La Profeta

22 - Colisión

XXII

Colisión

Día 12 de meiyu, año 658

Ciudad Sócrates, mediodía

Sabu hacía guardia en la entrada del hospital cuando vio llegar a Nyte, Jack y Kara con su nueva guitarra en una funda atada en la espalda. Estuvieron los tres con Ermin en la habitación de Eccho esperando hasta que despertó. El corpusmeldam diluido hizo las mil maravillas en su condición, y enseguida se encontró mucho mejor. A Eccho le dio mucho miedo cuando le quitaron la vía, pero enseguida se animó con el colgante de lapislázuli que le regaló Kara y se lo puso en el cuello.

—¡Gracias, Kara! ¡Es muy bonito! —exclamó Eccho viéndose en el espejo—. ¡Y qué guitarra más grande y guay que tienes! ¿Me la dejarás?

—Ya veremos…

—¡Es enorme, mucho más que el dobaire! —siguió la niña, dedicando a todos una amplia sonrisa—. ¡Con eso podrías dominar el mundo entero!

—Esperemos que no se le suba el poder a la cabeza y escoja una ruta de villana —comentó Nyte.

Mientras guardaban las cosas de Eccho en la mochila, la pequeña vio cómo Ermin metía las píldoras de corpusmeldam y puso una expresión triste. Kara lo notó y enseguida atrajo su atención, diciéndole que le dejaría tocar la guitarra cuando volvieran al búnker.

De regreso, lo primero que notaron fue un mayor flujo de personas en las galerías subterráneas del refugio. Había hombres de todas las edades, desde los dieciséis años hasta tan o más adultos que Nyte y Redil, y también los había de todas las etnias habidas y por haber, con una mayoría de zepharianos. Sin embargo, todos recibieron a Kara con el mismo tipo de expresión, pletóricos de esperanza y con las mismas palabras en sus labios. Bien «electa est», o bien «ave, propheta». Nyte explicó que se había filtrado sin querer la presencia de Kara y vinieron los representantes de los otros refugios de la ciudad para verla en persona.

Resultaba algo agobiante para ella el hecho de ver cómo todas aquellas personas con expresiones rotas parecían aglomerarse alrededor suyo con la suposición de que ella los podría ayudar de algún modo. Empezó a disculparse pasando entre todos ellos, y de algún modo consiguieron alcanzar la habitación donde se alojaban. Nyte se quedó atrás hablando en zephariano con los que los seguían y, cuando cerraron la puerta, se hizo el silencio.

—¡Hay muchísimas personas! —dijo Eccho, suspirando cansada—. ¡Ya sé que estaban preocupados por mí, pero no hacía falta que vinieran todos!

—Tú a la cama a descansar, señorita —le ordenó Kara—, y ni hablar de ponerte en la de arriba. Suficiente susto nos diste cuando casi te abres la cabeza anoche.

—Parece que todos se han reunido para darte la bienvenida, Kara —explicó Jack—. Tampoco es tan malo tenerlos aquí; al fin y al cabo, son despiertos a los que Nyte aleja del alcance del Sanctum.

—Sí… qué ilusión —dijo Kara con sarcasmo—. La verdad es que no sé muy bien qué esperan de mí todas estas personas. Hasta ahora, lo más útil que he hecho como profeta ha sido servir de imán de despiertos.

—Cuando nos encontremos con el oren despierto que hemos venido a buscar, esto será lo que te esperará. Los liberados te adorarán. Vete acostumbrando, porque…

—Yo no me fío de Nyte.

Todos se quedaron en silencio mirando a Ermin cuando se pronunció, con los brazos cruzados sentado en la cama.

—¿A qué te refieres, Ermin? —preguntó Kara.

—A que no me fío ni de él ni de su grupo de amigos —Se cruzó de brazos—. Hay demasiados, y el Sanctum sabe exactamente cuándo y dónde alguien con ciertas habilidades especiales se sale de su control, que por algo nos encontraron tan fácilmente, tanto a mí como a Eccho y a ti misma, Kara. Pensad lo que queráis, pero me resulta extraño que tantos hayan podido escapar hasta ahora de su alcance, y menos reunirse con tanta facilidad y alegría. Creo que tanto él como Redil nos ocultan cosas. Así de simple.

—Mira, majo —se acercó Jack—, los despertados deben unirse para prevalecer contra la Calamidad Lázaro y el Sanctum. Unirse es exactamente lo que deben hacer, y si han encontrado una forma de hacerlo sin exponerse al aparato de control de esa organización tiránica, pues lo que deberías hacer es alegrarte, no dudar. ¿Por qué crees que llevamos las bandanas estas? Bueno, vosotros, porque yo no puedo.

—Esa es otra… Las bandanas estas, que en teoría son capaces de escapar de los escaneos del Sanctum, lo único que tienen son un papel de plata en la parte izquierda, debajo de la placa de metal. Sí, es metal, no es ningún tipo de aleación extraña. —Ermin enseñó el papel en cuestión.

—¡Oye! —Jack brilló con color rojo, enfadado—. ¿Has abierto la tuya? ¿¡Cómo te atreves a dañar algo que te han prestado!?

—Hay de sobra, las tienen por todos lados. Muchos ni las usan —respondió él.

Kara desvió la mirada, agobiada solo de pensar en nada que no fuese descansar. Se subió a la cama y se sentó, colocó la guitarra al lado y se entretuvo limpiándola de polvo con un extremo de sus sábanas. Ermin y Jack seguían discutiendo, cuando de repente Kara los interrumpió.

—Oye, Jack. Anoche tuve un sueño un poco extraño.

—¿Eh? —tanto el oren como Ermin detuvieron la discusión—. Ah… Ya lo imagino. Al fin y al cabo, mañana es el día con el que llevas soñando tanto tiempo, el 13 de meiyu. Pero no te preocupes, no iremos a ningún teatro, no se cumplirá.

—¿Qué es eso? ¿Iremos al teatro? —interrogó Eccho desde su cama.

—No, definitivamente mañana no vamos a pisar ningún teatro —respondió Kara—. Pero… no, Jack, no fue eso lo que soñé. Era… otro tipo de sueño.

—¿Qué tipo de sueño?

—No estoy segura… una persona encapuchada de espaldas me habló de manera críptica. Decía algo acerca de que no había esperanza para nadie, y que yo estaba desafiando a mi propia naturaleza.




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