La Profeta

24 - El Convento

XXIV

El Convento

Learco Néstor Pólux nació bajo otro nombre en el año 602 d. O., en Norempúrium, en algún lugar de Ardur, en las afueras de la que se considera la capital de la provincia de Órida. Pasó allí los primeros tres años de su vida como norempuriano. Una vida anodina que prometía verdadera paz para un oren tan beligerante como el de Nyte. Algo que necesitaba desde hacía varias reencarnaciones, desde que se apartó oficialmente de La Mano.

Sin embargo, en aquellos tiempos, antes de la correcta instauración de una férrea política de fronteras controladas por la siguiente presidenta que subiría al poder, todavía era común tener invasores acechando en los valles de aquel país boscoso. Al fin y al cabo, había muchas oportunidades de cometer atrocidades de manera impune.

Temprano por la mañana, Learco salió a jugar cerca del patio de su casa, abrigado con su manta favorita con el dibujo bordado de un conejo. Y, así, sus padres se despistaron un momento del que pasarían a arrepentirse durante el resto de sus vidas. Un grupo de sa-i'niiks, nombre por el que se conocían a los bandidos surempurianos, muchos de ellos provenientes de Andanï, famosos en aquellos tiempos por secuestrar infantes nors, tenían fichado el hogar del niño desde hacía tiempo por ser especialmente vulnerable y sus padres especialmente descuidados. Apenas tuvieron una oportunidad para secuestrarlo y la aprovecharon sin dudar.

Learco cayó de un momento a otro del campo abierto y el aroma de las flores típicas de Órida a un saco, amordazado, y horas después en una jaula de las que usaban para meter a los futuros esclavos o mercancía humana, el amor y la calidez de un hogar sustituidos por frío, hambre y miedo. Lo único que guardó de valor fue su manta, de la que no se desprendió en ningún momento.

Pasó varias semanas de jaula en jaula viajando a lugares totalmente desconocidos, hasta que un hombre lo encontró. Learco recordaba su mirada, fría y despojada de piedad. El hombre hizo un trato con el esclavista y el niño terminó en Ciudad Sócrates. Contrario a lo que cabría imaginar, había poca luz y hacía mucho frío, contrastado con el calor del exterior. Estaba bajo tierra, y casi parecía una nevera.

Esas eran las galerías del actual refugio de la Nueva Mano.

Le dieron de comer, lo vistieron, le cortaron el pelo y lo asearon. Sin más, lo llevaron de la mano y le hicieron sentarse en una habitación grande con las paredes y el techo alto pintados con las formas de un bosque y un cielo azul. Había juguetes infantiles por todos lados, pero ninguno de los cuatro niños que estaban ahí, sin contar a Learco, los usaban.

Una era una niña tres años mayor que él, a quien llamaban Raven, que nunca paraba quieta. Sacaba los dientes a cualquier adulto que viera y le gritaba mil improperios. Sus ojos brillaban con un color blanco sobrenatural cada vez que se enfadaba, pero siempre recibía una bofetada tan fuerte que la tumbaba. Otro niño, de aproximadamente su edad, iba con los ojos vendados. Y, a pesar de no ver nada, parecía jugar con unos bloques de madera para hacer construcciones con sorprendente habilidad.

Todos ellos eran surempurianos a juzgar por el color de su piel. Todos, menos uno que era rubio, el más pequeño de todos. Se pasaba el día dibujando con tizas en el suelo y las paredes. Dibujaba símbolos y patrones extraños.

El cuarto y último niño era el más especial. No sabría decir por qué, pero aún a esa temprana edad sabía muy bien que él, sin un solo rastro de cabello en la cabeza, siempre dándoles la espalda a los demás y sentado contra la pared del fondo, era el más importante de todos.

Al cabo de pocos días lo tomaron de la mano y se lo llevaron a una habitación oscura. Learco se sentía mal, había contraído una gripe leve, y apenas podía andar. Pero abrió mucho los ojos cuando vio que, en medio de la habitación, había una especie de altar de metal con una piedra roja que brillaba con mucha, mucha intensidad. Le indicaron que la tocara, y al hacerlo apartó la mano de inmediato del calambre que le dio. La piel en todo su cuerpo se le erizó. Era como si un rayo le hubiese atravesado de arriba abajo.

«Es un buen recipiente, pero mal conductor», dijo un hombre. «Aun así, Calixta cree que era un miembro importante de La Mano original. ¿Deberíamos revisarlo mejor, señor?», dijo uno de ellos. Otra voz más grave respondió enseguida. «No tenemos tiempo para eso. Deshazte de él, Egan. Y que sea de una forma en la que no puedan seguirnos el rastro».

El hombre que se lo llevó de aquellas instalaciones subterráneas, a quien habían llamado Egan, se disculpó con el niño al menos media docena de veces durante el trayecto que hicieron en coche, pero por mucho que Learco insistía en que quería volver con sus padres, él hizo caso omiso a sus peticiones. Learco recordaba perfectamente bien cómo lo abandonaron aquella misma noche en la puerta de lo que parecía un monasterio, con nada más que la manta de la que insistía en no desprenderse.

Pero no se trataba de un verdadero monasterio, ya que en Zepharian no se rezaba a ningún dios.

Le abrió la puerta una mujer de mediana edad ataviada con una toga larga y gruesa de color azucena, blanco y verde bosque. En el pecho tenía bordado un elegante símbolo representando el myrtus, una planta peculiar que suele crecer en aquella región de forma natural. Learco, desvalido, desnutrido, enfermo de gripe y sin voz de tanto llorar durante las semanas que llevaba de jaula en jaula, fue recibido en un lugar cálido y espacioso.

Los primeros días pasó por unos cuidados personales para tratar de superar la gripe que amenazaba su vida. A la segunda semana, ya recuperado, se sentó por primera vez en el comedor comunal donde había al menos medio centenar de niños cenando, altas vidrieras de colores irguiéndose a lado y lado de la sala y dos grandes candelabros colgando del techo.




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