24 de prilia, 10 a.m.
En algún lugar de las tierras surempurianas de Andanïi…
La cámara empezó a grabar el interior de un restaurante.
Tras el mostrador de la entrada, media docena de cocineros trabajaban a destajo, entrando y saliendo de la cocina con una coordinación mecánica, casi antinatural. El vapor, la grasa y el tintinear de utensilios componían un murmullo constante, hipnótico.
—Eequalabunga, people —la cámara giró y enfocó al reportero, de espaldas al mostrador, coronado por un sombrero de papel de plata que reflejaba la luz como una antena improvisada—. Soy vuestro reportero de guerra favorito, Gabriel Border, al borde mismo de la locura ante la voladura que estoy presenciando.
Se inclinó hacia el objetivo, los ojos desorbitados.
—Mirad bien. ¿Lo notáis? Claro, lo sé, estaréis pensando: «Hostia, son cocineros sou currando, nada raro». Pero fijaos. De verdad, miradles la cara. Sus expresiones. Están idos de la puta olla. Graba eso, Diane. graba. Y asegúrate de sacarme a mí también, ¿vale? En plano general. Que se vea el contexto.
—Oye, Gabri… —murmuró la voz tras la cámara, temblorosa—. Esto me da muy mal rollo. ¿Es que no entendiste lo que pasó el otro día? Murió un montón de peña delante de nosotros. Se… se les caían las tripas. Solo de acordarme me entran ganas de… joder. Dijiste que buscábamos un transporte para volver a nuestro puto país, pero este pueblo no tiene nada
—Eh, Diane, tía. Ya vale —replicó Gabriel, sin mirarla—. Estamos yendo a un transporte. Lo pone en el mapa. Pero tenemos que pasar por aquí, ¿ok? Y ya que estamos… si ves algo así de raro, no puedes dejarlo pasar. Además, tenemos una misión. Somos reporteros de guerra. Sabíamos que íbamos a ver muertos.
—Llevas toda la noche sin dormir, tío. Tú también estabas lloran—
—¡La élite no descansa, y yo tampoco! —gritó Gabriel, con una voz demasiado aguda para sonar convincente. Durante un segundo, pareció que iba a derrumbarse. Los ojos se le humedecieron, traicionándolo.
—¡Ahora graba esta puta locura! —remató, ya casi sollozando.
—Y-ya estoy grabando…
—¿E-estamos en el aire? ¡Bueno! ¡Haberme avisado! —reaccionó al instante, sorbiéndose los mocos con una aspiración sonora—. El gobierno sabe que estamos detrás de algo que no quieren que se sepa. Están intentando volvernos crazy a todos. Pero somos mejores que eso, ¿verdad
Diane no respondió. Gabriel se limpió una lágrima antes de que cayera.
—M-mirad, people. Los cocineros… tienen los ojos en blanco. Como si acabaran de asustarlos, pero siguen cocinando con total normalidad. Como si estuvieran bajo un embrujo constante. Hemos intentado hablar con ellos, pero…
Se giró hacia el mostrador.
—¡Eh! ¡Vosotros! ¿Me oís?
Esperó. Nada.
—Fucking shit… —Volvió a la cámara y se recolocó el sombrero de plata, muy serio—. Estamos acostumbrados a que nos ignoren, pero esto es otro nivel. Y ahora mirad a los comensales. Mirad.
La cámara barrió las mesas. Varios surempurianos permanecían sentados sin tocar platos ni bebidas. Uno se había quedado congelado a mitad de camino, con un bocadillo suspendido frente a la boca.
—Casi se les cae la puta baba, people. Esto es muy fucking crazy. Y solo puede significar una cosa.
Bajó la voz, conspirativo.
—El gobierno en la sombra ha activado los chips que nos metieron con las vacunas. Nosotros no los tenemos, pero por si acaso llevamos estos cascos de material reflectante especial. Tecnología ancestral. Los guerreros nativos de Uhaudu los usaban para protegerse del control mental de los ejércitos imperialistas de Norempúrium.
Asintió, satisfecho.
—No sabemos si esto está pasando en todo el mundo, pero sí sabemos que…
Se interrumpió de golpe.
—¡Eh! ¡Espera! ¡Mira eso, Diane! ¡Graba ahí!
La cámara apuntó a varios cocineros que, en una fila casi perfecta, salían por una puerta trasera cargados con bolsas de comida recién hecha.
—¡Vamos, vamos!
—Gabri, tío, no…
—¡Que me sigas, fuck!
Se deslizaron entre las cocinas. Nadie pareció reparar en ellos. Salieron por la puerta trasera, a un callejón húmedo y estrecho. Los cocineros doblaron la esquina. Gabriel y Diane corrieron tras ellos.
Asomados, vieron cómo uno a uno dejaban las bolsas a los pies de una surempuriana y una niña. Ambas comían con las manos, devorando. A su lado se acumulaba una montaña de tuppers sucios. Tras dejar la comida, los cocineros desaparecían sin decir palabra.
—Eh… eh —susurró Gabriel—. People, es esa. La sou chunga del tiroteo. La que hizo que la capitana del escuadrón militar se volviera loca.
—¡A la mierda!
La cámara se sacudió cuando Diane intentó huir, pero Gabriel la agarró del brazo.
—¡¿Dónde te crees que vas?!
—¡Esa pava usa magia negra! ¡No pienso quedarme para que me fría el cerebro!
—¡Tenemos cascos de protección! ¡Estamos a salvo!
—¿¡Qué mierda estás diciendo!? ¡Esto no protege ni de las moscas!
—Tranquila, tranquila…
Gabriel bajó la voz y le susurró algo que el micrófono no captó.
—¿Vale? —dijo al final, ya audible—. Si no quieres acercarte, graba desde aquí. Los fans merecen saber la verdad. Si ves que hago así con la mano… sales corriendo, ¿ok?
Diane lo enfocó con los brazos temblorosos.
—Está loco… joder…
El reportero avanzó con el micrófono en mano.
—¿Hola? —preguntó Gabriel al acercarse lo suficiente, hablando en un surempuriano torpe, mal pronunciado, casi insultante—. ¿Señora sou? Disculpe… ¿me recuerda? Nos vimos en el transporte, durante el tiroteo.
Gorka gruñó sin dignarse a mirarlo de frente. Se abrazó a su tupper como si fuera un animal acorralado, protegiendo un trofeo. Sus dedos estaban manchados de grasa. Su hija, Raquel, en cambio, levantó la vista y observó al norempuriano con una curiosidad limpia, casi infantil.
—Señora… —insistió Gabriel, sonriendo con una mueca forzada—. ¿Ha usado usted magia negra para lavarles el cerebro a los cocineros de este restaurante?
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magia y misterio en mundo moderno, madre esclavizada, adolescente con poderes musicales
Editado: 01.06.2026