La Profeta

21 - El Ojo del Huracán

XXI

El ojo del huracán

Día 12 de meiyu, año 658

Ciudad Sócrates, no muy lejos de la guarida de Nyte…

En la calle, una mujer se bajaba de un coche cuyo revestimiento estaba oxidado, y se reía con quien parecía su novio. Cerca, un puñado de niños bailaban al son de la música que se reproducía a través de una radio puesta en el marco de una ventana, y un hombre viejo sentado en un banco los miraba con melancolía.

Kara lo observaba todo a través de la ventana de un segundo piso, ataviada con un vestido blanco atado con cintas rojas por los brazos y la cintura, terminado en una larga falda, ropa cedida por los amigos de Nyte para integrarse un poco mejor en la cultura zephariana. Se dio la vuelta y se acercó a la única cama de la habitación, sorprendentemente limpia para ser ciudad de Sócrates.

Eccho estaba tumbada profundamente dormida. Sobre la mesita había una flauta rota de tantas notas de curación que había usado. El {Do Menor bemol}, curación, parecía aliviar la expresión de Eccho temporalmente, pero al cabo de pocos minutos regresaba. Tuvo que pasarse horas enteras tocando, gastando instrumentos que se iban rompiendo y deformando por la presión de las notas, hasta que el dolor pareció remitir totalmente. Ermin estaba en la silla del otro lado de la habitación con los brazos cruzados y un tic nervioso en la pierna.

Ambos voltearon la cabeza al escuchar que alguien abría la puerta. Nyte, bajo el lindar, se asomó y les indicó que se acercaran. Jack vino desde el pasillo y le dijo a Kara que él se encargaba de vigilar a Eccho. Los dos jóvenes salieron y se encontraron con Nyte y Redil.

—La mayoría de los trabajadores de este hospital tienen tratos con nosotros y me deben ciertos favores —explicó Nyte—. La pequeña estará a salvo aquí, y no tendremos que pagar por su tratamiento.

Kara se cruzó de brazos y lo miró seriamente.

—Vale, ¿y qué os han dicho sobre Eccho?

—Bueno —habló Redil a su lado—. Es lo que dijo el señorito Ermin, señorita Kara… Se trata del damnes.

—Ya… lo imaginaba, por la cantidad de ejercicio que hicimos ayer. Andamos mucho rato por el desierto, y después atravesamos media ciudad. Sin contar con el calor que hacía —habló Ermin en voz baja—. La primera vez que me dio a mí fue después de una excursión a la montaña con mi familia, a los nueve años. Aun así, sigue siendo muy pronto para Eccho. ¿Cuántos años tiene?

—Tiene solo siete añitos… —Kara se mordió la uña recordando la expresión de dolor de Eccho. Llevaba horas llorando, pero aun así seguía sintiendo que en cualquier momento volvería a romper el llanto.

Redil miró a lado y lado del pasillo y bajó la voz.

—Puede estar tranquila, señorita Kara. El doctor es un despierto, y además es de los mejores de la ciudad. Le va a recetar a Eccho unas píldoras diluidas de corpusmeldam. Dijo que todo iría bien.

—¿No tienen musclelizer? —interrogó Ermin con los brazos cruzados—. ¿Por qué hay que usar medicina lumena? No es ni la mitad de efectiva que la norempuriana.

—Porque no les queda —respondió encogiéndose de hombros—, pero igualmente sería contraproducente darle musclelizer a tan corta edad. El corpusmeldam es más suave y prevendrá futuras crisis. El doctor ha dicho que lo más seguro es que pasen un par o tres de años antes de que empiece a sufrir de forma recurrente el damnes, y que este ha sido un hecho aislado. No debería volver a pasarle en un buen tiempo, aunque también tardará unos días en recuperarse del todo.

—¿Estás seguro de eso? —preguntó Kara.

—Eso habría de preguntárselo al médico, señorita —Redil la miró con gesto profundamente entristecido—. Aun así, insisto en que habría que estar atentos en los días donde haga mucho ejercicio, como ayer.

—¿Y tú? ¿Por qué no dices nada?

Kara dirigió su pregunta a Nyte, que estaba con el ceño fruncido y los labios apretados mirando en dirección a la puerta de la habitación de Eccho. Al notar el silencio tras la pregunta de Kara, le echó un vistazo.

—¿Hm? No, por nada. Luego te hablo por el I-Oshen. Redil, encárgate del resto.

Nyte se fue andando por el pasillo y bajó por las escaleras.

—¿Pero qué le pasa? —preguntó Kara, indignada.

—Está afectado por esto, señorita. Lo conozco lo suficiente como para saber que se lamenta profundamente por la situación.

—Deja de llamarme señorita —ordenó con sequedad.

Redil asintió con una sutil reverencia.

—Sabe usted… —siguió hablando—. Lea tiene un corazón muy puro, aunque se hace el duro por fuera. Estoy seguro de que esta situación le duele tanto como a usted. Ahora, si me disculpa, estaré en recepción hablando por teléfono. Cualquier cosa que necesite, estaré allí.

Redil se fue por el pasillo siguiendo los pasos de Nyte. Cuando Kara se volteó para ver a Ermin, recordó lo que le dijo en la habitación del refugio cuando a Eccho le dio el ataque. La culpabilidad cayó sobre sus hombros.

—Oye… Ermin.

—¿Hm?

—Yo… anoche te dije algo, que no…

—No pasa nada.

—No, de verdad. No me gustó nada cómo te hablé. No debí llamarte asesino. No sé qué me cogió, yo…

—Bueno, tampoco es como si estuvieras mintiendo. ¿O sí?

Ermin sonrió de lado con pena y le sostuvo la mirada a Kara.

—¡Ahí estáis!

Una tercera voz los encontró acercándose a paso rápido por el pasillo antes de que Kara pudiese responder. Se trataba de Guner, el despierto poeta que los recibió el día anterior en el búnker. Llegó hasta Kara e hizo una reverencia.

—Redil me llamó para que os acompañe si queréis ir a algún sitio. También me ha dado algunos numens y jouzis por si necesitáis comprar algo; para la vista y el tacto el sol del día es un verdadero regalo.

—Por favor, deja las rimas —le dijo Ermin.

—Por supuesto, disculpad… ¿Entonces? ¿Propheta?




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