XXIII
La Orden
Kara estaba tumbada bocarriba. Abrió los ojos y vio un cielo estrellado con varios astros de colores marrones y verde oliva que no reconocía. Se sentía horrible, pero aun así veía aquel cielo con esperanza. Miró por el rabillo del ojo y se dio cuenta de que estaba con la cabeza sobre el regazo de una persona. Una mujer desnuda de largos y espesos cabellos verdes que le acariciaba la cabeza mientras tarareaba una melodía.
Kara reconoció las notas de la melodía; se trataba de la séptima sinfonía de Orgath Damar. De la nada, oyó su voz suave y profunda.
—Mis hermanos no te odian. Te tienen envidia, y miedo, porque tienes y sientes cosas que nosotros nunca podremos tener ni sentir. Al fin y al cabo, está en nuestra naturaleza. Al igual que está en la tuya ser así.
La mujer la miró a los ojos. Tenía unas facciones muy extrañas, como si llevara maquillaje que le confería rasgos de bestia, escamas de varias tonalidades verdosas por todo el cuerpo e incluso orejas puntiagudas. Después de dudar unos segundos, le sonrió débilmente.
—¿Eres…? —la voz de Kara le sonó extraña, como si no fuese suya—. ¿Eres un espíritu maestro?
Intentó alargar la mano hacia ella, pero en cambio algo parecido a tentáculo transparente, como hecho de agua, apareció en su rango de visión. Se asustó, pero la mujer le movió la cabeza para que solo pudiera verla a ella. La miró con melancolía y sonrió. Sin más, le puso la mano encima de los ojos a Kara. Ella separó los labios para decir algo más, pero una súbita presión en su barriga la despertó.
Día 13 de meiyu, año 658
—La fecha de la pesadilla del teatro—
Refugio subterráneo de Nyte
Eccho abrazaba a Kara, y Ermin la cogió para apartarla y que respirara.
—¡Kara, Kara, Kara! —gritaba Eccho.
—¡Ya está, déjala, que ya ha despertado! —exclamó Ermin.
—¡Kara! ¡Ay, la madre que te parió, niña, por fin! —exclamó Jack volando y emitiendo luces de colores erráticos—. ¡Me tenías muy, pero que muy preocupado! ¡Has dormido por más de un día!
Kara se sentía muy aturdida. Se miró las manos, la derecha vendada casi en su totalidad. «No es un tentáculo…» pensó.
Se dio cuenta de que Raquel, la hija de Gorka, la estaba mirando al lado de Eccho. Kara se levantó de golpe y miró alrededor. Vio a Sabu sentada a un lado lamiéndose la entrepierna, a Ermin, Eccho y Raquel al otro, y a Jack volando cerca. Pero al fondo de la habitación encontró, en la litera que quedaba libre, a Gorka con la cabeza vendada, sentada y mirándola fijamente con los ojos bien abiertos. Los susurros de muerte cayeron sobre sus recuerdos y rememoró el combate que mantuvieron en el oasis. Instintivamente buscó su guitarra, pero estaba dentro de la funda y fuera de su alcance, apoyada en la pared.
—Tranquila —le dijo Ermin—, no nos hará nada. De hecho, te protegió de los del Sanctum y nos ayudó a escapar. Kara, todo lo que pasó… en realidad, solo quería proteger a su hija.
—Lo sé… —respondió Kara recogiendo las piernas cerca del torso—. Y es eso precisamente lo que más miedo me da de ella.
—No hace falta que os preocupéis por mí. Pues recibí un favor importante. Bajo la atenta mirada del combate eterno.
Gorka movió los labios, pero sus palabras fueron susurradas directamente en los oídos de todos los presentes. Tras unos segundos de consternación, Ermin le acercó la guitarra a Kara, y Sabu saltaba para interponerse entre Gorka y Eccho.
—No os alarméis. Estoy aprendiendo a usar mi maldición. No deseo usar mi poder. Para hacer el mal. Menos contra la chica a quien debo mi vida. Por salvarnos ayer.
—Qué desagradable… —Ermin hurgó en su oreja sufriendo un escalofrío, y Sabu parecía más hinchada, con el pelaje erizado—. Habla muy lento… Y es como si me estuviera susurrando justo en la oreja. Como si llevara unos audífonos puestos.
—Imagino que es una buena forma de saltarnos las barreras lingüísticas —admitió Jack—. Pero casi noto su aliento y todo…
—Bueno, pues sea como sea, aquí estamos… —dijo Kara en tono serio—. Casi matas a cientos de personas, incluidos todos los que estamos aquí. ¿Cuál es tu plan, ahora? —preguntó, guitarra en mano y labios torcidos.
—¿Mi plan? —Gorka, con los párpados entrecerrados, desvió la mirada al suelo y luego en dirección a Raquel—. Nunca he tenido un plan. Escapamos de milagro de la mina. Donde llevaba trabajando como una esclava desde mi niñez. Llegamos a Sócrates por la persona a la que amé. Me aseguró que Zepharian era donde. Cualquiera podía encontrar la felicidad. Quería un tipo de vida distinto al que he tenido yo. Para Raquel. Aunque… —Su mirada volvió a saltar, encontrándose con la de Kara—. Me parece que ambas hemos descubierto. Que esta urbe no es lo que buscamos. Para quien nos importa.
Kara se abrazó a sí misma sintiendo un escalofrío. Tenía la sensación de que se le metía la voz en la cabeza y hurgaba a sus anchas.
—Ya. ¿Y por qué has venido con nosotros? —interrogó Ermin.
Gorka levantó la cabeza. Cerró los ojos y suspiró, por primera vez, con cierta jovialidad. Se dejó caer sobre la cama con las manos detrás de su nuca y las piernas cruzadas.
—Ya lo he dicho antes —Gorka miró a Kara de reojo—. Las diosas han visto el favor que me has hecho. No me apartaré de ti. Hasta que no te lo devuelva. Te guste o no. Además. Raquel parece disfrutar la compañía. De alguien de su edad.
—Ya tengo a Jack, mujer sou. No necesito un guardaespaldas con el poder de matarme a mí o a cualquiera que esté cerca de mí en cualquier momento.
—Vale. Pues digamos que os secuestro para refugiarnos. Tanto yo como mi hija.
—¡¿Ahora somos rehenes?! —preguntó Kara, indignada.
—Míralo como quieras. Chica pija. Yo estoy cansada. Quiero disfrutar de mí. Merecida jubilación.
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magia y misterio en mundo moderno, madre esclavizada, adolescente con poderes musicales
Editado: 24.08.2026