El teatro entero esperaba, expectante, su gran actuación. Las circunstancias eran inmejorables. Muren de Fir quedaba ya lejos en su carrera.
Eran las 10:20 p.m. del día 13 de meiyu, a tan solo cuarenta minutos de la medianoche. Nunca sabía el año que era. El escenario estaba hecho de madera de los montes lordanenses y el telón de elegante seda roja fariana. Un solo foco vertía un torrente de luz dorada sobre la artista Kara Declan Philomeda. El silencio reinaba, puntualmente cruzado por susurros aislados del público. De pie, sola, llevaba un vestido elegante de color azul turquesa que terminaba en una falda con volantes de azul marino en los pliegues. En sus manos sostenía su amada guitarra acústica, aquella que la acompañaba desde los catorce años. El instrumento llevaba dibujadas las cuatro letras de su nombre y tenía pegatinas con el icono del grupo de música del instituto de su pueblo y de un delfín, su animal favorito.
Normalmente, los nervios estarían devorando su barriga. Pero ese día era diferente. La sensación se le hacía familiar, algo que siempre formaría parte de su verdadera esencia. De la nada, un fuego se generó entre el público. Algunos empezaron a gritar y se levantaron para marcharse. Pero Kara estaba ahí precisamente para eso. Sin pensarlo demasiado, tensó una cuerda de su guitarra. Luego aflojó el agarre hasta que se soltó de la uña.
«La bemol», {Respiro}. A pesar de no tener micrófono, el sonido se extendió de forma clara y directa por todo el teatro y se superpuso a todos los gritos. El fuego se disipó.
Las personas se sentaron otra vez, calmadas, y tras una breve pausa empezó el concierto. Se trataba de una versión simplificada de la séptima sinfonía de Orgath Damar llamada «Vida, Muerte, y…». La compositora prodigio que había dado a luz el estado de Lordan el siglo pasado, a mediados del 550 d. O., había regalado al mundo verdaderas maravillas. Esta séptima pieza de su obra, una muy representativa de la edad de oro unionista norempuriana, era la única que admitió no haber sido nunca capaz de terminar, y por ello le faltaba una última palabra a su título. A pesar de estar incompleta, se consideraba una maravilla musical, y era la que había escogido para aquella ocasión tan especial. Por supuesto, no tenía sentido interpretar algo tan complejo con un solo instrumento de cuerda. Pero ahí estaba ella. Y ahí estaban todos para oír cómo, de nuevo, intentaba lo imposible.
Otra llamarada espontánea, entre los asientos de la parte superior derecha. Un señor tropezó con otro intentando huir del fuego y empezaron a insultarse. Kara frunció el ceño. «Re», {Orden Escueta}. La llama obedeció, por ahora, y se disipó.
Algo se movía entre las cabezas del público. Una pequeña fuente de luz, ¿tal vez algo parecido a una luciérnaga? No, más bien era un gusano fantasmagórico que emitía luz. Un ente abstracto del tamaño de un brazo humano cuyo cuerpo estaba formado de triángulos amarillos de aspectos metálicos. El ser llamó a Kara por su nombre y la distrajo brevemente. Dos fuegos más insistieron en nacer aprovechando su vulnerabilidad. Kara se mordió la lengua, demasiado fuego para una petición de calma u orden. Debía usar el «Mi sostenido», nota de escudo impenetrable. Pero, ¿sería suficiente concentrar su música en un solo movimiento? No podía arriesgarse. Sostuvo la cuerda con su mano derecha y tocó un «Re» corto con la izquierda. Los siguió de «Mi» y «La bemol». {Orden escueta, Embate Defensivo y Respiro}. Los fuegos se apaciguaron y no sonó demasiado forzado en el concierto. «Perfecto», pensó.
A Kara le dolían los dedos como si hubiese estado tocando durante horas, aunque apenas llevaba un par de minutos. Se preguntó cómo sabía qué hacía cada nota, o por qué extinguían esos fuegos. ¿De dónde salían las llamaradas, para empezar? Vio de reojo a una persona encapuchada con una antorcha en la mano escondiéndose detrás de una butaca. Tenía una figura femenina. Pero no era la única. Había otra mezclada en el público, una figura masculina. Eran dos los perpetradores de aquel caos, y ambos la miraron de manera casi desafiante. ¿Por qué hacían eso? ¿No veían que ellos también quedarían atrapados en el incendio?
El gusano de luz dejó de sobrevolar el teatro y se acercó a Kara. «Estás en peligro», le dijo. Otra distracción; un solo parpadeo la separó momentáneamente de la realidad. Cuando volvió la mirada enfrente, diez fuegos brotaban en una gran llamarada entre la multitud. Todos gritaban. Todos lloraban. Empezó a tocar embates defensivos, pero no servían de nada. Donde se apagaba un fuego, se encendían cinco más. «Kara, huye», insistía el gusano fantasmal. «No me distraigas, debo salvarlos a todos», respondió ella. Pensó en usar el «Sol», nota de embate ofensivo, una de sus notas más poderosas. El hedor a terciopelo quemado le inundó las fosas nasales y empezó a toser. El telón ardía. También el suelo. Y su guitarra. Dejó de tocar, pero el concierto siguió él solo con las notas en el orden invertido, rebobinando. Se oían disparos, se olía muerte. Intentó alcanzar las cuerdas de la guitarra; debía volver a la base. Tocar un «Do menor», nota de reinicio. Pero sus dedos le sangraban y los sentía entumecidos. No había manera, ya era demasiado tarde. La música no atendía a su ruego.
El gusano de luz seguía llamándola por su nombre. El público le pedía ayuda. El hombre y la mujer encapuchados seguían observándola fijamente. Ella, viéndose rodeada de fuego y con todo el público muriendo carbonizado, cayó de rodillas y se cubrió las orejas y cerró los ojos con fuerza.
Pasaron los segundos y el sonido empezó a disiparse. Durante unos instantes volvió a abrirlos y vio, en vez del escenario en llamas, un recuerdo distante. Un campo de muerte y rocas carbonizadas. Una silueta le tendió la mano, y una voz de naturaleza ignota le susurró con gravedad en el oído. «Te encontraré».
Kara abrió los ojos al despertarse con un espasmo de cuerpo entero. Un coche pitaba a otro en la calle de abajo, seguramente por las obras de la esquina. Tenía el corazón a cien y estaba empapada de sudor de pies a cabeza. Hizo una pedorreta involuntaria al intentar quitarse de la boca una maraña de cabellos desordenados y acabó resoplando, agotada a pocos segundos de iniciar el día. Miró el despertador: las seis de la mañana. Volvía a estar en casa, en Muren de Fir, su querido pueblo. A salvo, en el corazón de los Estados Unidos de Norempúrium.
#1302 en Fantasía
#631 en Thriller
#280 en Misterio
magia y misterio en mundo moderno, madre esclavizada, adolescente con poderes musicales
Editado: 04.04.2026