Uphadaisal, el lugar que inició todo. El reino de los humanos.
Ahora nos ubicaremos en el salón del trono del gran castillo, donde su majestad se encontraba sentada en su trono hecho de diamantes, con las manos apoyadas sobre los reposabrazos. Sus fríos ojos recorrían a los ogros encadenados y arrodillados frente a ella.
El ogro más robusto temblaba más que el otro, manteniendo siempre su mirada baja. Con una voz grave, la reina habló.
—Repítelo una vez más —ordenó la mujer.
—El escuadrón que nos encargó mandar a Coustitha fue hallado despedazado enfrente de la fuente del rey Dhannyel. —contestó el ogro, tembloroso.
La reina sonrió sarcásticamente, maldiciendo a los ogros internamente. Luego, se levantó de su trono y, acomodando su lacio cabello, el sonido de sus tacones resonaba en todo el salón mientras descendía de los escalones, acercándose cada vez más a los ogros.
—Y dime, ¿cómo sabes eso? —interrogó su majestad—, ¿lo viste?
El ogro asintió apenado. Sabía que falló como líder al ver a ese mago controlando a su escuadrón, y en vez de ayudarlos o, al menos, matar al joven, huyó.
"Quels ele Gistuo seit commed anytbaktos,
ei les dierrupt mofurto le voultenir sonbra ele sorpretino hos segiate"
Era lo que decía la profecía y él no es nadie para evitar que suceda. También quiere ser liberado.
—Pero fue extraño —contestó inmediatamente.
Renatta alzó la ceja extrañada, mirando al ogro encadenado de al lado y después, regresó la vista hacia el primero.
—Te escucho, Rotfeast —ordenó la reina.
El mencionado se aclaró la garganta, alzando su vista hacia su reina. Y, tartamudeando, habló.
—Fue un mago, pero no uno cualquiera —hizo una pausa—, fue un joven que nunca había visto en Coustitha.
La segunda criatura interrumpió al hablante.
—Zug, Sorgash y Grizzle iban a asesinar a un mago por acto de rebeldía, mas ese chico llegó y... —Miró a Rotfeast. —No sabemos cómo, pero hizo que Sorgash no tuviera control de sí mismo.
La reina caminó alrededor de ellos sin decir ni una sola palabra, mirándolos desde su perspectiva alta.
—Cuando Grizzle corrió hacia el mago, Sorgash lo atacó, matándolo. Y después, fue con Zug; con su martillo lo dejó como puré —continuó con la explicación el primer ogro.
Al escuchar lo último, la reina se detuvo.
—Entiendo —dijo en tono neutral.
Sin decir más, la reina volvió a su trono y miró a ambos con desdén. Con una seña, llamó a un caballero humano que se encontraba al lado de su asiento.
—Prepara al escuadrón élite, irán a... —Sonríe plácidamente antes de seguir hablando—, darles una lección a esos malditos magos.
El guardia asintió sin decir alguna palabra; a punto de marcharse, la reina detuvo su caminar.
—Dame tu espada —ordenó la mujer.
El otro, confundido, rápidamente movió su mano hacia su funda y sacó de esta su espada y se la entregó a la reina para después marcharse.
Ya fuera el guardia, la reina contemplaba el gran sable; enseguida su observación pasó hacia ambos ogros.
—Rotfeast, al parecer no sabes ser un líder —dijo, caminando lentamente hacia ellos—, y no solo eso. Desobedeciste la regla.
Al terminar de hablar, la reina alzó la barbilla del gigante con la punta de su espada, forzándolo al contacto visual. El frío aire del lugar movía el blanquecido cabello de su majestad de una forma tan perfecta; viéndose hermosa, dominante y horrorosa para el ogro.
—No perdonarás ningún acto de rebeldía, pues arriesgas a la corona, el pueblo y tu familia. Aquel que sea rebelde, la fuerza tendrás que usar.» —recitó Rotfeast—. «O castigado serás y esa pena cargarás».
—Así es —acercó más la punta de la espada en la manzanilla del monstruo, abriéndole un poco la piel y haciéndolo gruñir de dolor.
—Ahora pagarás las consecuencias de tus actos —dijo Renatta, alejó la espada de su cuello y la alzó, lista para ejecutarlo.
El ogro volteó a ver al ogro de al lado.
—Perdóname, Dorskull, hijo mío —susurró, cayendo lágrimas en sus mejillas.
De ahí ocurrió: el otro ogro volteó a verlo con un rostro paniqueado y triste mientras que la reina volteaba a verlo.
—Parbo… —murmuró Dorskull, su labio inferior temblando de miedo.
Y entonces, la reina, con sus deseos de atormentar al gigante, deslizó la espada, como si fuera una hoja fina, cortando el pecho de Dorskull.
Rotfeast observó la escena impactado; resbalaban lentamente las lágrimas en sus mejillas. Un grito ahogado inundó el silencioso lugar antes que la reina regrese su atención a él, ignorando el cuerpo sin vida.
—Cállate —ordenó la mujer—, o te mataré a ti también.
El monstruo no hizo otro ruido. Satisfecha por su silencio, Renatta aventó la espada lejos, lográndose escuchar el sonido del sable chocar contra el suelo.