El desconocido.
El abrir de la puerta mató el silencio de aquella habitación oscura.
—Regresé —anunció la chica, obteniendo tristemente mi atención.
Ante lo dicho, la doncella se acercó hacia el colchón con un gesto serio. ¿Eso significa que se quedará aquí por un rato? Supongo que sí. Me levanto entre quejidos para quedarme sentado.
Duelen horrible estas putas heridas.
—Ya veo —contesto con sarcasmo.
No recibo alguna muestra de humor en ella, bajando un poco mi entusiasmo por querer tener el papel del bromista. Un gesto de arriba abajo por parte de Lesley hizo que frunciese el entrecejo.
—No hagas nada que me arrepienta de haberte contado todo.
—Cuenta conmigo, señorita Greene, pero ante mi punto de vista es algo raro que le confiese algo tan… importante a un triste desconocido, ¿no cree?
Contestó con un bufido; sabe que tengo razón, pero si me pongo en su perspectiva, de seguro pensará que lo que hace está bien para que su hermano pueda volverse reconocido ante todo el mundo. Y yo seré el desafortunado quien lo conozca primero porque tuve la mala suerte de ser salvado. O no lo sé, no puedo leer mentes.
—No me llames así —exclamó, mirando hacia la puerta—. Puedes pasar, Haru.
Ahí pude notar una parte de la cabeza de aquel chico de que tanto hablo: quien me salvó de los ogros y que, poco tiempo después, fue el causante de mi espontáneo desmayo.
Qué poder tan peculiar.
Debo admitirlo.
Una pequeña cascada color chocolate caía sobre aquella, ¿cómo diría Kimmy? Ah, sí, cabecita. Un gesto adorable y un poco (muy) infantil por parte de un adolescente.
—Vamos, Harley, no tengas miedo —vuelve a hablar Lesley con un tono más impaciente.
—No muerdo. —Me dio risa la situación.
Si estuviese en sus zapatos, entendería por qué está con esa nerviosa actitud; digo, o sea, no todos los días salvas a un extraño para ti y para tu familia, obtienes el odio de todo un pueblo en segundos por un acto tan «heroico» —y más cuando es la primera vez que sales al mundo exterior—. Que todo eso haya vivido en un solo día, hasta yo podría abrumarme.
Ahora que lo reflexiono, tal vez tenga algo de razón la joven Greene al intentar que quedase bien su hermano conmigo porque, al final, si el destino lo eligió a él e inició con el pie izquierdo, siquiera merece una segunda oportunidad al darse a conocer, ¡y qué mejor que con aquel que salvó! No obstante, que el joven Greene sea tímido y por ende no se quiera acercar. Aparte de todo, hace unos instantes actué como un estúpido.
No, posiblemente haya quedado impactado con mi belleza inigualable, y con este cabello de ensueño que tengo, hipnotizaría a cualquiera, ya sea hombre o dama, y dudo que él sea la excepción.
El chico finalmente se subió los pantalones y se acercó a su hermana, quedando hombro a hombro. Ante la amarillenta luz de su lámpara color beige, pude notar que el rostro de la joven Lesley tiene algunas pequeñas cicatrices en su piel pálida. Cómo me encantan las mujeres con ese aspecto: fuertes e inteligentes, decididas y con valentía. Sin embargo, se trata de la integrante de la familia Greene; es mejor que me quede esta imagen de ella con mis pensamientos dentro de mi cabeza y, en un futuro, en una de mis grandes noches obscenas.
Su hermano tampoco se salva; agradezco a mi abuela, Miphaen, por enseñarme a comer de todo cuando todavía era un polonquillo. Esos labios carnosos que tiene han de saber a gloria si los juntase con los míos, y esa piel de porcelana élfica lo hace ver como un muñequito bien hecho; lástima que solo en Coustitha venden únicamente de trapo.
Con hijos tan bellos, la mamá ha de haber sido una preciosura.
Ay, Diosa, ¿qué ando diciendo? Estamos en una situación seria, posiblemente pude haber muerto, y estoy como idiota observando a los hermanos Greene con otros ojos, pensando en ellos con la cabeza de mi parte íntima.
—¿Puedes quitar esa cara de idiota? —la voz de la señorita me sacó de esos pensamientos tan… personales.
Escuchó una diminuta risa por parte del otro. Sí, seremos buenos amigos, o al menos eso espero.
Pero primero debe disculparse por todo lo que hizo; a pesar de que esté agradecido con él por haberme rescatado de esas bestias verdes que estuvieron a punto de matarme, no tenía derecho alguno de causarme un desmayo, ni siquiera porque estaba actuando como un demente.
Sacudí mi cabeza para que, efectivamente, deje de verlos como tarado; peiné mi cabello que se despeinó por los movimientos tan bruscos.
—Disculpe —me llamó ella, deteniendo mi intento de peinado y mirándole sus ojos verdosos.
—Él es mi hermano, Harley —lo abraza por encima de sus hombros—. Es quien lo consideramos como el destinado.
Harley sonríe nerviosamente, lo puedo notar. Lo miro de arriba abajo y suspiro.
—Lo imaginaba más alto.
Si se ofendió, pues lo lamento; sin embargo, es la verdad.
No dijo nada, o tal vez me quiso decir algo, pero se detuvo al último instante. Miró a su hermana y luego a mí, y luego a ella.