que la usen para cosas realmente necesarias, como los alimentos. Además, por la guerra las sirenas se negaron a compartir el agua y los únicos capaces de generar dicho líquido son los magos y los elfos, pero ellos sirven para algo mejor, según Renatta.

Y para la reina, si no eras capaz de complacer las necesidades, entonces no servías como mago.

¿Será esa la razón por la cual no me dejan salir de esta estúpida casa? No, yo sé que no. Porque si fuera esa, mi padre Aarón estaría como loco enseñándome a crear agua y no esos hechizos. "No salgas" siempre me dice cuando él o Lesley no están en casa. Que eso ya se ha vuelto cotidiano.

—¡No está en discusión, Harley! —exclamó mi padre.

Ahora estamos discutiendo, otra vez. En mi defensa, tanto mi hermana como mi papá tardan demasiado en su arduo trabajo, a veces llegando a casa en la madrugada para que, horas después, se vayan nuevamente. Solo quiero saber qué tanto hacen para llegar excesivamente tarde y por qué tan cansados o entristecidos en algunas ocasiones.

Fruncí el ceño y apreté los puños; estaba molesto. Aarón se arregló sus blancas mangas abullonadas cuando acomodé mi cabello hacia atrás.

—Me preocupo por ambos, bapa —dije nombrándolo por su apodo, intentando calmar mi molestia.

Él me miró frustrado y suspiró pesadamente. Se acercó a mí y colocó sus manos sobre mis hombros, quedándose enfrente de mí. En esta perspectiva se pueden observar sus cicatrices entre la mitad de su rostro, las cuales mayormente oculta con su cabello.

—Lamento que te preocupes de esta forma por nosotros, pero, por tu salud, es mejor que no lo sepas —dijo mientras me miraba.

—Tú sabes que... —Antes de seguir hablando, él me interrumpió.

—Lo sé, pero tú no eres así —me contestó, acariciando mi cabello con su mano derecha.

Abrí la boca para contestarle, mas mi hermana bajó de las escaleras, con su típico arco detrás de su espalda. Nos miró a ambos y se acercó a mi bapa, separándolo de mí.

—Ya nos tenemos que ir, se nos hará tarde —indicó ella, yendo a abrir la puerta de madera.

Mi papá asintió, mirándome y haciendo una seña para después ir a la puerta y salir.

—Dejé tus galletas favoritas en la mesa, déjanos algunas —comentó ella.

Solamente asentí ante lo que dijo, me sonrió y salió de la casa junto con mi papá; no sin antes cerrar la puerta con llave.

Y, otra vez, estoy solo. Bueno, al menos puedo comer galletas y seguir con mis lecciones.

Han pasado aproximadamente dos horas y media desde que ellos se fueron. Había terminado de comer las galletas —sabiendo que Lesley me va a regañar, de nuevo—, ahora estoy leyendo el nuevo hechizo que mi papá me quiere enseñar. Todavía no comprendo la insistencia de Aarón sobre aprender cosas que los magos tienen prohibido, en vez de saber lo que otros saben y, con ello, tener el derecho de salir.

De pronto, escuché algo proveniente de afuera: gritos.

Dudé un poco en asomarme por la ventana, pues también lo tenía prohibido. Intenté seguir con mi lectura, pero los gritos se hacían más y más altos; y podía asegurar que varias personas estaban afuera de sus casas para ver qué estaba ocurriendo. Así que dejé la pequeña libreta de mi padre sobre la mesa y fui caminando apresuradamente al comedor, rodeé la enorme mesa que abarca casi todo el espacio y me acerqué a observar el calendario colgado abajo del enorme reloj. El dibujo de un hada capturada señalaba el día de hoy como 2 de abril, día donde los ogros vienen en nombre de la reina.

Carajo, eso explica el escándalo de afuera. Normalmente, ellos llegan y todos los magos van al bosque Lush Quagmire Wilds para crear su dichosa agua, para luego los ogros llevarse en silencio a aquellos que no lo lograron.

Dejé de observar el calendario cuando escuché un golpe estruendoso. Sin pensarlo dos veces, fui corriendo hacia la ventana y, con mi pulgar izquierdo, moví un poco la gruesa —y para mi gusto, horrorosa— cortina. Sin dejar que se vea mi rostro, pude observar cómo una enorme criatura de fácilmente tres metros, cuerpo espantosamente color verde olivo y piel áspera, colmillos grandes y salidos, cuerpo que triplica a tres magos juntos, con un gran martillo hecho de madera gruesa en mano, arrastraba a un hombre, un mago.

El hombre apenas podía mantenerse de pie. Su ropa estaba desgastada, su rostro estaba cubierto de polvo y una herida abierta sangraba en su sien.

—Ogros —murmuré al ver el ser verdoso, acompañado con otros dos atrás de él.




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