Aarón.
Caminaba de un lado a otro, frustrado, yendo a la ventana para mover las cortinas negras de la habitación, moviéndolas con sutileza a un lado para observar el exterior (cerrada con candado para impedir que sea desplegada) y encontrándome lo que esperaba.
—¡Malditos asesinos! —gritaban los magos afuera de la casa, aventando jitomates, posiblemente podridos, a la ventana—. ¡Nos condenaron a la muerte!
—¡Estúpidos humanos, largo! ¡Estas no son sus tierras!
Dejé de asomarme, suspiré pesado, ignoro todos estos insultos y volteo a mirar a Harley, tumbado en la cama, todavía inconsciente, tapado con gruesas cobijas polares que apenas dejaban visible su rostro.
Mi mano caminó hacia mis cicatrices, tocándolas como si, por hacerlo, desaparecieran. Al sentir mi piel áspera, mi mente viaja a aquella noche donde nacieron.
No me arrepiento de nada; mis acciones fueron las correctas. Pero las consecuencias llegan rápido.
Sin avisar, mi hija abre la puerta de la habitación de Harley; como siempre, salvándome del océano de mis malos recuerdos.
—El joven ya está más calmado —aclara Lesley—. Aunque, bueno, creo que ya sabes qué va a pasar.
Asiento ante su respuesta, aclaro mi garganta para hablar y dejo mis heridas.
—Tenemos que ser más rápidos que su majestad.
No esperé respuesta, así que ella caminó hacia mí y, con esos brazos fortalecidos —y con probabilidad alta de estar dañados— rodeó mi cuerpo, atrayéndome con calidez. La cual acepto; es reconfortante.
—Nunca pensé que llegaría a presenciar este día —aclaro, sonriendo a la fuerza.
Se aleja de mí, mirándome con esos bellos ojos verdes que tanto me recuerdan a su madre.
—Tenemos que ser fuertes, bapa —responde.
Voltea a ver a mi muchacho ajeno de su alrededor; los tacones de sus botas suenan por la habitación. Ya estando de pie frente a él, arrodilla una pierna y luego la otra.
—Cometimos un error al enseñarle ese tipo de magia —opina con una voz molesta—. Te advertí que es necesario que sea más accesible de manejar y que no le pueda causar tanto malestar, una que…
—No causará tanto desastre —terminé su comentario—. Pero es la única magia que la reina no conoce, así Harley puede pasar desapercibido.
Intento excusarme, aunque sé que Lesley sabe la verdadera razón por la cual elegí este poder para Harley.
Noto cómo ella frunce el ceño y presta atención a su hermano. Por mi parte, paso mi mano por detrás del cuello, ¿estoy estresado? La respuesta es obvia; sin embargo, no sacrificaré al bien mayor solo por mí. Yo no soy así.
Merodeo por el lugar, mis pies indicándome a dónde ir en vez de mi cabeza, deteniendo mi andar enfrente de la estantería repleta de libros traídos de mi trabajo o de Lesley con el propósito de ser un sustento para su poder e indirectamente, para que aprenda algo en general. Ejemplares como “Ale codetu nosanami”, “¿Buece sim me hadtol?”, “Terminal” y “Aléjate de mí, mi vida” descansan uno sobre el otro.
Estiro mi mano derecha para alcanzar la obra “Haeh cui te prizni, zintun” y lo hojeo; no entiendo del todo el idioma élfico. Puleir, mas reconozco algunas palabras y frases básicas que me ayudan a comprender un poco la lectura.
—Haru tendrá miedo —menciona ella, obteniendo mi atención—. Nunca le enseñamos lo que es el mundo en realidad y va a tener esa idea hasta que le rompan su corazón, y cuando descubra como es la verdadera Ethiria será demasiado tarde.
Observo de reojo el libro abierto entre mis manos y luego regreso a ver a mi hija.
—Cuando eso pase, él dará el siguiente paso para cumplir con su destino.