23 de prilia, año 658 d. O.
En algún lugar del estado de Andanïi…
La luz de Abla y Azahara apenas despuntaba sobre el horizonte del desierto, derramándose en haces oblicuos y anaranjados que no calentaban todavía. El aire conservaba la frescura de la noche y el viento arrastraba arena fina, que silbaba contra la chapa oxidada de los vehículos.
La carretera, una cicatriz prácticamente recta y polvorienta que atravesaba el desierto, se extendía vacía salvo por una furgoneta de transporte civil que avanzaba dando tumbos.
En su parte trasera viajaba una docena de surempurianos, apretados en bancos metálicos sin respaldo, con la resignación silenciosa de quienes no esperan nada del trayecto ni del destino.
Aunque entre ellos había dos que no pertenecían a Surempúrium.
—¡¡EEQUALABUNGA PEOPLE!! —bramó una voz amplificada, rompiendo el silencio como una blasfemia—. ¡Aquí estamos, un día más, en un superprograma especial para destapar las mayores mentiras de los tiránicos que nos gobiernan desde las sombras! ¡Con vuestro reportero favorito, Gabriel Border! Aunque mis amigos me llaman Gabri… y las verdaderas fans, me podéis llamar al móvil.
El norempuriano, rubio, de ojos azules y sonrisa excesiva, no debía de tener más de veinticinco años. Llevaba pendientes brillantes en ambas orejas y una chaqueta ligera demasiado limpia para aquel entorno. Guiñó un ojo a la cámara mientras acercaba el micrófono a sus labios con teatralidad ensayada.
Al otro lado del objetivo, su asistente, una mujer de rasgos norempurianos, cabeza rapada y mandíbula tensa, mascaba chicle con una expresión que oscilaba entre el hastío y el arrepentimiento vital. Observaba la escena con los párpados medio caídos, como si se preguntara en qué momento exacto de su carrera había tomado todas las decisiones equivocadas.
—Como bien sabéis —continuó Gabriel, sin bajar un ápice el volumen—, el equipo de comunicación comercial de la reina Rahanza nos ofreció pasar nuestras semanas de permiso entre los portones dorados de su palacio en Petraya. ¡PERO! —alzando un dedo— en este programa pasamos de lujos clasistas. Nosotros bajamos al barro. Nos dedicamos a desentrañar los secretos más oscuros y descarnados de las sociedades de Ouros desde sus rincones más invisibilizados. ¡Y hoy estrenamos set de rodaje de cinco estrellas! —extendió el brazo con la mano abierta.
La cámara obedeció con desgana, recorriendo el interior de la furgoneta.
Cinco surempurianos a un lado, cinco al otro. Rostros hundidos, ojos apagados, piel tirante sobre pómulos afilados. Una mujer sostenía a una niña pequeña contra el pecho, ambas envueltas en una manta marrón raída que olía a polvo viejo y sudor. La niña de unos ocho años dormitaba a trompicones, ajena al traqueteo del vehículo. En algún punto del fondo, un anciano tosía con un sonido húmedo y persistente.
Nadie hablaba. Nadie miraba a la cámara.
Gabriel, como si aquel silencio no existiera, se arrodilló frente a la primera surempuriana de la fila derecha y le plantó el micrófono a escasos centímetros del rostro.
—¡Saludos, señora usted! —dijo Gabriel en un surempuriano torpe, elevando la voz como si eso compensara su pésima pronunciación—. ¿¡Cómo se llama!? ¿¡Puede hablar usted de represión de reina mercantil!? ¿¡Qué experiencia tener de noches evanescentes!? ¿¡Cuántos jouzis le pagan!?
La mujer apartó la mirada, clavándola en el suelo metálico. No respondió.
Un murmullo apenas audible cruzó entonces la furgoneta.
Gabriel se irguió de inmediato, olfateando contenido.
—¿Lo habéis oído? —susurró, excitado, mirando a la cámara como si tuviera a su público ahí presente—. ¿Quién ha sido?
La asistente infló el chicle, lo hizo estallar con un chasquido seco y señaló con dos dedos a la mujer que viajaba con la niña en brazos.
Gabriel sonrió, triunfal, y se desplazó hasta ella, arrodillándose de nuevo.
—¿Qué ha dicho usted? —preguntó, acercándole el micrófono—. ¿Ha sido usted quien ha dicho algo? ¿Puedo saber cómo se llama? ¿Qué es lo que…? —Gorka levantó la mano. Sus dedos, sucios y callosos, cerraron el puño alrededor del cuello de la camisa de Gabriel—. ¿Eh? ¡Oiga, espere!
Lo atrajo hacia sí con lentitud. Sus labios estaban resecos. Cuando habló, su voz fue baja, áspera, apenas un soplo.
—Me das asco. Cómo no te calles, te mataré.
Lo soltó. Gabriel parpadeó, desconcertado. Miró de reojo a la cámara y, lentamente, volvió a acercar el micro muy lentamente a los labios de Gorka.
—¿Qué sabe usted de las vacunas con microchips?
La pequeña Raquel, que se había despertado con tantos gritos, observaba la escena desde los brazos de Gorka, arrebujada en su protección. Su mirada se clavó en Gabriel. La piel del reportero era blanca. No pálida: blanca como el pus de una herida infectada. Raquel jamás había visto un blanco así en un ser humano.
Sin embargo, no era tanto su aspecto como su actitud lo que le hizo sentir una mezcla de incredulidad y repulsión ante la certeza de que alguien podía ser tan rematadamente idiota y seguir respirando.
Gorka tensó la mandíbula. Iba a responder, o a romperle la nariz. Pero no alcanzó a hacer ninguna de las dos cosas, pues en ese momento la furgoneta frenó en seco.
El chirrido de los frenos fue seguido por el sonido de otros motores apagándose alrededor. Voces en surempuriano, firmes, autoritarias. Las compuertas traseras se abrieron de golpe y una luz brutal inundó el interior.
Proyectores de celestergía asomaron, apuntando a todos los presentes.
—¡Manos arriba! ¡Manos arriba todos! —gruñó una voz femenina, grave.
Varias siluetas recortadas contra la luz de la mañana. Militares con los colores de Rahanza. Llevaban cada una sus armas conectadas a una mochila militar de baterías. Seguramente serían de la división de defensa contra terroristas y miembros del alharín. Gracias a su equipo casi calificable como de guerra, estaban preparadas para disparar a discreción sin preocuparse por la munición.
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magia y misterio en mundo moderno, madre esclavizada, adolescente con poderes musicales
Editado: 11.05.2026