La profecía de un joven mago

Capítulo 11

—Entonces, ¿vas a ir a Coustitha?

—Así es —contestó Harith.

La doncella agarró la mano del príncipe con entusiasmo, acto que incomodó al muchacho. Mirando de un lado a otro, buscando alguna salida, el corazón del hombre ansiaba escapar del lugar lo antes posible; mientras que la joven, ajena a la ansiedad de su pareja, le daba un sorbo a su té negro.

—Todo el mundo sabe lo que pasó entre los ogros y el mago; al saber que irías a hacerles justicia, celebraron como nunca —sonríe complacida—; al menos mi familia lo celebró.

Las ramas de los árboles expresaban el disgusto y la tristeza que sentía el príncipe, moviéndose con furia intensa gracias a los susurros del viento, golpeando en algunas ocasiones al enorme kiosco donde se ubicaba la pareja.

—Gracias, supongo.

Los ojos curiosos de Harith contemplaban a la señora Luna, tan lejana y espléndida; la madre del universo. Al menos eso menciona la creencia élfica.

—Es demasiado bella —opina la chica, refiriéndose a la cristalina bola blanca.

—Lo es —contesta Harith.

Así pues, él cierra sus ojos para sentir la ligera brisa besar su rostro; cómo desearía ser parte del viento y simplemente ser libre de todo: nada de obligaciones ni matrimonios, nada de asesinatos.

Por otro lado, Cynthia desvió su mirada hacia él; aquella imagen que estaba apreciando del príncipe lo hace ver tan bello, tan perfecto. Es demasiado afortunada por lograr ser su actual pareja. La pequeña marca real del príncipe, ubicada en su mandíbula, la podía contemplar gracias a la luz lunar.

Es una lástima que su fría actitud hacia su persona dañe su imagen de hombre y esposo ideal que ella tanto desea.

Intenta hacer algo, tal vez halagarlo o, quizá, besarlo. Algo, lo que sea, con tal de romper esta burbuja que hay entre ellos dos y, por fin, ser el mejor matrimonio que alguna vez existió en toda la humanidad. Ella solamente quiere demostrarle que sí se enamoró de él. No obstante, una fuerza interna la retiene, gritándole que su afecto será rechazado (lo cual se volvió habitual entre ambos) y que es mejor irse.

—¿Pasa algo, señorita Cyn? —preguntó Harith aún sin abrir sus ojillos.

Y regresa a la realidad una vez más, sacudiendo su cabeza en signo de negación. La verdad es que, simplemente, la doncella anhela que él pronuncie su nombre con señales de cariño, no como si fuese su enemiga.

—No, nada, su alteza —contesta, apenada.

Él asiente antes de volver a darse la oportunidad de ignorarla. Sigue pensando, y pensando, y pensando en aquel sueño que tuvo de ser, por solo un día, un ave como aquella que había dibujado alguna vez. Deseaba volverse una gaviota y viajar por todo el cielo sobre la mar; tocar las nubes, dejar el reino atrás y solamente vivir. ¿Será un sueño tonto? Para algunos sí; sin embargo, otros compartirían el mismo deseo, como ese mago que en un solo día logró tener el odio de toda una especie —o quizás tres especies diferentes—.

Oh, por todos los cielos, no puede olvidar al mago que pudo ponerlo en trance como si fuese nada; fácilmente ese desconocido “abracadabra” le hubiese dado el mismo final que el de los ogros, pero, por alguna vez, no lo hizo; prefirió intentar calmarlo dentro de su misma mente.

Qué poder tan fantástico, algo macabro y peligroso, pero qué fantástico.

Con sinceridad, él no sería capaz de matar a un joven tan bello y bueno como es aquel esclavo, que ni siquiera lo toma como tal. Y, bajo su criterio, todo fue un malentendido donde el mago es quien tuvo la mala suerte de obtener el papel como el villano. Su conciencia quiere creer eso.

Porque, ¿acaso hay alguna lógica que aquel ser con bello rostro pueda haber hecho algo tan atroz? Simplemente es algo tonto e ilógico.

Pobre criatura, siente lástima por el hombrecillo; de seguro ha de tener la misma frustración, cansancio y deseos que él. Tal vez.

Harith estaba tan concentrado en sus profundos pensares que, otra vez, olvidó su realidad, que una joven tiembla de amor por él y espera una mínima reacción para seguir intentando animar la noche.

El sonido de unos zapatos golpeando el césped artificial del jardín hizo que ambos jóvenes dejen de lado sus pensamientos, obteniendo la atención requerida. Habló el desconocido:

—Su alteza, ya es hora de partir a Coustitha.

—Iré pronto, gracias, Rotfeast —respondió el príncipe, alzando su voz.

Con ello, el ogro se alejó de la pareja. Ya estando solos, Harith se levantó de su asiento y, arrodillándose ante su (no) amada, le agarró la mano como si fuese hecha de porcelana.

—Ya es hora de que me vaya a cumplir con mi deber, Cynthia. Y al volver, extenderé mi corazón para unificarlo con el tuyo, volvernos uno solo. Te pediré que seas mi reina —prometió él, para luego besarle sus bellos nudillos.

Que tengas suerte, mi amor. Alzarás al reino con este gran acto, y le demostrarás a los magos dónde está su lugar en el mundo —contestó ella.

Sin más, él se levantó y se marchó del kiosco, perdiéndose ante la vista de la doncella.

—Te amo —pronunció Cynthia, suspirando.




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