El sonido metálico de las espadas chocando resonaba por todo el patio de entrenamiento del castillo.
Una ráfaga de viento atravesó todo el sitio, moviendo de forma gentil las banderas azuladas de Uphadaisal; al mismo tiempo, varios guardias y soldados del reino observaban el entrenamiento con suma atención. En el centro de todos, un hombre de mechones negros giró sobre sí mismo y logró bloquear el ataque de su oponente.
—Demasiado lento— comentó.
El contrincante, quien llevaba armadura y casco, no respondió ante eso, simplemente agarró la empuñadura con fuerza para luego lanzarse contra el otro sin dudarlo. El pelinegro se hizo a un lado para evitar ser tocado con la otra arma; sin embargo, no contaba con que su adversario, agachándose, hiciera una barrida de atrás hacia adelante, logrando que su espalda chocara contra el piso.
En un movimiento rápido, el rival se levantó y apuntó al hombre tirado con su sable.
—Al parecer, el lento fue otro —contestó él.
—¡Ganó el príncipe! —gritó uno de los soldados.
Y entre los aplausos, aventó su espada lejos, seguidamente de quitarse su casco, apoyándolo debajo de su brazo derecho, revelando así su rostro joven y pálido. Extendiendo su otra mano hacia el de abajo, sonrió.
—Gané —repitió él.
—Suerte de principiante —bromeó el otro hombre, aceptando la ayuda del muchacho.
Ya de pie, hizo una pequeña reverencia.
—Buen combate, príncipe Harith.
—Igualmente, Condestable Bran.
Soltó la mano del conde para limpiarse el sudor de la frente, despegando algunos pelillos rubio claro.
Bran iba a pedir nuevamente otro combate, pues el príncipe debía impresionar a la doncella Cynthia, hija de la familia más codiciada de Uphadaisal, Dirgeridge. Y no hay nada que impresione más a las mujeres que un hombre que sepa luchar.
—Entonces, Principito, ¿te arriesgas a una última pelea? —preguntó el más grande.
Antes que Harith contestara, las puertas del castillo chillaron al ser abiertas con fuerza, mostrando a una mujer de avanzada edad con un vestido negro hasta los tobillos. Caminando hacia ellos, miro al príncipe con neutralidad.
—Su alteza, su madre exige verlo ahora —dice anodina.
Maldijo internamente Harith, asintiendo para que la mujer se dé media vuelta y se vaya, cerrando las puertas tras de sí.
—Será para la próxima —comenta Bran, revolviendo el cabello rubio del otro, importándole poco el sudor de este.
—Claro.
Avanza hacia las puertas, abriéndolas y entrando al castillo; voltea a ver al condestable antes de cerrar las puertas. Ya estando dentro y sin nadie que lo observara, avienta su casco lejos de él, ocasionando que el objeto choque contra muebles así como algunas copas que estaban encima de dichos muebles.
Pasó su mano por sus mechones en repetidas ocasiones antes de susurrar palabras sin sentido, intentando tranquilizarse.
Ya estando más relajado, atravesó con pasos firmes los enormes pasillos decorados con retratos pintados de los reyes. Detuvo su caminar para poder mirar un retrato en particular, un rey con una vestimenta impecable, una corona dorada, además de un cabello y piel similar a la suya. No obstante, en el retrato, el rostro del hombre es completamente liso, sin nariz, ni boca, ni nada.
—Siempre es un gusto verte, padre —dice con tristeza.
Bajó la mirada y extendió su mano hacia la urna donde descansan las cenizas del rey. Tocando el objeto con delicadeza por unos segundos antes de dejarlo y seguir con su camino.
...
—¡Ah, basta! —grita el extraño—, ¡eso duele!
Lesley rueda los ojos otra vez, dejando la botella de alcohol en la mesita de noche.
—Discúlpame, pero si no curo tus heridas, se van a infectar.
El otro frunce el ceño, molesto y adolorido.
—Es la culpa de tu hermano, ¿lo sabes, verdad? —cuestiona él—. No pedí que me salvara de esas bestias. ¿Sabes también que, gracias por eso, van a venir a destruir la mayor parte del pueblo?
—Cállate.
Ignorándola, siguió hablando.
—¡Y para colmo, va a ser ejecutado porque usó magia prohibida!
La chica lo miró con enojo y presionó la herida abierta de la sien derecha con el algodón, teniendo como consecuencia que el joven gritara.
—¡No hagas eso!
—¡Entonces no digas esas tonterías! —respondió Lesley—. ¡No van a matar a Harley si yo lo protejo!
Al terminar la oración, aquel desconocido no pudo evitar estallar de risa con algunos quejidos por su dolor en el abdomen.
—¿Crees que su majestad no se enojará con ustedes por ocultar al rebelde ese?
—Lo dudo mucho— contestó.
Volvió a agarrar el frasco y echó un poco más de alcohol en la fibra. En un silencio, ella preguntó cómo terminó en esa situación, y él no contestó hasta que Lesley, con pegarle en varias heridas, logró que hablase.