XIX
No os acerquéis a ella
Día 11 de meiyu, año 658
Mediodía, en la Región Episteme, no muy lejos de Ciudad Sócrates…
En mitad de una carretera de desierto poco transitada, en un ambiente mucho más seco de lo que las colinas de Órida ofrecían, el grupo de Kara estaba a un lado de la carretera presenciando un momento histórico.
—¿De verdad va a hacerlo, o seguirá postergando el momento hasta el infinito? —preguntó Kara mientras se abanicaba con la alfombrilla sucia de los pies de la camioneta.
—Seguro que sí. Va decidido, solo… dale unos minutos más —respondió Jack, a su lado.
Nyte y Eccho deambulaban de un lado al otro del páramo mientras Kara, Ermin, Sabu y Jack trataban de mantener el calor lejos de sus pellejos detrás de la sombra de la camioneta.
—¿Hace falta llegar tan lejos? —Habló Ermin—. Es decir, ¿cuánto se ha tirado ya bajo el sol? ¿Media hora? ¿Solo para recoger esas pocas flores? Al final no llegaremos nunca a la ciudad.
—Y no se puede decir que abunden muchas flores por aquí. De hecho… —Kara entrecerró los párpados en una mueca molesta—. ¿Es cosa mía, o solo están recogiendo hierbajos secos?
—Dejadlo sufrir en silencio. Mi hermano Flavius y yo también le teníamos mucho cariño. Para nosotros es cómo perder a un ser querido.
Nyte pasó cerca del grupito y bebió un poco de agua de su cantimplora. La dejó de nuevo en el suelo tras una sombra y los miró con verdadera tristeza en su expresión.
—Todas las flores de este páramo serán pocas para honrar el servicio que me ha brindado esta preciosidad durante tantos años —dijo Nyte con voz profunda y reanudó su andar fúnebre.
Ermin, Kara y Sabu lo vieron marchar con los ojos entrecerrados.
—Vale, ya está bien, hasta aquí he llegado —Kara se levantó—. Nyte, si no nos vamos ya, con el calor que hace se nos acabará el agua antes de llegar a una estación de servicio. Así que termina de una vez este ritual.
—Bueno, vale… Está bien. ¡Eccho! —Nyte llamó a la niña, quien levantó la cabeza desde lejos—. ¡Ven, que ya terminamos!
La niña vino corriendo. Nyte y ella se acercaron a la camioneta, de la cual salía un montón de humo negro. El calor del breve paso durante el día anterior por el estado surempuriano de Andanïi, sumado al clima de las áridas tierras zepharianas de Episteme, había vencido el sistema de transmisión motriz del motor de celestergía del vehículo.
Ambos dejaron sus respectivos ramos secos en el interior de la camioneta, justo detrás del volante. Nyte cerró la puerta y juntó las manos en una plegaria a la cual Eccho, muy seria, lo acompañó.
—No soy un hombre de fe, pero… has muerto en tierras zepharianas, compañera. En el hogar que te vio nacer y crecer. Marcha en paz al cielo de la automoción.
—Exagerado… —murmuró Ermin, lacónico.
—¿En serio no hay ningún modo de arreglarla? —interrogó Kara.
—El mecánico… —Nyte cerró la puerta—, ya dijo que la próxima vez que le ocurriera exactamente esto, estaría acabada. Lo que costaría arreglarla equivaldría a lo que costaría comprar un vehículo nuevo enterito, y aun si la reparase, tardaría pocos meses en volver a fallar otra cosa. Eso sin contar con que, lamentablemente, no tengo suficiente dinero para pagar ni una opción ni la otra, así que…
Nyte y Eccho dieron dos palmadas en una última plegaria. Sabu, más por aburrimiento, levantó la cabeza y aulló al cielo.
Por fortuna para el grupo, había una estación de servicio por donde pasaba un autobús cada hora en dirección a la ciudad. El problema es que estaba a, por lo menos, diez kilómetros de distancia.
Mientras andaban, Nyte aseguró que no tendría que pasar nadie por ese camino hasta la tarde. Pero al cabo de un cuarto de hora todos, incluido Nyte, desearon haber escogido una ruta más transitada para ser recogidos por alguna alma caritativa. Eccho, situada en medio de la comitiva, se había hecho con la alfombrilla de la camioneta usándola de parasol, y Kara soportaba como podía el calor abanicando los pliegues de su camisa empapada de sudor. Jackeline, después de pensarlo por un buen rato, se acercó a su protegida.
—Kara.
—¿Se acerca un coche? —preguntó ella en tono delirante.
—¿Eh? No, no… Solo te quería preguntar, ¿cómo estás?
—Pues muriéndome de calor, y siento que estoy andando sobre un charco de brea ardiente. ¿Por?
—No, me refiero a… bueno. Estuviste bastante mal, ¿no? Con… bueno, con todo.
—Ah. Sí, ya estoy mejor de eso. No te preocupes.
Nyte, a la cabeza del grupo, la miró de reojo con la expresión cruzada por un grueso hilo de duda.
—Claro que está bien, ya os lo dije —informó Eccho desde atrás, que se escondía bajo la sombra de Kara—. Si es que soy increíble.
—¿En serio estás bien, Kara? Es que todavía no percibo que estés…
—Bueno, bueno, discúlpame si no estoy dando saltos de alegría mientras cruzamos un maldito desierto de cabo a rabo.
—Ha entrado en la etapa contestona, tío Corban —se metió Nyte, hablando con marcado sarcasmo—. Ya verás, cuando lleguemos a Sócrates, empezará a vestirse con ropa oscura, saldrá hasta altas horas de la noche para ir a fiestas de adolescentes, se pondrá piercings y decorará su habitación con pósteres de grupos de música cuyos integrantes usan sombra de ojos y basan la letra de sus canciones en groserías impropias de cualquier persona que se haga respetar. También empezará a usar la guitarra celestérgica, en vez de la tradicional.
—Cualquiera de esas chorradas que acabas de decir sería más probable que ocurriera que la última de todas ellas, payaso —le respondió Kara.
—¡Payaso, payaso! —repitió Eccho.
—No le enseñes insultos a la niña —replicó Jack, y Kara puso los ojos en blanco—. Uh… por las tres madres, no puedo más. Parece que se desprenda más calor del suelo que del sol. ¿A qué temperatura estamos? ¿Cuarenta grados?
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magia y misterio en mundo moderno, madre esclavizada, adolescente con poderes musicales
Editado: 03.08.2026