La Profeta

15 - Shuza Akaritsu

XV

Shuza Akaritsu

Día 9 de meiyu, año 658

Al día siguiente del encuentro con la sabuesa, en algún lugar de los bosques de Ardur, del Estado de Órida, por la tarde…

Faltaban cuatro días para la fecha de su pesadilla. Jack, en su momento, le comentó a Kara que no hacía falta preocuparse por esas cosas, que lo más seguro es que fuera el recuerdo enquistado de otra vida pasada, aunque notaba su nerviosismo interno en el color con el que brillaba cuando lo afirmaba. Pero ella nunca lo sintió así. Siempre sintió que sería un evento futuro que debía temer y por el que tenía que prepararse.

Pero así, de la noche a la mañana, todo se arremolinó en su cabeza. La incansable persecución del sanctum que había dejado víctimas a su paso, las más importantes, para ella, su familia y Taria. Llegó a afectar hasta a los Norsonk, el grupo de música que idolatraba desde su niñez. O el error que cometió ella misma con su poder musical en la montaña de Guirnalada, con toda la vida que había arrebatado en un intento de confiar en que algo capaz de hacer cosas tan buenas y maravillosas no podía tener una faceta tan oscura como finalmente demostró tener. Todo, absolutamente todo, se torcía ante ella. Y, por supuesto, ella misma también se torció.

Jamás iba a ser la misma persona.

Las montañas de la provincia de Ardur guardaban ciertas similitudes con las de Brixat. Sin embargo, el viento olía distinto, a trazas de la arena quemada del desierto de Andanï. Un contraste que para un turista común podría resultar imperceptible, pero que para un nativo podría llegar a condicionar su forma de vida entera.

Kara Declan Philomeda se arrodilló, metió la cabeza dentro del río y gritó con todas sus fuerzas. El sonido se dispersó por el agua y decenas de burbujas subieron a la superficie. Estaba segura de que nunca había sentido tanta rabia inundando su cuerpo ya sembrado de base por dudas y temores desde el inicio de aquel viaje. De repente, como si su entendimiento de la realidad se hubiese visto truncado, toda la tristeza por recordar a su familia muerta se cambió por una terrible cólera hacia los asesinos que se lo habían arrebatado todo. El verdadero origen de todos sus males.

En ocasiones sentía el impulso irremediable de salir corriendo y dirigirse a donde fuera que estuvieran las redentoras del Sanctum, con un instrumento musical en mano, y usar su poder para obligarlas a todas a tirarse de cabeza a un precipicio. En otras ocasiones, solo quería destruirlo todo a su alrededor, estuviera o no el Sanctum de por medio, para evitar más sufrimiento innecesario. Era un impulso que le quemaba en el pecho y que la llenaba de una ansiedad irrefrenable. Algo que debía desatar de algún modo contra algo o, en su defecto, contra alguien.

Toda aquella situación le recordaba inevitablemente a Zuishan Dokisa, compositora oestempuriana que vivió una vida en deplorables condiciones en el corazón de la ciudad yangiana de Xian’Tzai, pasó bastante inadvertida por escribir unas piezas musicales bastante parecidas a la de Wei’Zu Aka Bo sin nada novedoso. La mujer se limitaba a ganarse la vida tocando un piano portátil en bares de poca monta o prostituyéndose, aprovechando que muchos hombres o mujeres ricos que la veían durante sus funciones la consideraban una joya sucia. Y, aun con el dudoso rumbo que seguía, saltó repentinamente al estrellato, como quien dice, gracias a una sola sinfonía. Una pieza que se convirtió en la última que compuso en vida, justo antes de quitársela el día 11 de Astur del año 627 en plena invasión de Zepharian, tan solo a los veintisiete años de edad.

Kara recordaba la historia de la joven música. Era una persona que, según los pocos amigos que tenía, sufría muchos ataques de ira. Jamás llegaba más allá de romper algún plato o pelearse a gritos con alguien cuando se emborrachaba, pero en esta ocasión fue distinto. Cuenta su casera que, la última noche que supo de ella, oía unos ruidos horrendos provenientes del quinto piso del edificio donde vivía. Gritos ignominiosos dirigidos a los ejércitos de la unión de naciones temporalmente aliadas para la invasión de Zepharian, aullidos incomprensibles, golpes, muebles arrastrándose, cerámica estrellándose contra la pared… hasta que todo se quedó en silencio, aproximadamente a las tres y media de la madrugada.

Las vigilantes de seguridad del barrio acudieron, con algo de demora, para hacer efectiva una denuncia por el barullo. Fue cuando encontraron el cuerpo colgado de una soga de la compositora. Había un teléfono móvil con la pantalla resquebrajada en el suelo con el número de su hermano marcado en la pantalla y más de una veintena de intentos de contactar con él. La televisión estaba encendida en un canal de noticias internacionales, donde durante la madrugada se habían emitido en directo imágenes de la toma de Ciudad Aristóteles, donde tuvo lugar la segunda mayor matanza de la invasión.

Al parecer, Zuishan tenía la única familia que le quedaba, la de su hermano mayor, viviendo allí, y dio la casualidad de que su casa en llamas apareció en las imágenes que vio en directo, junto con un montón de cuerpos carbonizados de los que la habitaban. Supo al instante que su hermano, cuñada y sobrinos de corta edad estaban entre ellos.

En verdad, los reporteros de la guerra hicieron un gran trabajo eludiendo la censura que intentaba imponer el ejército y el propio Sanctum, y algunos muy intrépidos arriesgaron sus propias vidas para enseñar al mundo la verdad detrás de la pulcra invasión que los gobiernos modernos habían ordenado. En muchas personas, sobre todo las más sensibles, supuso un choque sin precedentes, y la mayoría de los canales internacionales censuraron las imágenes de tal forma que solo se veían píxeles sin sentido. Pero de lo que se vio aquellos días, se escribieron poemas, obras de teatro, novelas históricas, películas… todo apuntando siempre al horror que Ouros vivió durante aquellos meses.




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