XIV
Odio
8 de meiyu, año 658
Cuatro días después del incidente de Guirnalada
Gorka permanecía ovillada, protegiendo a Raquel con la urgencia de quien guarda un tesoro en mitad de un incendio.
Estaban agazapadas en la parte de atrás de un camión civil descapotado, apretadas entre fardos de equipaje y otras familias que, como ellas, buscaban la salvación en la frontera de Zepharian. El vehículo avanzaba a trompicones, intentando sortear los controles oficiales por las venas abiertas de los riscos.
Gorka había pagado una fortuna en jouzis robados por aquel pasaje. Había intentado no abusar de un poder que le quemaba las entrañas, un dominio demasiado devastador para usarlo a la ligera, pero la geografía del lugar no perdonaba. Aquellos cañones de paredes verticales eran el territorio de los contrabandistas, y el gobierno de la reina mercantil de la nación lo sabía muy bien.
Fue en uno de esos desfiladeros donde los detuvieron. Una docena de uniformados bloqueaba el paso.
La conductora, curtida en el arte del soborno, descendió del camión para negociar el paso con el ejército. Sin embargo, un frío antinatural erizó la piel de los viajeros. Gorka no necesitó verles las caras para saber cómo terminaría aquello: los uniformes eran de un blanco inmaculado.
Al restallar el primer disparo de celestergía, el pánico estalló en el transporte. Gorka barrió el lugar con una mirada de acero, buscando los ojos de los padres aterrados.
—Escuchad. Si queréis que vuestros hijos respiren mañana, tapadles los oídos —ordenó con voz ronca—. Y que ellos os los tapen a vosotros.
Algunos la miraron con el rostro desencajado, perdidos en la confusión. No había margen para la diplomacia. Gorka dejó que la oscuridad de su voz interna se formara, y volvió a hablar con un eco sobrenatural.
—Tapaos los oídos los unos a los otros.
Fue una orden absoluta.
Los presentes, con los ojos vidriosos por un terror instintivo que no terminaban de comprender, obedecieron mecánicamente. Raquel, en un arrebato y a pesar de que Gorka le estaba cubriendo los oídos, alargó las manos y cubrió los de un bebé cercano ante la incapacidad de sus padres, que ya se los tapaban a dos de sus tres hijos.
Gorka se tensó, acumulando el aire necesario para soltar el grito que desarticularía a los sabuesos de Sanctum y los llevaría a quitarse la vida, pero algo la detuvo. Uno de los soldados cayó al suelo, fulminado. Gorka parpadeó, tan desconcertada como los propios verdugos de la organización.
En el suelo, una roca negra manchada de sangre rodaba con una inercia propia. Todos la siguieron con la vista hasta que chocó contra una peña mayor. En ese instante, la roca se irguió. Lo que parecía parte del paisaje resultó ser una capa de metal de cromita, flexible y densa, que envolvía a una figura enmascarada con el rostro de un demonio. Al alzar las manos, la capa se desintegró en docenas de fragmentos negros que comenzaron a orbitar a su alrededor en un remolino.
A la redentora al mando, que hasta entonces creía estar ejecutando un trámite rutinario, se le cayó el cigarro de los labios.
—¡¿Un puto orente?! —rugió, recuperando el sentido—. ¡Disparad! ¡Ahora!
Los sabuesos alzaron sus lagtas. De inmediato, una lluvia de rayos de celestergía desgarró la penumbra del risco. Trazos de luz blanca, rectos y letales, buscaban el pecho de la desconocida. Pero Gorka fue testigo de algo que habría jurado imposible semanas atrás.
Los fragmentos de cromita se agruparon formando un cono defensivo que giraba a velocidades vertiginosas. Los disparos no solo eran desviados hacia el cielo o el suelo, ramificándose en chispas erráticas al golpear el mineral, sino que el propio movimiento permitía a la mujer flotar. Se desplazaba como un vendaval negro entre los sabuesos, repartiendo golpes certeros que fracturaban cráneos o dejaban a los hombres en la inconsciencia.
—¡Es una vinculadora! —bramó la redentora, vaciando el cargador de su proyector sin éxito—. ¡Concentrad el fuego!
Cuando los disparos convergían, la roca cedía, estallando en esquirlas, pero había demasiados fragmentos y la movilidad de la orente era absoluta. Pronto, la redentora se encontró sola. Se parapetó tras una roca, disparando a ciegas mientras bramaba por el comunicador.
—¡Aquí Haila Vihnira, dispositivo cuarenta y dos de Andanïi! ¡Estoy sufriendo el ataque de un orente vinculador desconocido! ¡Repito, estoy...!
El informe murió en su garganta. Una piedra negra aterrizó a sus pies. Antes de que pudiera reaccionar, el mineral fue atraído hacia su cabeza con una fuerza magnética brutal. El cráneo se partió sin remedio bajo el peso de la cromita.
La enmascarada se detuvo. Los fragmentos supervivientes regresaron a ella, recomponiendo la capa, aunque ahora era visiblemente más liviana a causa de la trifulca. Cuando se aproximó al camión, Gorka se puso en pie de un salto. De su piel brotaron hilos de luz morada, serpenteando por su brazo como advertencia.
La mujer alzó las manos en son de paz.
—No deseo luchar —dijo en surempuriano.
Se retiró la máscara. Era una mujer de piel oscura, de unos cincuenta años, calva y de rasgos sous bien marcados. Gorka notó, con extrañeza, su corpulencia; era una mujer obesa, una fisonomía que ella solo asociaba a las castas privilegiadas de piel pálida extranjera.
—¿Cómo te movías así? —preguntó Gorka en dialecto andanino, directa y sin adornos—. Estás gorda.
La mujer sostuvo la mirada un instante antes de soltar una carcajada áspera.
—Sí que eres directa con quien te ha salvado el pellejo...
—No necesitaba salvación. Ni la pedí —replicó Gorka. A pesar de su situación, sus creencias bien cimentadas le rendían pleitesía al código del alnaetal’ha; sabía muy bien que deber un favor era una cadena que no estaba dispuesta a cargar—. No te debo nada.
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magia y misterio en mundo moderno, madre esclavizada, adolescente con poderes musicales
Editado: 22.06.2026