La Profeta

12 - El Engaño

XII

El Engaño

Nyte era incapaz de percibir su propio cuerpo. Era la mejor sensación que había tenido en muchos años, una mezcla de paz y serenidad.

Se vio a sí mismo dentro de un recuerdo de su niñez. Estaba en un hermoso jardín lleno de colores, encerrado entre cuatro paredes amarillentas muy, muy altas. Tenía un libro grande y pesado entre las manos. Empezó a pasar páginas hasta que vio la imagen de una flor específica. La comparó con la que tenía delante, viendo una clara coincidencia. Levantó la mano y una mujer ataviada con un largo vestido de color lila y blanco se acercó. Ella observó la flor y asintió con la cabeza en señal de aprobación.

Buscó con la mirada alrededor, entre los demás niños de su edad, todos con su libro y acompañados de sus respectivas tutoras. Encontró a su mejor amigo no muy lejos, Redil. Este le devolvió la mirada y sonrió, cálido como el sol mismo.

Resultaba maravilloso volver a esos momentos, antes de que todo se torciera. Pero algo muy dentro de él se negaba a aceptar aquel descanso, por breve que fuera. «Despierta», se decía a sí mismo, «tenemos algo muy importante que hacer. Todavía no es momento de descansar».

Detuvo la corriente de sus emociones poniéndose frente a ellas. Se concentró e hizo algo que le servía para recuperar el control sobre sus sentimientos cuando se enfadaba mucho o cuando necesitaba dormirse rápido. Usó el dominio orénico del asaltante sobre su propio oren, y se ordenó despertar. Le costó más de lo que le había costado nunca, pero poco a poco empezó a recuperar conciencia sobre sí mismo.

24 de prilia, año 658 d. O.

2:20 p.m.

Abrió los ojos. Se sentía aturdido, pero volvía a estar en esa habitación. Vio a las redentoras y las guardias de la cárcel de pie, petrificadas en el sitio y con la mirada perdida. Parecían totalmente fuera de sí.

—Pero… ¿Qué ha pasado?

El sonido constante de una nota musical, un «La», retumbaba en su cabeza. Se acercó a la ventana rota y miró abajo. Kara estaba en el patio interior de rodillas, quieta y con los ojos perturbadoramente en blanco y la boca entreabierta. Un Jack translúcido y sin colores flotaba a su alrededor en estado de inconsciencia. El sonido de la nota musical claramente provenía del dobaire.

Si bien se encontraba totalmente rodeada de guardias, todas ellas también parecían estar en aquel mismo trance. Incluso en el cielo, los pájaros estaban aleteando, quietos en un punto fijo en el aire. Entre parpadeos le parecía ver algo translúcido flotando alrededor de Kara, convergencias de hilos de todos los colores. Pero, cuando intentaba fijarse, estos se desvanecían.

Nyte tragó saliva y se le dibujó una sonrisa nerviosa.

—Virko tenía razón… eres nuestra propheta.

Se fijó mejor en el dobaire, descubriendo una brecha que crecía en la madera de su superficie. El instrumento parecía sometido a una enorme presión con el retumbar de la nota y no tardaría demasiado en romperse. Se apartó de la ventana. Viendo inconscientes a las dos redentoras, Aoi y Brigitte, tuvo una idea y sonrió con malicia.

Kara oía en su cabeza cómo tocaba la segunda sinfonía de Wei’Zu Aka Bo de inicio a fin, inadvertida de que, en realidad, solo llegó a tocar la primera nota antes de dejarse invadir por su propio poder. Soñó con Taria y Runo, aunque se aproximaba más bien a un recuerdo real. Una noche, de pequeños, se habían quedado los dos a dormir en su casa y estaban viendo vídeos graciosos con el móvil. El padre de Kara entró e inmediatamente apagaron el móvil y se hicieron los dormidos, cada uno en su cama. Instantes después, cuando el padre se aseguró de que todo estaba en orden, volvieron a encenderlo y a reunirse riendo en voz baja.

Al final, sus amigos se quedaron dormidos. Kara sonrió cuando se dio cuenta y apagó el móvil. Se abrazó a ambos hasta dormirse ella también, sintiéndose feliz de estar viviendo aquel momento.

Abrió los ojos en el mismo instante en el que el dobaire se rompió y cayó al suelo, hecho un montón de pedazos.

—¿Qué…?

—¡Salve, profeta! —exclamó Nyte—. ¿Ha dormido bien su altérrima persona?

Nyte la estaba cargando con ella como si fuera un saco de patatas, encima de su hombro, corriendo por los pasillos de la cárcel. Kara se sentía muy mareada.

—¿Qué ha pasado…?

—¡Qué NO ha pasado, querrás decir! ¡Has usado tu poder para ponernos a todos a dormir; casi parecía como una variación del tipo asaltante! ¡Incluso has llegado a superar el bloqueo de la disruptora esa! A Corban le quedan todavía unas cuantas horas para recuperarse de lo suyo, pero a priori estamos yendo a por Eccho y Erminigild, ¡y gracias a ti creo que conseguiremos salir antes de que nos vuelvan a encontrar!

Kara vio el cuerpo translúcido de Jack flotando alrededor en estado de inconsciencia. Ella se sentía tan aturdida que apenas podía alegrarse de oír lo que le decía Nyte. Pensaba que todavía estaba soñando.

—¿Y las del sanctum? ¿Y todas las guardias? ¿Qué ha pasado con ellas?

—Oh, no te preocupes, me he encargado de las blancoataviadas y de las guardias. Al fin y al cabo, soy un experto en estas cosas —Nyte le guiñó el ojo con picardía.

Aoi, Brigitte y las guardias del patio se cayeron al suelo nada más despertar del trance cuando el instrumento se rompió, todas con los cordones de los zapatos atados entre sí y los pantalones bajados hasta los pies. Las guardias intentaban deshacer los nudos de los zapatos, ruborizadas e incrédulas de lo bien atados que estaban. Era un nudo simple, pero puesto con tanta fuerza que era imposible deshacerlo. Aoi, roja de ira, maldijo a Nyte y apuntó con su proyector entre los cordones. Disparó, quemándolos y sufriendo de paso una descarga por la cercanía del impacto. No esperó a Brigitte, que la llamó antes de verla salir corriendo, el cuerpo entumecido por la celestergía.

Ermin parpadeó cuando recuperó el sentido. Pasó de estar sufriendo una pesadilla donde caía de cabeza por un acantilado a aterrizar en la cama de la enfermería. Miró, temblando, la lagta en su mano izquierda. Se llevó la otra mano a la cabeza apretando los dientes. «Yo… ¿He estado a punto de…?» Eccho se abalanzó sobre él y lo abrazó. Hundió la cabeza en su barriga con tanta fuerza que apenas lo dejaba respirar. El arma se le escurrió entre los dedos hasta caer al suelo. La misma mano se movió sola, insegura, hasta la cabeza de la niña. Le acarició el cabello en un gesto que le resultó muy familiar. Casi tan familiar como le resultaba el tacto de aquellas diminutas manos. «¿Qué…?».




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