La Profeta

4 - El Wendigo

Noche del 16 de prilia, año 658

El pico de Gorka silbó cuando rompió la última mena de cobre y ella cayó de rodillas al sentir calambres en las piernas. Metió la mena en la vagoneta, pero se vio sin fuerzas para ponerse de pie y se arrastró hasta el lado de los restos de su hija mayor, apoyándose en la pared. Trató de recuperar el aliento entre el polvo, buscando fuerzas de donde fuera para no apagar el farol y desaparecer en la oscuridad de las profundidades de la mina de Ahmar Nuha. Sin embargo, miró al lado y vio la calavera de Arishia. Una imagen tétrica que reflejaba la quietud de la muerte. Entonces, la imagen contrapuesta de Raquel fue evocada en sus recuerdos. Su mirada, sus ojos brillantes y llenos de vida. Unos ojos que se apagarían como los de Arishia si no conseguía salir de allí.

Consiguió separarse de los restos de Arishia, apoyándose en su pico para levantarse, y empezó a tirar de la vagoneta, aun con la dificultad añadida de las lágrimas que le tapaban la vista y los recuerdos que no dejaban de asaltarla sin piedad.

Años atrás, estaban en plena noche evanescente, su marido y su hija Arishia apuntalando la choza para mayor seguridad. Por supuesto que no había sido su culpa, pero la pequeña derramó sin querer el cubo de agua y Gorka salió a buscar más en el pozo. A sabiendas de la reputación que había conseguido el silbido de su pico, lo sujetaba de la correa y lo sacudía cada vez que oía pasos cerca, y hasta el momento nadie se había atrevido a intentar asaltarla. Sin embargo, casi de manera inconsciente, terminó pasando por delante de la choza de Fabián y vio la puerta entreabierta con una luz de vela encendida en su interior. Se asomó y lo vio agachado en el suelo, temblando de dolor. Alrededor había rastros de sangre. Al parecer, le habían robado todas sus pertenencias.

Gorka resopló y se apartó de la puerta. Quiso alejarse andando por la calle, pues al fin y al cabo le había advertido que podía pasarle eso. «Ni siquiera ha apuntalado la entrada. Suficiente suerte ha tenido como para seguir vivo», pensó. Pero se detuvo al poco de empezar a andar. Se volteó y miró la casa. Dudó. Al final apretó los labios, regresó sobre sus pasos y entró por la puerta en silencio. El pestillo estaba reventado, sacado de cuajo de la madera y doblado en el suelo. Al parecer, habían entrado embistiéndola, probablemente entre dos o tres.

Fabián vio a Gorka entrar y su mirada, en un principio desconfiada y con un fantasma de temor, no se movió del sitio. Ella cerró las persianas. Luego levantó y bloqueó la puerta con una silla de madera desvencijada, la única que tenía en la choza, antes de cortar distancias con el esclavo.

Se arrodilló ante él y lo inspeccionó con la mirada. Le habían hecho varios cortes por los brazos, tal vez con tablones con clavos. Había perdido mucha sangre. Fabián seguía mirándola fijamente, también en silencio absoluto. Un suspiro salió de la nariz de la esclava.

—No vengo a matarte —dijo ella.

Fabián relajó los músculos y también dejó escapar un suspiro, mucho más exagerado que el de Gorka.

—Joder… ¿Por qué has tardado tanto en decirlo? Estaba preparado para arrancarte dos dedos de un mordisco.

—Sería divertido verte intentarlo.

—Yo… Fui a por agua —explicó Fabián—. No las reconocí; iban tapadas con máscaras de madera. Conseguí escapar, pero me siguieron hasta casa, y una llevaba un cuchillo o algo afilado. M-me…

—Calla.

—¿Qué…?

—Que te calles, extranjero. No quiero escuchar nada ni saber nada de quién te atacó.

—Pero… ¿Por qué no?

Gorka lo miró seriamente, y tras un breve silencio decidió bendecirle con una respuesta.

—Porque seguramente son compañeras mías, y si las reconozco en tu historia, podría caernos una maldición. Tanto a ellas como a mí.

Fabián soltó aire por la boca en un gesto despreciativo. Murmuró algo, pero no llegó a vocalizar nada. Mientras, Gorka sacó un botecito de arcilla de su bolsillo y lo descorchó. Vio un trapo en la mano del esclavo y se lo arrebató con un solo movimiento. Lo humedeció con el contenido del bote.

—Huele a mierda —dijo Fabián—. ¿Qué es?

—Uharsas trituradas. Es una planta que sirve para prevenir la infección que claramente habrás cogido con el corte. Lo llevo encima por si Arishia se hace alguna herida. Tal vez te picará un poco, pero no te rasques, o en unas semanas tendrás que cortarte el brazo entero. Las vendas te las buscas tú mismo, y más te vale ponerlas, o esto no va a servir de nada.

—… veo que sabes mucho, de…

—He dicho que te calles.

Gorka terminó de aplicarle la cura. Fabián se miró el brazo vendado y luego miró a la esclava, que se levantó y le dio la espalda para salir por la puerta.

—Gorka Sunier —dijo él, y la nombrada se detuvo sin voltearse—. No tenías por qué ayudarme.

—Qué le voy a hacer, eres el bufón favorito de mi hija, no puedo permitir que te mueras sin más. Además, conoces las costumbres del helionoxismo, ¿verdad? Ten presente que esto lo he hecho para ganar favores. Ahora tienes una deuda conmigo que tiene que ser saldada. Y no es precisamente un favor pequeño; por lo menos vale por cuatro pequeños. Recuérdalo.

—Oye… —volvió a llamarla, y ella se giró. Se sorprendió genuinamente cuando lo vio sonriendo—. Muchas gracias. De verdad.

Gorka lo miró durante dos largos segundos, hasta que se volteó y salió de la choza dando un pequeño portazo. La puerta se cayó de rebote al suelo.

Aquella expresión cándida, no desgraciada o agotada de la vida. Una gratitud pura, sin tener en cuenta la amargura de deber un favor que tendría que devolver tarde o temprano. Una expresión que, en Uren, solo algunos niños pequeños tenían. Los ojos de alguien que desea vivir más que morir.

—Un estúpido ingenuo de piel cenícea —murmuró Gorka para sí, rechinando los dientes, y dirigió sus pasos hacia el pozo.

En la actualidad, Gorka empujaba su vagoneta cargada de cobre por las galerías de vuelta al ascensor. Tenía que darse prisa en llegar al campamento de militares para vender todo el mineral, pero el agotamiento jugaba en su contra. En un momento dado la visión se le oscureció y tropezó con una piedra. Al apoyarse en la vagoneta, esta descarriló. El farolillo cayó al suelo y se rompió, y todo el cobre se dispersó por el suelo nuevamente atravesado por la corriente indómita de la oscuridad subterránea de Ahmar Nuha.




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