XVII
El Faro de Shibanazu
7 de otobry, año 153 d. O.
Reinado de Heikarí, Shibanazu
(Casi tres meses antes del regreso de Shuza)
Los oráculos habían hablado, la expedición había sido bendecida por las diosas del mar. Un reluciente sol de solsticio del viento proyectaba rayos de luz reflectados sobre las olas. En el muelle de Shibanazu estaban los barcos preparados para zarpar, los mayores orgullos de la flota del reinado, y se habían reunido en el pueblo grandes personalidades, casas nobles y la mismísima reina Hitomi. Las personas vestían sus mejores atuendos y danzaban alrededor de postes de baile y enormes piras.
Shuza, ataviada con su mejor traje de marinera de color verde oscuro y marrón anaranjado, su sombrero y sus collares condecorativos, observaba por encima de las cabezas de todos los presentes. Buscaba a alguien.
—¿No la encuentras? —Wan’Zu, vestido también con sus mejores ropajes de colores blanco y azul, se puso al lado de su mujer—. Estará muy nerviosa como para venir.
—Me avergüenza como maestra. Yo aquí, ostentando todos estos oropeles… que pesan mucho, por cierto, me duele el cuello. Incluso la honorable Hitomi ha venido para bendecir el viaje, y le había escrito que podría conocer por fin a mi aprendiz el día de hoy. ¿Qué cara pondré cuando mire a los ojos a mi reina y le informe del cambio de planes?
—Más o menos, así. —Wan’Zu se levantó la nariz como un cerdo y puso los ojos bizcos—. «Oh, uhm, sí, agradable vista la de vuestra lumínica presencia iluminando esta playa, mi monárquica señora».
—¿Eres un niño, o qué? —Shuza suspiró, un poco menos nerviosa.
—Sabes bien que, de corazón, sí. Pero de cuerpo… ya sabes… —Se le acercó y la rodeó con un brazo de forma sugerente. Shuza enrojeció e intentó apartarlo disimuladamente.
—¡Wan’Zu! ¿Quieres dejar de restregarte en mí como un felino? ¡Nos están viendo todos!
—Hace un tiempo eso no te habría importado mucho… al contrario. Creo que deberíamos tener una pequeña charla tú y yo, a solas, para planificar mejor el viaje y esas cosas, y…
—Capitana Akaritsu, timonel Wan’Zu… —La reina Hitomi se acercó desde un punto ciego y los saludó con respeto a ambos. Wan’Zu maldijo en voz baja y se colocó bien su ropa interior—. Bienhallados sean, bajo el auspicio de las diosas, en este día tan importante para todos los heikarianos y el mundo entero.
—Buena sea la dicha que compartimos en este día, honorable Hitomi —la saludó Shuza con una reverencia.
La capitana, para esconder su rubor, casi se arrodilla hasta el suelo, y solo el gesto afable de la reina la disuadió de hacerlo. Wan’Zu también se inclinó formalmente.
—Buenos días, honorable Hitomi —se atrevió a hablar Wan’Zu, viendo a su esposa demasiado ruborizada como para desarrollar una conversación elaborada—. Cielos, ¿tiene usted alguna preferencia en lo que a pretendientes se refiere? Con su belleza, dudo que un solo hombre en todo el reino y en el mundo entero no soñara con compartir la sagrada unión y levantarse cada día a su lado hasta que las diosas de la muerte le dieran alcance. Ningún hombre, dejándome a mí a un lado, por supuesto, puesto que solo existen unas faldas a las que rindo total y absoluta pleitesía, pero quitándome, nadie más debería poder eludir su presencia sin muestra física de virilidad. Aunque admito que, en mi caso hacia mi esposa, no es por moda ni formalidad mi devoción, ni tampoco por aquel tesoro, el auténtico vergel radiante, con el que os han brindado al nacer los dioses de la vida a usted y a ella. Es por todo el amor que siempre he sentido hacia su personalidad y los cabellos plateados en los que se enreda mi mirada.
Shuza, ya demasiado avergonzada como para resistirlo, desató una sonora bofetada al brazo de Wan’Zu y este se rio aguantando el dolor para fastidiarla más. Hitomi también se rio, casi a carcajada limpia, atrayendo miradas de todos lados.
—Es agradable ver un himeneo con ya un largo centenar de estaciones vividas que guarda con tanta pasión un amor mutuo tan intenso como el de unos recién enlazados —admitió la reina, todavía riendo entre suspiros—. Respondiendo a su pregunta, no, no tengo ninguna preferencia entre mis queridos amantes, pues, a pesar de que he buscado, una de mis múltiples condiciones suele ser, a últimos términos, disuasoria para mis pretendientes. Al fin y al cabo, no es ningún secreto que Shuza y yo compartimos algo más que la que yo considero una buena amistad.
Ambas, capitana y reina, compartieron miradas fugaces. La monarca le sonrió con complicidad apenada y Shuza volvió a bajar la mirada hasta sus pies, en silencio.
—Es una verdadera bendición gozar de su favor para esta expedición tan inusual y arriesgada, mi reina —habló Wan’Zu intentando cambiar de tema.
—Heikarí va en la vanguardia de la exploración náutica mundial gracias a la familia Akaritsu —Hitomi miró con admiración a Shuza—. Y ahora su descendiente, en su mejor momento vital, equilibrio entre experiencia, pericia y forma física, me ofrece llegar al gran abismo del fin del mundo y plantar nuestro estandarte para honrar a los dioses que nos han ayudado durante siglos enteros. Este es, en verdad, el inicio de una nueva era, y por supuesto que cuentan con todo mi apoyo y mis mejores deseos; créanme que estaré rezando por ustedes cada uno de los días y cada una de las noches que pasen de travesía.
La ceremonia del inicio de la expedición prosiguió como era habitual. Todos los pueblerinos colocaron guirnaldas hechas con flores de los campos de alrededor de Shibanazu a las naves que partirían. Los nobles les dieron los mejores remos y los mejores cabos. Y, para finalizar la ceremonia, la reina le cedió a la capitana de los cuatro bergantines y del galeón de La Lanza Dorada un catalejo y un broche de oro. Shuza lo agradeció arrodillándose ante ella, y al levantar la cabeza vio su sonrisa repleta de fe en ella.
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magia y misterio en mundo moderno, madre esclavizada, adolescente con poderes musicales
Editado: 13.07.2026