La Profeta

5 - Perseguida

Sonaban por toda la ciudad.

Clin clin clin.

Cruzabas la avenida y era lo único que se oía entre la ensordecedora ventisca.

Clin, clan, clin, clan.

Andabas por los callejones, y las oías a lo lejos, algunas con más ferocidad que otras.

Clon, clon, clon.

Otras, muchas, ya se habían rendido y descansaban en el suelo, para permitir a los vecinos descansar un poco sus oídos.

Las campanitas que los seguidores de las diosas fersas ataban a cordeles azules y amarillos por todos los rincones de la ciudad sonaban aquella noche más que nunca, tal vez para acallar la tragedia de una vida exhausta al borde de la extinción. Una llama que se batía febrilmente contra la nieve, una mujer en la treintena. Con el estómago vacío desde hacía demasiadas noches, se arrastró en busca de refugio bajo una vieja lona en un callejón de la plaza del mercado justo antes de que empezara la tormenta. Pronto supo que sería su último error.

Solo su cara sobresalía ya de entre la nieve acumulada. Párpados helados, casi no veía nada. Demasiado magullada, demasiado hambrienta, demasiado demasiada. Si no fuera por el fuerte viento que soplaba y se le metía a la fuerza en los pulmones, no sería capaz ni de respirar. Sabía que cualquier segundo sería el último, pero se negó a valorarlos. Se negó a echar la mirada atrás en su vida de malas decisiones peligrosamente combinada con mala suerte. Se negó a dedicarle un último pensamiento a aquel cuerpo en el que tantas desdichas habían decidido anidar.

Las campanitas seguían repicando por todos lados. Sentía más aquel sonido que el de la consciencia de su propio cuerpo, y su llama se estaba a punto de apagar. Clin, clan, clin. Cada vez las oía más fuertes. Clan, clan. Más fuertes. Más y más y más.

Hasta que una voz alcanzó su consciencia.

—Es lo único que merecéis todos.

Jackeline recobró la consciencia con una violenta sacudida. Se vio en forma de oren, lejos de aquella ciudad helada. Lejos de aquel frío ardiente. Había vuelto al presente, después de perder la consciencia.

El río sonaba cerca; la noche atenazaba después de una tormenta que apenas amainaba. Su percepción de espíritu vio, en la lejanía, brillos difusos que cruzaban las montañas.

—Los faros… ¿Están resonando? Los orens están sufriendo. ¿Qué diantres acaba de pasar?

Pero pronto recobró la voluntad y recordó la misión que le dieron los espíritus maestros.

—La chica… ¿Dónde está?

Kara estaba en el pasillo del recibidor, en su casa. El sol se filtraba por las persianas de madera. Más adelante, en el comedor, su hermano menor levantó la mano para saludarla con una sonrisa burlona. Al fondo, su padre y su madre estaban cocinando uno de sus postres favoritos, el pastel de manzana. Le dedicaron una sonrisa amable. Ella, suspirando, tuvo la sensación de que acababa de sufrir una pesadilla horrible, peor que la que tenía de forma recurrente.

Oyó detrás de ella la puerta de la calle abrirse. Se giró, esperando ver a Runo, a Taria, o a los dos juntos. Pero en cambio, vio a la mujer del puente, uniformada de blanco y con el proyector de celestergía entre las manos. En el suelo, ante ella, estaba el cuerpo sin vida de Runo. La asesina apuntó en su dirección. Kara se cubrió con las manos, y el disparo la sacudió de arriba abajo.

20 de prilia, año 658

Madrugada, afueras de Muren de Fir

Kara abrió los ojos de sopetón, dio un brinco e, incapaz de mantenerse de pie, vomitó por lo menos al menos medio litro de agua. Empezó a toser sin control. Tenía medio cuerpo metido en el agua del río. Miró alrededor, y aunque estaba todo demasiado oscuro, la luz de los rayos distantes en el cielo le permitió ver la orilla del río. Intentó levantarse, pero sus piernas flaquearon y volvió a caer.

—Espera, chica —la voz de Jackeline surgió en su mente—. Deja de moverte. Necesito… solo un momento.

Ella miró alrededor con un solo ojo abierto, pero no conseguía ver al espíritu. Siguió con su ataque de tos, luchando por ponerse de rodillas, hasta que vio una luz salir de su pecho. Vio al espíritu con formas geométricas semienterrado bajo su piel. Gritó del susto y volvió a caerse, empeorando la tos. Jack se despegó de su cuerpo de manera indolora y sin dejar marca alguna.

—Tranquila… Me metí para reenlazar las hebras de tu oren con los anexos de tu cuerpo físico, un viejo truco de cuando estaba vivo en otra vida. —El espíritu dejó de emitir su brillo dorado, que fue cambiado por una luz morada—. Gracias a eso he podido generar un efecto de electroshock en ti, y… bueno, que te he salvado la vida usando la celestergía de tu propio cerebro. No hace falta que me lo agradezcas; vas a sentirte mareada durante un buen rato. Pero la alternativa era que… en fin, creo que has llegado a estar en parada cardíaca. Menudo susto, ¿eh?

Jack hizo unos ruidos extraños, como el de dos diminutos fragmentos de metal frotándose entre sí. A Kara le llevó un rato recuperar la compostura y el aliento. La luz que emitía el espíritu le permitía ver mejor alrededor, pero la cabeza le daba muchas vueltas.

—¿Dónde estoy…? ¿Qué ha pasado?

—No muy lejos de Muren de Fir… el río te ha traído aquí, pero hemos conseguido huir del Sanctum. Voy a ver.

Jack se elevó por el aire e hizo fuerza con su cuerpo de espíritu para iluminar más de lo que ya lo hacía alrededor. Varios árboles cercanos indicaban la entrada al bosque. El espíritu quiso decir algo, pero escuchó un grito de Kara. Alarmado, volvió a descender, y la vio arrodillada y llorando en la orilla. No muy lejos de ella estaba el cuerpo de una mujer que había reconocido inmediatamente. Era la madre de Runo. Jack se acercó y vio heridas de puñaladas por todo su torso. No muy lejos, atrapada entre dos rocas, vislumbró la figura del cadáver de otra chica más joven con las mismas heridas.

—Por las tres madres…

El espíritu, sin decir nada, ayudó a Kara a entrar en el bosque y alejarse de los cuerpos. Pasaron varios minutos en los que ella estaba temblando de frío y de miedo, abrazada a sus propias rodillas.




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