La profecía de un joven mago

Capítulo 5

Harith.

—Horroroso —dije al verme frente al espejo.

Las antorchas colgadas alumbraban cálidamente mi habitación, como si lo que sucediera fuera igual de candente.

El ruido de los soldados humanos y, en mi punto de vista, los ogros, esclavos pintados de soldados, se preparan para atacar esta noche el pueblo mágico.

Mis ojos se vuelven a fijar en el reflejo; una armadura dorada sobreprotege mi cuerpo. Es demasiado pesada, pero no tanto como saber que mi alma será manchada, sin retorno a ser limpiada.

Al escuchar que tocaron la puerta, dejé mis pensamientos a un lado; si es mi madre quien está detrás de ese pórtico para explicarme otra vez la importancia de mostrar poder con esa gente, me causará jaqueca.

—Pase—ordeno.

Un chillido dio la puerta al abrirse de par en par; no me animo a voltear a ver a mi acompañante, prefiero seguir acomodándome mi armadura.

—Al fin pareces hombre, principito. —Roté sobre mi eje para ver el dueño de aquella gruesa voz.

—Ahorra los malos comentarios, Bran —digo con voz seca.

Realmente, no estoy de humor para bromas, algo demasiado extraño para mí. Y creo que el conde lo descubrió perfectamente.

—Discúlpeme, alteza.

Alcé los hombros, demostrando lo poco que me interesa su perdón. Luego, unas manos algo arrugadas acomodaron la capa azul oscuro que cargo sobre mis hombros.

—Harith —me llama, lo volteo a ver—. Lo lamento.

Entiendo a lo que se refiere; evito que una lágrima cayera, pero es imposible. Ya estoy condenado.

—¿Cynthia estará impresionada con esta hazaña que haré esta noche? —preguntó desanimado.

Él sonríe triste, una sonrisa que no soporto ver.

—Ella lo estará, igual que Darrius —confiesa.

Al escuchar ese nombre, volteo a verme al espejo nuevamente; limpio la lágrima cayendo con lentitud y asiento.

Darrius, querido amor mío, te extraño.

...

Harley.

Abrí los ojos lentamente; cuando mi vista ya no estaba nublada, pude notar mi techo envejecido. Parpadeo varias veces desconcertado, intento hacer memoria de lo que pasó hace unos instantes, pero no me llega nada a la cabeza.

Intenté levantarme sobre mis brazos, pero el intenso dolor de cabeza no me permitió completar mi acción. Maldije en voz baja.

—¡Haru, al fin despertaste! —fue lo primero que escuché antes que mi hermana se aventara sobre mí en un fuerte abrazo.

Jadee, al sentir su cuerpo cerca del mío, no me gusta el contacto físico. Y en estos momentos, mucho menos.

Poco tiempo después pude notar la presencia de mi padre, quien parecía estar entretenido leyendo uno de mis libros que me regaló ya hace algunos años. Al escuchar la voz de Lesley cuando se lanzó como dardo hacia mi persona, volteo a verme.

—Hasta que despiertas, hijo del demonio —expresa Aarón con una sonrisa.

Rio un poco por la forma en la que él comunica su amor hacia mí.

—Me alegra también despertar, bapa —le contesto sonriente.

No tardé mucho en recordar lo que pasó antes de quedar inconsciente; agarré mi cabeza con fuerza, como si intentara quitar el dolor de cabeza que solamente se intensifica. De pronto, todo se volvió oscuro.

¿Dónde estoy? No tengo idea.

Dejo que mis pasos me guíen hacia una salida que parece no querer mostrarse. Camino sin rumbo hasta que, a lo lejos, puedo observar a un joven rubio.

—¿Quién carajos eres? —exclamó en voz baja, sorprendido.

Me acercó con desconfianza; con lo que ha pasado hoy, hasta respirar parece ser algo malo.

El chico está encogido, y por lo que puedo oír, está llorando.

Puede ser que sea un vil extraño, pero está sufriendo; mi corazón no es capaz de soportar esto.

Al parecer, no aprendí la lección de esta mañana, aunque ya no me importa, creo.

Ya estando cerca de su espalda, puedo apreciar mejor su vestimenta. Una armadura dorada con una capa azul oscuro en su espalda; una espada descansa en el cinturón de su cadera. Este conjunto le queda perfectamente bien con su rubia melena desordenada.

Si me gustasen los hombres, me hubiera enamorado de él.

Alargo mi mano hacia su espalda, tocando la fría coraza exuberante.

—Tranquilo, ¿por qué lloras? —pregunto con la voz más suave que puedo.

Detiene sus sollozos y, por lo que noto, se limpia las lágrimas. Poco a poco, voltea su rostro hasta que finalmente, su cara está frente a la mía.

Por Inturi, es… perfectamente bello.

Ambos sorprendidos, nos quedamos mirando por no sé cuánto tiempo, como si tuviera relevancia eso.

—Yo…—tartamudeó, por lo visto quería decir algo más, sin embargo, desapareció.

Todo se transformó en polvo azul.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.