La Profeta

Prólogo - Noche Evanescente

Dice Abla que los ojos y la piel de los esclavos han sido moldeados para ser testigos del brillo y del ardor de la batalla eterna.

Dice Azahara que el estómago de los esclavos ha sido hecho para resistir jornadas enteras de hambre y sed.

Dice Adila que el corazón de los esclavos ha sido creado para guardar favores, maldiciones y desgracias.

Durante siglos en las tierras de los Estados Unificados, que no unidos, de Surempúrium, los dogmas de fe echaron raíces profundas en su gente. Allí, en el caluroso seno del desierto, emergieron creencias que se reunieron en una sola religión que destacó entre las demás que poblaban el elenco espiritual del continente de Ouros, basada en la glorificación de la guerra y el esfuerzo, al contrario que la mayor parte de sus competidoras de las frías tierras del norte. Dichas creencias acabarían recibiendo el nombre de «Helionoxismo».

Rezaba el credo que las diosas guerreras, las hermanas Abla y Azahara, luchaban sin descanso por el control del firmamento de Ouros. Su combate eterno se manifestaba en el sol, aquella esfera de luz que ardía cada día sobre las cabezas de los mortales, vigilante e implacable. Decían que ambas diosas observaban desde lo alto a quienes trabajaban bajo su luz ardiente y que, al final de sus vidas, juzgarían sus esfuerzos. Solo los dignos podrían entrar en el Haizjah, la ciudad del eterno descanso.

Pero cuando el sol caía, las diosas diurnas descansaban de su batalla interminable. Entonces era cuando emergía Adila, la tercera y más colosal de las divinidades. Su presencia tomaba forma en la luna nocturna, el único fragmento visible de un cuerpo que, según decían, se extendía hasta el infinito. Para los surempurianos, la luna no era más que el ojo avizor de Adila, siempre atento, siempre juzgando.

No obstante, incluso ella también necesitaba reposo.

A lo largo del mes, el ojo de Adila se abría y se cerraba en lentos parpadeos. Cuando la luna desaparecía por completo del cielo nocturno, llegaba la temida noche evanescente, la noche del ojo cerrado. En aquellas largas horas, Adila no observaba. Y sin su mirada, las leyes divinas y la amenaza de las maldiciones dejaban de pesar sobre los mortales.

Era una noche así cuando Gorka, una minera del poblado de esclavos de Uren, en el seno de la nación árida de Andanïi, se vio obligada a abandonar la relativa seguridad de su hogar, con el viejo pico heredado de su madre como única defensa.

Avanzaba entre callejones rastreando cualquier descuido afortunado, cualquier objeto o material de utilidad, cuando distinguió una escena común en aquellas noches: un anciano de unos cuarenta años, delgado hasta parecer quebradizo, acorralado contra el muro al fondo de un callejón. Dos esclavos jóvenes lo amenazaban con tablones de madera, sus siluetas apenas recortadas en la oscuridad nocturna.

El hombre protegía con desesperación un bulto envuelto en un mantel deshilachado. No gritaba. Sabía que nadie acudiría. Solo suplicaba en vano.

Gorka saltó desde un tejado y cayó sobre los esclavos con el pico en alto. La herramienta tenía dos agujeros en el metal, deformaciones hechas adrede que hacían silbar el aire al moverla de un lado a otro, sujeta a su muñeca gracias a una tira de cuero. La minera daba vueltas sobre su propio eje, balanceando el pico con movimientos expertos. El sonido del aire colándose por los diminutos agujeros era agudo, antinatural y amenazante. Penetraba en la mente de quien lo oyese.

Los atacantes retrocedieron instintivamente, gimoteando débilmente por el susto y la confusión. Pero no iban a dejar escapar su presa tan fácilmente y empezó un tira y afloja casi a ciegas, tratando de convencerse de que aquel sonido no era causado por una bestia demoníaca que había caído sobre ellos.

El amparo de una noche evanescente sin luz anulaba casi cualquier amenaza visible. Las pocas antorchas encendidas ardían lejos del callejón. Gorka lo sabía. Su única ventaja era intentar parecer lo suficientemente fuerte, suficientemente armada y suficientemente loca a base de hacer ruido y sacudir elpico silvante a su alrededor.

Entre los movimientos, el pico chocó contra uno de los tablones de los atacantes y lo astilló. Una esquirla salió despedida y se clavó en el ojo de uno de los jóvenes. No gritó. Cerró el párpado mientras la sangre comenzaba a deslizarse por su mejilla. Pero, aun a ciegas, consiguió atizar la pierna de Gorka con su bastón.

El impacto le arrancó el aire de los pulmones y cayó sobre una rodilla, pero ella tampoco gritó mientras aprovechaba para recoger y lanzar arena del suelo. En esa oscuridad donde la piedad no existía, demostrar cualquier signo de dolor solo animaba al adversario. Podía ser una sentencia de muerte. Insultar o amenazar, también podía dejarte vulnerable, pues podrían reconocerte por la voz al día siguiente, abajo en la mina.

No había espacio para ser racionales con nada durante una noche evanescente.

En mitad de uno de los tajos, el filo del pico rozó el brazo de uno de los esclavos, abriéndolo en carne viva. Fue entonces cuando retrocedieron un paso y, tras una breve evaluación de la situación, ambos asaltantes se dieron a la fuga.

El anciano cayó de rodillas detrás de la minera.

—Shukrani —murmuró en surempuriano, al borde del llanto—. Adila me acompaña incluso hoy... a través de tus acciones. ¿Quién eres?

Gorka no respondió. Seguía blandiendo el pico en la mano mientras se acercaba, el silbido extendiéndose por el callejón. El hombre apenas distinguía su silueta cuando sintió que intentaba arrancarle el bulto de los brazos.

—¿Qué? ¡No! ¡No, por favor! —suplicó, protegiendo su tesoro.

Gorka lo empujó al suelo de una patada, dejándolo boca arriba. Aumentó el silbido del pico. Su voz salió en un siseo áspero, cargada de agotamiento.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.