Día 4 de prilia, año 658
(Dos semanas antes del aniversario de Kara…)
El árido estado surempuriano de Andanïi se encontraba en una guerra civil casi perpetua contra sus estados vecinos, especialmente con aquel que casi podía igualar su protagonismo: Iksanïi. Si bien este último contaba con el importante apoyo comercial de varios estados oestempurianos, junto con el favor político mayoritario de algunos partidos que ostentaban el poder en Norempúrium, Andanïi blandía una pleitesía sin parangón hacia su reina mercantil, tanto por su manera de gobernar y dirigir la nación como por sus proyectos; Rahanza.
En realidad, el futuro de Andanïi se veía bastante prometedor gracias al apoyo de los estados vecinos de Akstarnan y Sorkeen en el movimiento nacionalista de la creación de la llamada «Unión de Estados de Estempúrium», idea impulsada por la misma reina Rahanza al inicio de su mandato, para separarse del Surempúrium pobre y plagado de guerras que todo el mundo conocía. Quería dar a conocer la integración casi perfecta de la religión helionoxista en las sociedades modernas y también una economía con altas perspectivas de crecimiento… O, al menos, eso según se veía delante de las cámaras y los reporteros internacionales.
Sin embargo, no era tan glorioso el camino que pretendía recorrer la también llamada «monarca de las dunas» para conseguir independizarse de su situación como protectorado de Norempúrium y crear su soñado Estempúrium.
La corrupción y el egoísmo solo conocido por los mismos ciudadanos de Andanïi de la reina Rahanza la llevaban a declarar guerras y tratados de paz casi anualmente. Ya fuera para obtener unos pocos metros de territorios arenosos, recursos, esclavos o tratos y favores de extranjeros, cada año morían cientos de soldados y civiles en refriegas, conflictos internos y batallas. El estado entero era, además, el mayor objetivo en el punto de mira de un famoso grupo antiesclavista terrorista: Los Alharin, o, traducido, «Los Liberadores». Algunas personas relacionaban el nacimiento de dicho movimiento con el incremento del esclavismo que surgió en el 643 junto a la subida al poder de la reina mercantil, aunque existían registros de sus actividades desde hasta tres décadas anteriores a la fecha.
Pero Andanïi no solo era conocida por tener una monarquía corrupta, sus políticas nefastas, los conflictos internos y el tráfico humano. Una de las características más codiciadas por sus estados vecinos se encontraba en las numerosas minas de cobre, como una de las más importantes: Ahmar Nuha. El cobre, conductor básico para cualquier tecnología que involucre celestergía, era un bien preciado y a veces considerado de primera necesidad en todo el mundo, y los distintos estados de Surempúrium tenían gran parte del capital, Andanïi el que más.
Mientras Rahanza tuviera los depósitos de su preciado mineral controlados y en funcionamiento, su estado gozaría de toda la prosperidad que podía desear.
Gorka Sunier, surempuriana de unos muy pesados treinta y tres años de edad y ya cerca de ser considerada una vieja, era esclava. Lo había sido durante casi toda su vida, desde que su familia huyó desde el sur, del estado fallido y en guerra de Und, para caer en las brasas del estado esclavista de Andanïi. Se pequeña, su madre le decía y repetía que «cuando muera la dictadora de Und, podremos volver a nuestra tierra. A nuestro verdadero hogar». Pero ella murió mucho antes que la dictadora en la mina, y la deuda como refugiadas que dejó tras de sí con el gobierno andanïino implicaba que Gorka sería esclava durante cuarenta años de su vida, o hasta que pudiera pagar su libertad. Solo entonces le darían la ciudadanía plena. Le faltaban dieciséis años para terminar, pero sabía que no duraría tanto. Al fin y al cabo, la esperanza de vida de una minera andanïina promedio era de treinta y siete años.
Llevaba atrapada en aquel cañón plagado de chozas y cubierto con enormes toldos de lino deshilachados, sin una sola superficie que no estuviera cubierta de una gruesa capa de arenisca, mal llamado «pueblo de Uren» desde que tenía uso de razón, y tanto para ella como para la mayoría de sus compatriotas la vida era de todo menos bonita.
Constantes desprendimientos de piedras, calurosas travesías por el desierto, fauna venenosa y peligrosa, comida escasa y asquerosa… y lo peor eran las noches evanescentes plagadas de robos, peleas, suicidios y maleantes. Lo único bueno de aquel lugar eran las formaciones rocosas del cañón que protegía el pueblo de la luz abrasadora de la batalla de las diosas la mayor parte del día.
Aunque tampoco lo notaba demasiado, pues se pasaba trabajando diez horas diarias en la mina de Ahmar Nuha, situada a cuatro kilómetros del pueblo, a cambio de un sustento diario que apenas podía llamarse como tal.
Era la última hora de la tarde y Gorka acababa de volver del trabajo. Normalmente, tenía la suerte de encontrar un vehículo cargado hasta arriba de pasajeros que la podría llevar de regreso, pero ese día había tardado más de lo normal en sacar la cuarta vagoneta del mínimo diario de las galerías y perdió el transporte, por lo que tuvo que volver a pie.
Llegando a la parte media del pueblo, en un callejón por el que tenía que pasar para llegar a su casa, una silla que hasta el día anterior soportaba el peso de un sastre amable que siempre la saludaba al pasar, se encontraba hoy vacía y solitaria. Suspiró y pasó de largo. Una racha de viento hizo sonar huesos de animales atados a cordeles chocando entre sí, colgados de algunos tótems y ventanas cercanas. Levantó la cabeza al oír un graznido que hizo eco por las paredes del pueblo. Varios buitres cruzaban el cañón en busca de comida. Mientras sobrevolaban las chozas, uno de ellos chocó de frente contra una red que no vio, y sus alas quedaron atrapadas en los hilos de la trampa.
Una mujer, desde el tejado de su choza, arrojó un bramido de victoria al aire. Golpeó al buitre repetidas veces con un bastón hasta que le rompió el cráneo y lo mató, y luego recogió su botín en forma de carne, huesos y plumas, ayudada por su hija de ocho años de edad. La esclava se llamaba Wamha; era conocida por pedir muchos favores durante las noches de vigilia. Gorka sabía que si no fuera por los mechones de cabello que le donó hacía ya cinco ciclos adílicos, jamás habría terminado de tejer aquella red ni habría podido conseguir la carne con la que alimentaría a su marido y a su hija hambrientos aquella noche. Un favor que todavía no había sido cobrado.
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magia y misterio en mundo moderno, madre esclavizada, adolescente con poderes musicales
Editado: 04.04.2026