La Profecía Rota - Libro 3 de la Saga De Lug

TERCERA PARTE: El Sujetador de Demonios - CAPÍTULO 108

Lug abrió los ojos y echó una mirada en derredor. No vio nada extraño: ni luces asesinas, ni monstruos de ningún tipo, solo la devastación de los árboles quemados. Se palpó el cuerpo con cuidado: no tenía huesos rotos, ni heridas, ni el rostro quemado... Lug se puso de pie y caminó unos pasos, se sentía bien.

            —Muy bien hecho, Lug— escuchó la voz de Wonur, felicitándolo—. Ahora que tienes la Perla puesta, podremos tener una conexión más íntima.

            Ahí fue cuando Lug se dio cuenta. Wonur había estado atacándolo de diferentes formas para obligarlo a ponerse el anillo, para ponerlo bajo su dominio. Lug intentó sacarse el anillo, pero sus manos no le obedecieron. No entendía cómo Wonur podía controlarlo, cuando se suponía que el anillo debería protegerlo de su influencia.

            —El anillo no puede protegerte de mí— explicó Wonur, leyendo sus pensamientos.

            Lug abrió los ojos, horrorizado. ¿Cómo podía haber sido tan estúpido? Cormac se lo había advertido, todos se lo habían advertido, pero él no había escuchado, y ahora estaba a merced de Wonur. Wonur hurgó libremente en su mente, descubriendo sus secretos más íntimos.

            A Lug le dolían los dedos tratando de moverlos para sacarse el anillo, le dolía el brazo derecho de tanto hacer fuerza para llegar hasta su otra mano y sacar el maldito objeto de su dedo, todo en vano, estaba totalmente paralizado. No, no totalmente, pensó: su mente aun funcionaba, su habilidad aun funcionaba, su herencia estaba intacta.

            También le habían advertido sobre la utilización de su habilidad con la Perla puesta, pero no veía otra opción. Wonur ya estaba en su mente y debía detenerlo de la única forma que sabía que funcionaría: Lug invocó el mar.

            Lug sintió una sensación de euforia invadirle el cuerpo. Su poder era inmenso, su poder era tan grande que podía tener al propio Wonur a sus pies si así lo deseaba. Podía subyugar a todos, dominar a todos, si así lo quería. Podría trabajar junto a Wonur, sí, aquel ser le sería muy útil para controlar a todo el Círculo. Podría hacer que los eventos no giraran más en torno a Wonur sino en torno a él. Omnipotente. Podría tenerlo todo y a todos a sus pies. No, no podía tenerlo todo... no podía tenerla a ella, ella estaba muerta. Pero si él era tan poderoso, más poderoso que Wonur, tal vez podría lograr lo que él no podía: traerla de la muerte. Encontraría la forma, forzaría a todos a servirle, a ayudarle a encontrar la forma de violar los eventos, de volverlos a su favor. Y luego reinaría junto a ella para siempre, aplastando sin piedad a todos los que se negaran a aceptar su dominio.

            Pero él no quería eso... no quería dominar a nadie... él no era así... Lug sacudió la cabeza mentalmente, tratando de escapar de la tentación del poder, tratando de resistir la seducción embriagante de la omnipotencia. Lug cerró los ojos con fuerza. Tenía que concentrarse, sacar todos los pensamientos de su mente, excepto uno.

            Agua.

            Wonur sintió la mente de Lug deslizándose, escapándose de sus garras.

            Agua.

            Lug ya había intentado esto antes, cuando casi lo atrapó en la mente de la reina. Wonur maldijo internamente, al tiempo que se maravillaba de tan perfecto mecanismo de defensa. Lug tenía razón: él era diferente a los otros Antiguos. Ninguno de los otros poseía mecanismos de defensa incluidos en sus habilidades, por eso habían aceptado las Perlas de buen grado. Aquel muchacho era tan poderoso como Marga lo había imaginado. Ahora más que nunca, debía tenerlo de su lado, debía obligarlo a pactar.

            Agua.

            Lug se imaginó a sí mismo caminando por la playa de la isla. Sintió la humedad de la arena bajo sus pies descalzos. Las olas le lamían los pies. Muy lentamente, manteniendo su concentración, Lug se internó en el mar de su mente. Sintió como las olas golpeaban ahora sus rodillas, el mar llegaba a él, era su amigo, venía a protegerlo. Siguió sumergiéndose hasta que el agua le rozó las manos. Movió los dedos dentro del agua, sintió sus manos relajarse. Poco a poco recuperó el control de su cuerpo, y sin perder tiempo, movió su mano derecha hacia la izquierda y sacó el anillo, colocándolo con cuidado en su bolsillo.




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