Pueblo de Uren, madrugada del 20 de prilia
Los ciudadanos de Uren habían sido despertados por el movimiento en las calles. En una carretera de tierra, un grupo formado por cinco mujeres y una cuarentena de hombres, todos uniformados con armaduras tapadas con ropajes elegantes del desierto, de un color blanco y dorado muy limpios, avanzaban al trote con proyectores y lagtas en mano.
Al llegar a la zona en cuestión, la fosa común, apuntaron con sus linternas y vieron los cuerpos de dos redentoras totalmente cubiertas de heridas y sangre. Cerca había otros dos cuerpos de una supervisora y de un esclavo.
Una de las mujeres, la que parecía la redentora líder, hizo una señal con el brazo y los doce hombres se dispersaron por los aledaños. Mientras, ella misma se arrodilló y tomó el pulso de una. Luego el de la otra. Sin más, irguió la espalda y pulsó el botón del transmisor que llevaba en la parte superior de su pecho.
—Sanctum Central, aquí Hania Uhdam, de la unidad doce-tres del Sanctum de la ciudad de Petraya. He llegado al lugar de la anomalía con todo mi dispositivo y he encontrado a las dos redentoras del dispositivo especial desaparecidas. Están muertas. Sus proyectores presentan claras muestras de haber sido accionados, pero no recargados. He dispersado a mis sabuesos y están investigando, pero no hay demasiados lugares donde esconderse. Es muy probable que haya huido de la zona.
—Siga investigando, redentora —respondieron por el transmisor—. Ya tenemos a cinco dispositivos auxiliares buscando en Uren y diez más de camino. Arsyra ha ordenado que se remuevan los cadáveres de la fosa si es necesario, y que les disparen a todos ellos. No baje la guardia en ningún momento… Nos encontramos frente a una anomalía de máximo grado que ha activado todos los faros de Ouros. En el peor de los casos, nos estaremos enfrentando a un nuevo tipo de dominio orénico.
—Recibido, Sanctum Central. Cambio y corto.
Las redentoras se dispersaron a la señal de Hania y empezaron a buscar junto con los sabuesos.
Mientras, en Uren, Gorka avanzaba agachada, desnuda y cubierta de polvo, suciedad y restos de sangre seca, desde las sombras de las calles más estrechas. De fondo se escuchaban varios gritos de susto, y decenas de personas armadas y vestidas de blanco que corrían de arriba abajo, tirando al suelo las puertas de cada casa, cada choza y cada rincón.
Sin pensarlo dos veces saltó encima de uno que había quedado rezagado, y le rompió el cuello en el suelo sin esfuerzo.
Al levantarse, cayó de rodillas nuevamente. De su cuerpo brotaban esporádicamente hilos de luz morada, y sus músculos sufrían espasmos febriles que le dificultaban su trayecto a pesar de conocerse el pueblo como la palma de su mano. Los ojos de la andanïina, a pesar de haber estado muertos durante varios días, se veían ahora ardiendo en un fuego decidido. Pasó la mano derecha por su cuero cabelludo y comprobó que varios hilos minúsculos de luz morada todavía seguían tapando la herida del disparo que había acabado con su vida.
Quiso arrebatarle la lagta que llevaba en el cinturón aquel hombre, pero se vio la mano temblorosa y desechó la idea para seguir como hasta ahora.
Tras asomar por una esquina y ver su hogar, la choza donde se escondía su hija, emitió un gruñido ronco al ver que había dos hombres de blanco en el único camino libre. Gorka, sintiéndose presa de una calma arrolladora, salió de las sombras. Anduvo hacia ellos, y cuando fue vista por los mismos, antes de que pudieran preguntarle o dispararle, apuntó con su brazo y varios hilos morados surgieron de las manos, estremecidos en el aire. Entonces susurró una orden ineludible.
Los hombres, que la habían empezado a apuntar con sus lagtas, nada más escucharla se apuntaron a sus propias cabezas y dispararon. Gorka pasó por su lado sin dedicarles una segunda mirada.
Al abrir la puerta de la choza, la recibió un silencio sepulcral. La luz de la vela de la mesa como única fuente de luz del hogar estaba completamente consumida, como lo había estado desde hacía al menos un par de días. Pero todos los muebles seguían en su sitio. Todavía no habían llegado a buscarla allí, la gente de blanco.
Gorka, agotada pero decidida, cerró la puerta tras de sí. Entrecerró los párpados y unió las manos sobre su pecho. Tomó una bocanada de aire y, con la voz temblorosa, habló, esta vez con su voz de verdad.
—Soy… yo.
Hubo un solo instante de silencio. Repentinamente, Raquel se golpeó la cabeza con la mesa al salir de la trampilla donde estaba escondida.
—¡¡Mamá!! —Y, llorando como nunca había llorado, la pequeña se lanzó a los brazos de una madre que pensaba que nunca más volvería a ver. Que nunca volvería a poder abrazar. Y, aunque sintió su cuerpo frío como nunca, no se apartó— ¡El espíritu te ha traído hasta aquí! ¡Te ha traído de verdad!
Gorka estuvo varios segundos viendo aquel remolino de cabellos pegado a su barriga. Finalmente, calmando los temblores febriles de su cuerpo, se agachó y la abrazó con cuidado, sabiendo que aquella criatura era lo más valioso de su universo entero. Sonrió desde lo más hondo de su corazón, sintiendo en el sollozo de su hija la misma paz que le transmitía el único hombre al que había amado en su vida. Se permitió un momento de descanso en el que agradeció a las diosas, al destino, a la sombra de labios agrietados que la encontró, o a lo que fuera que le hubiese permitido reencontrarse con su hija.
—Ya está… Ahora todo estará bien, Raquel.
Gorka habló mientras sentía un fuerte dolor en el pecho. Levantó su brazo derecho detrás de Raquel y observó cómo varios hilos de luz etérea de color morado salían y flotaban en el aire como algas en el fondo del mar.
Instintivamente sabía que aquellos hilos eran la representación de su alma. Una luz que trataba de salir de aquel cuerpo difunto. No era un cuerpo habitable, o al menos no lo sería por demasiado tiempo.
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magia y misterio en mundo moderno, madre esclavizada, adolescente con poderes musicales
Editado: 11.05.2026