La Profeta

9 - Erminigild Golden

A los seis años de edad, mientras jugaba en un parque cerca de las afueras de la ciudad de Bellabette, Ermin vio, a lo lejos, un cachorro de perro de aspecto claramente salvaje.

Su pelaje era marrón y desordenado, ojos pequeños y confundidos, un jadeo alterado… de repente, sin previo aviso, el animal gruñó y empezó a trotar en su dirección. Asustado, echó a correr.

Sintió un terror como nunca lo había sentido, un miedo que le estrujaba el corazón y le helaba la sangre. Como si su alma misma le gritara que debía temer a ese cachorro con todas sus fuerzas. Corrió y corrió sin parar, mucho más allá de donde tenía permitido ir del pueblo, pero por mucho que creía alejarse, por muchas esquinas que pusiera entre los dos, el cachorro lo encontraba y lo seguía. Aun cuando atardeció y se sentía al borde de sus últimas fuerzas, él seguía corriendo.

Cuando finalmente las piernas le fallaron, cayó al suelo de cara. Al darse la vuelta, se vio frente al perro, sus dientes, si bien pequeños, le parecieron enormes, con la boca babeante y ojos salidos de sus órbitas. Y el niño gritó de puro terror.

La policía lo encontró en el pueblo vecino al cabo de un par de horas, inconsciente, y lo llevaron a un hospital. Sus padres fueron a buscarlo inmediatamente, su madre llorando porque pensaba que los sa-i'niiks lo habían secuestrado. Nunca encontraron al cachorro del que les dijo que huía, pero él sabía que seguía ahí fuera.

Que seguía buscándolo.

Un dulce sabor situado entre el cítrico y el óxido le invadía la boca. Parpadeó y cortó por la mitad a un enemigo. En ese diminuto mundo, nadie podía pasar por la torre del camino superior. El ninja usaba sus cuerdas y sus katanas para esquivar y cortar todo aquello que se pusiera en su camino. Daba igual que lo asaltaran desde la maleza y le tendieran una emboscada; siempre encontraba la manera de contraatacar, o bien de ponerse a salvo bajo el auspicio de la poderosa torre.

Ermin movía los joysticks del mando con absoluta precisión; era el MVP de su equipo. Pese a ello, de repente, la cámara se alejó de su personaje para enfocar su propia base, situada al final del camino. El castillo fue destruido. Mientras que el ninja no había perdido ni una sola torre, el arquero de fuego y la berserker de las guadañas habían permitido al enemigo avanzar por el camino inferior, porque se habían quedado ausentes después de morir un par de veces. Aquella brecha en el equipo fue suficiente para arrebatarle la victoria a la que, poco a poco, el del camino central estaba aspirando. Y todos los esfuerzos de Ermin para mantenerlos ocupados arriba fueron en vano.

El joven apoyó la consola portátil sobre su regazo y suspiró. Iban tres derrotas seguidas. Estaba sentado en un banco del bosque en la parte alta de una de las montañas del pueblo furanderosano llamado Vernan. Era solo primera hora de la tarde, pero como aquella población estaba situada dentro de un valle, el sol empezaba a esconderse tras las montañas a una hora deprimentemente temprana.

Su perra vino al trote después de rastrear por tercera vez aquella zona y le soltó un ladrido que lo sobresaltó. Le hubiera gustado jugar por lo menos una partida más, pues era el único momento del día donde podía desconectar, pero no quería aburrir al animal. Le acarició la cabeza y le puso la correa.

—Volvamos, Tina.

Regresó al pueblo por la escalera de piedra, descendiendo la montaña. Pasó por al lado de una pareja de ancianos y volvió a asustarse cuando recibió una llamada al móvil. Era su mujer, Yannira.

—Hola, Yan, ahora mismo estaba…

—Ermin, ¿dónde estás?

—Decía que estoy volviendo. ¿Ocurre algo?

—No, nada, nada. Vuelve ya, ¿vale?

Colgó la llamada. Ermin metió el móvil en su bolsillo y levantó la mirada. Una mujer de mediana edad, que subía por la escalinata, lo siguió con la mirada mientras se cruzaban. La gente del pueblo, siendo uno de tantos aislados en las Planicies del Rin, reacios a aceptar forasteros, solían hacer eso. Mirarlo de esa manera, como si intentaran acostumbrarse a su cara, pero no lo terminaran de conseguir. «Llevamos ya un mes viviendo aquí», pensó con un suspiro. Realmente era algo que odiaba, como tantas otras cosas de ese pueblo.

Ermin llegó a su hogar, un bajo en la zona más ruidosa del pueblo, cerca de la estación de tren y de una fábrica de bobinas de celestergía de la empresa Gygan. Entró por la puerta. Yannira lo esperaba con los brazos cruzados.

—Te dije que sacaras la basura antes de salir. Ahora ya ha pasado el camión.

—Perdón, me olvidé de hacerlo.

—Otra vez —añadió ella.

—Sí… —Le quitó la correa a la perra y la dejó en el recibidor.

—Pues ahora la casa olerá mal durante unos días al menos. Tina, ven —llamó a la perra y esta acudió en un torbellino de felicidad. Yan le dedicó un montón de caricias y sonrisas antes de volver a levantar la cabeza—. ¿Cuántas veces la has sacado hoy?

—Dos.

—Bien, luego por la noche hay que volverla a sacar, ¿vale?

—Como cada día, lo sé…

—Uy, uy, vaya tonito me traes, ¿no? Lo decía por si se te olvida también. —Yannira torció los labios, pero sonrió y le sacó la lengua.

Ermin no le devolvió la sonrisa; estaba harto de hacerlo con ese tipo de comentarios. Aunque lo disfrazara de «bromas», hacía semanas que entendió que no lo eran. Los gritos que llegaba a lanzarle cuando se olvidaba de fregar los platos, algún que otro amago de darle una bofetada si había algún detalle en su día a día del que se olvidaba… Siempre era un cincuenta-cincuenta entre control militar y muestras de afecto.

Hacía siete meses que se conocían, durante las prácticas de su máster en ebanistería en la empresa de su madre. Fue amor a primera vista, y para cuando llevaban solamente tres meses juntos, contrajeron matrimonio. Fueron de luna de miel a un retiro oestempuriano, en un pueblecito de la costa del estado de Yang, y lo pasaron como nunca. Ya hacía cuatro meses de aquello. Muchos, entre familia y amigos, decían que había sido todo muy apresurado. Pero Ermin la amaba, y necesitaba salir de la ciudad de Bellabette al precio que fuera. «Al precio que fuera», se recordó, sin saber cuáles eran las consecuencias de casarse con una persona que apenas conoces.




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