La Profeta

16 - El Talismán

XVI

El Talismán

18 de junay, año 154 d.O.

Shuza descendió, cogida del brazo de Wan’Zu, hasta la playa del pueblo de Shibanazu. Las casas de piedra se levantaban en varios niveles de caminos que estriaban la montaña, rodeada por una muralla de piedra, y los barcos pesqueros estaban encima de la arena o bien amarrados en otros rincones. Los únicos dos barcos que quedaban de la anterior flota de cuatro bergantines y un galeón estaban fondeados en el legendario muelle del pueblo, el más grande de la costa de Heikarí.

Había pocas personas paseando a lo lejos, un pescador desenredando una red y un par de niños a lo lejos jugando a lanzar guijarros y hacerlos rebotar sobre la superficie del agua. Las olas rompían con serenidad con cortesía, lo que cabría esperar de un mar que invita a explorarlo. «Tardarían semanas en construirme un nuevo navío… y, aun así, ¿qué haré si no desaparecen mis pesadillas? De ninguna manera podría aventurarme al mar en mi condición».

—¡Señora Akaritsu! ¡Señora Akaritsu, espere!

La marinera volteó la cabeza al instante, pues podía reconocer esa voz donde fuera. Un breve fogonazo de luz solar la deslumbró por unos instantes y, entre parpadeos, vio aquellas piernas blancas como la leche corriendo por la superficie de las olas retrocediendo sobre la arena. El vestido de colores pastel que tanto le gustaba, con la falda salpicada con agua de mar por sus pliegues y sacudiéndose contra sus rodillas. Su cabello medio largo y rizado de color rojizo, nariz y pómulos pecosos, ojos marrones anaranjados y una sonrisa que brillaba con la fuerza de mil soles. Su marca del umarezumi le cruzaba parte de los labios y le cubría la barbilla y la mitad superior del cuello, cuya marca de los dedos se perdía por su mejilla izquierda.

La capitana la vio venir a su encuentro, pero esta se tropezó con un montículo desapercibido. Se dio de bruces contra el suelo salpicando alrededor y manchándose entera de arena y agua. Normalmente, Shuza se habría reído, pero se vio impedida de cualquier tipo de reacción. Se había quedado con los ojos muy abiertos y la boca entreabierta viendo a aquella joven de no más de quince años de edad. Solo hacía una semana que había llegado a Shibanazu, pero realmente sentía que hacía demasiado tiempo que no la veía.

—¡Capitana Shuza, grumete Arisa Omari se presenta en el casco! —Ella adoptó un saludo militar, pero Shuza torció los labios en desaprobación—. ¿M-me he equivocado? Pues… ¡S-se presenta e-en… en la quilla! ¿En la proa?

—Casi, casi —la tanteó Shuza, y se cruzó de brazos.

—Em… eh… ¡Arisa Omari se presenta en la superficie plana y uniforme de la parte superior exterior del barco! ¡Probablemente no me recuerde debido a su locura, pero yo soy su más talentosa aprendiz!

—¡Cómo que mi locura!

Shuza le propinó un capirotazo en la frente que Arisa recibió con un «¡ay!». Divertida, intentó marcharse corriendo, pero Shuza la cogió del pescuezo, iniciando así un forcejeo de broma. Wan’Zu sonrió a su lado con nostalgia. Cerca, dos mujeres se los quedaron mirando y luego siguieron su camino aligerando el paso.

—Cómo olvidar a mi aprendiz chillona. No es de buena educación ir llamando loca a la gente.

—¡S-sí, señora! —la joven volvió a erguir la espalda.

—Sin embargo, ¿cómo es que no viniste a mi encuentro antes, Arisa? Hace días que regresé.

—¡Estaba durmiendo! —admitió vivazmente.

—¿Durmiendo?

—¡Muy profundo, señora! ¡Como un verdadero tronco!

Esta vez lo que le cayó a Arisa fue una sonora colleja en la nuca.

Shuza siempre se había negado a tomar aprendices de su oficio. Si bien había estado más abierta a esa posibilidad durante sus primeros años de navegante experta, demostró no tener paciencia y, en general, ser una mala maestra. Sin embargo, durante una estrellada noche de solsticio del fuego, una Arisa de nueve años apareció sin más frente a la puerta de su casa pidiéndole tutela en el oficio de navegante a base de gritos y por favores.

Shuza se negó rotundamente, y con ese gesto inició una persecución incansable.

La jovencita era huérfana de la guerra reciente que tuvo lugar contra el reinado vecino de Huajú, en ese entonces conocido como el imperio Zabrani. Al parecer era de origen zabraniano por su color de cabello pelirrojo y sus ojos anaranjados, pero fue aceptada por el orfanato al verse desamparada y habiendo viajado de muy lejos buscando unos padres que, al parecer, habían muerto.

Meses después de vivir en el orfanato de Shibanazu, empezó a fijarse en los enormes navíos que cruzaban las costas y se aventuraban mar adentro para descubrir nuevas tierras. Quedó totalmente enamorada de aquella idea, de aquellas máquinas colosales de madera y tela que permitían a los humanos moverse por un medio muy ajeno al que les corresponde por naturaleza.

Arisa no tardó mucho en descubrir el nombre de la mejor marinera del reinado de Heikarí, que daba la casualidad de que vivía en su mismo pueblo, y presentarse ante ella. Por ende, en lo absoluto dispuesta a darse por vencida con una primera negativa, siguió presentándose cada mañana en su puerta y cada mediodía en la playa ante su barco antes de zarpar, y cada tarde a su regreso del mar, pidiendo, rogando, negociando e incluso exigiendo aprender de ella los oficios de la marinería. Fuera donde fuese Shuza Akaritsu, ahí estaba la joven pegada a su sombra.

Wan’Zu le daba de comer en ocasiones cuando la veía desfallecida de tanto esperar, y le susurraba consejos para apuntar en la buena dirección para la aceptación de su esposa en calidad de maestra. «En realidad», le decía Wan’Zu, «se hace mucho la dura, pero le gusta tu determinación. Se pasa parte del día hablando de ti, y si bien lo hace con rabia, no quita que esté reparando en tu presencia. No desfallezcas, jovencita», y le frotó la cabeza. Y no solo Wan’Zu, sino también la fiel tripulación de la capitana llegó incluso a llamarla «la pequeña Ari» y la trataban como una más a pesar de las negativas de la marinera y del enfado que le producía su simple nombramiento.




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