La Profeta

7 - Vaderk Ausen

21 de prilia, año 658 d. O.

Primera hora de la tarde, hotel de carretera de Jurt

La redentora Rina Lothan se puso un guante blanco y levantó la envoltura de una barrita de cereales a medio comer. Miró un momento en dirección a la puerta, donde había dos sabuesos vigilando. Metió la prueba dentro de un cilindro esterilizado y lo cerró.

Era bien entrada la tarde. Después de pasar el día registrando el albergue para desfavorecidos, los dos hoteles del pueblo y varios edificios abandonados en las afueras, el dispositivo del Sanctum llegó al hotel de carretera situado no muy lejos del municipio de Jurt. Cuando preguntaron a la encargada, la descripción que dio de una chica joven y una niña alquilando una habitación coincidía a la perfección con los SVE a la fuga. A pesar de ello, en la habitación no parecía haber indicios de hacia dónde se dirigían. Lo más lógico era pensar que seguirían por la carretera, o por el camino de tierra que rodea la montaña, para llegar pronto al siguiente pueblo: Kuznovo. «Podrían haber pedido a alguien que las lleve», pensó Rina Lothan, aunque no estaba demasiado convencida.

La redentora miró a su compañera, la veterana Graniar, que estaba de espaldas buscando dentro de los armarios de la habitación. Sin esperarlo, su voz autoritaria se elevó, todavía de espaldas.

—¿Quiere comunicarme algo, redentora Lothan?

Rina apartó la vista de su compañera antes de responder.

—Negativo. Solo me he espaciado intentando pensar en dónde pueden haber ido los SVE.

—Oh, ¿de verdad? —La redentora Graniar cerró el armario que estaba inspeccionando y la encaró con las manos sobre las caderas—. Porque a mí me ha parecido que he tenido dos ojos clavados en mi nuca todo el día. —Rina frunció el ceño y optó por guardar silencio. Graniar acortó las distancias, y cuando estuvo justo enfrente de la novata, le puso un dedo debajo de la barbilla. Le levantó la cabeza para volver a cruzar las miradas. —Ayer, por la tarde, asesiné a tu hermano mayor y a su mujer. Dejé a tu sobrino huérfano, y lo habría matado también si hubiese desaparecido. —Graniar guardó silencio después de pronunciar esta declaración, pero Rina no reaccionó de ningún modo en especial. La redentora, con sus ojos experimentados, sonrió y se le marcaron patas de gallo en los laterales—. ¿Realmente no te importa en absoluto? Puedo disculparme, si es lo que deseas.

—Solo me importa nuestra misión, redentora Graniar. Y, personalmente, opino que hablar de objetivos procesados, si no es para indagar en pistas sobre dónde pueden haber ido los SVE, es una pérdida de tiempo.

Graniar apartó la mano, pero tardó un poco más en apartar la mirada. Se dirigió a la puerta.

—Cuando procesé a los padres de seiscientos cuatro, y fui a buscar al SVE, dejé a varios de mis sabuesos vigilando la casa del sujeto. Qué sorpresa la mía cuando descubrí que todos ellos habían sido asesinados, y estaban amontonados en un contenedor de basura cercano.

—Claramente subestimamos a los sujetos —aceptó Rina—. Aunque cuesta creer que una adolescente cualquiera, en compañía de un infante, consiguiera abatir, sin restos que indiquen el uso de ninguna arma, a cinco sabuesos entrenados y en estado de alerta. Los informes indican que no ha llegado a manifestar nunca un dominio orénico capaz de usar como arma.

—De igual manera eso significa que tendremos que ser cuidadosas —aceptó Graniar—. Sea como sea, aquí no hay nada. Les hemos perdido la pista; vamos a tener que buscar a ciegas. Teniendo en cuenta que van a pie, buscarán refugio en los núcleos de población cercanos, empezando por el municipio de Kuznovo. Podríamos esperar que usen algún transporte, pero tarde o temprano necesitarán provisionarse. Son jóvenes, así que es poco probable que sepan avituallarse con suficiente eficacia en el bosque; deberán pasar por tiendas y establecimientos. Podemos vigilar las cámaras de los centros comerciales y supermercados por si los vemos.

—¿Podemos? —interrogó Rina, levemente sorprendida—. Pensaba que de eso se encargaban las subsecciones de Control del Sanctum Central.

—Ahora sí, con la modificación del artículo cuarenta y seis, subapartado dos del código de procesamiento de las redentoras. Pero hay que ir al centro de logística de seguridad provincial. De hecho, ya tengo algunos de mis sabuesos ocupando sillas y vigilando pantallas, pero siempre podemos doblar los esfuerzos en esa dirección si no nos queda otra. Por si fuera poco, vamos a contrarreloj porque, si son lo suficientemente osadas, podrían llegar a escapar de la provincia atravesando la frontera por las montañas y el área de búsqueda se expandiría de forma alarmante.

—A propósito, redentora Graniar… —la interpeló Rina—. ¿No tiene su dispositivo el equipo de perros de presa? Nos irían muy bien.

—Tuvimos que mandarlo de urgencia a un dispositivo de la provincia de Wanzu la semana pasada —respondió la redentora—. Volverán pasado mañana a la ciudad de Ortrena, y su preparación y transporte hasta nuestra posición tardará un día más, por lo menos. Eso sin contar que los perros estarán agotados por el viaje.

—Joder.

—Sí… estamos en una mala situación. Mi sugerencia es que volvamos al cuartel y pidamos apoyo a los demás dispositivos de Brixat. Usemos los sabuesos para peinar cada municipio de los alrededores. A partir de ahí, si seguimos sin pistas, volveremos a pedir ayuda a Sanctum Central. Aunque preferiría no volver a manchar mi historial, y creo que a usted tampoco le conviene. ¿Coincide conmigo, redentora Lothan?

—Concuerdo. En marcha.

Las redentoras salieron de la habitación y los sabuesos que esperaban en el exterior las siguieron desde fuera. Antes de bajar por las escaleras, Rina se fijó en una discreta vía pecuaria, más allá del aparcamiento, que se adentraba en los bosques.

—Redentora Graniar. ¿Adónde lleva ese camino?

—Ah… sube un poco al norte, pero enseguida cambia de dirección y atraviesa un valle al otro lado de las montañas hacia el oeste. Creo que se ramifica media docena de veces, se une a otras vías pecuarias de la zona y lleva a varias granjas. Al final del camino, a unos setenta kilómetros, está el municipio de Vaderk Ausen, el conocido como el «pueblo dorado» de Brixat.




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