La Profeta

25 - Mythus

XXV

Myrthus

Año 613 d. O., mes de ophiaco

Zepharian, afueras de Skorpia, Monasterio de los Myrthus

Learco y Redil despertaron por la mañana con la alarma de sus relojes antes de despuntar el alba. Learco lo vio acicalarse un poco y le hizo sentarse en el tocador. Usó su peine para ordenar los mechones de cabello, y luego lo ayudó a trenzarlo y recogerlo con los anillos y lazos que usaba. Cruzaron miradas a través del espejo y Learco lo abrazó desde atrás. Redil apoyó la cabeza sobre la suya, en todo momento sin decir nada por temos a ser escuchados a través de las paredes.

Al cabo de un rato abrieron la puerta con cuidado. Learco miró a lado y lado del pasillo, pero todavía no había ni un solo myrthus fuera de su habitación.

—El crimen perfecto… —susurró Redil, y le sacó la lengua a Learco.

A pesar de no haber nadie, delante de su habitación se dieron la mano formalmente y Learco le agradeció con sonrisa cómplice por ayudarle con los estudios. Redil, con un rostro casi tan creíble como el que fingía poner su amigo, dijo que le pidiera ayuda siempre que lo necesitara.

Learco volvió dentro de la habitación y, después de cerrar la puerta, se dejó caer sobre la cama. Estuvo largo rato arrebujado en la manta fina con la que se habían tapado, impregnando sus fosas nasales del aroma del perfume que usaba Redil, confeccionado por él mismo a partir de una sutil mezcla secreta de las flores del jardín.

Un olor que lo volvía único.

El día a día durante el primer año que Learco pasó en el ala tercera del convento fue el peor y a la vez el mejor de la corta vida que llevaba vivida. Si bien los estudios y los horarios eran agotadores, y apenas podían quedar los cuatro amigos para charlar en el espacioso jardín de la tercera ala, casi cada noche Redil iba a su habitación y se quedaban hablando y riendo de tonterías que habían sucedido o en las que habían pensado durante el día hasta que se dormían abrazados en la cama. Y durante el día disimulaban su cercana amistad de manera que las propias maestras, en clase de relaciones sociales y subterfugios, les habían enseñado a hacer.

En el segundo año, cuando Learco y Redil cumplieron trece y doce años respectivamente, las clases empezaron a complicarse bastante más. Las horas de deporte fueron sustituidas por más clases de danza. Aprendieron a confeccionar venenos para provocar diversas dolencias en clases de herboristería, a saber con qué fin. Aprendieron a cantar con varias entonaciones, llegando en ocasiones al punto de rasparse la garganta.

A veces los obligaban a envenenar roedores y observar de qué modo morían frente a sus ojos. Muchos rompían a llorar, y ese año dos estudiantes fueron descendidos a las clases del primer año en busca de una segunda oportunidad. Uno de esos, lamentablemente, fue Goyo, con lo cual terminó bastante separado del grupo de cuatro y relegado a la hora diaria que compartían los de primer año con los de segundo año a la hora de comer.

Learco se sintió algo confundido en otro tipo de clases más raras, donde hacían desvestirse a los alumnos lentamente usando distintos tipos de ropa mientras realizaban danzas individuales, a la libre creatividad de cada alumno. Si bien lo seguían llamando desde el primer año «clase de danza sensorial», Númuno explicó a Learco y Redil que eso, según los libros que había leído, se trataba de seducción y danzas eróticas.

Durante aquellas clases, las maestras los observaban con frialdad reflexiva, o bien con severidad seca, y les reprochaban cada mínimo detalle a pulir, o traspié que daban. En general, todos los estudiantes de la clase bailaban, cantaban, tocaban música, preparaban perfumes, se maquillaban, se vestían y tocaban instrumentos con, se podría decir, una profesionalidad propia de alguien altamente especializado en cada ámbito. Algo muy loable para unos adolescentes. Pero para las maestras de la tercera ala, el concepto de «alago» no tenía cabida en el convento.

Algo era aceptable o no aceptable, y lo aceptable nunca podía ser menor que excelente.

Durante aquel segundo año sin Goyo, Númuno notó la cercanía de Redil y Learco. De hecho, lejos de delatar ese comportamiento, les dio consejos para disimular mejor en público. Demasiados segundos sosteniendo miradas de reojo. Demasiado pegados en el comedor, a pesar de verlo lo más normal del mundo y algo que hacían constantemente desde pequeños. «Por encima de todo debéis vigilar las inspecciones sorpresa de la institutriz Lilah», les decía.

Daba la casualidad de que la habitación del joven Númuno estaba en el primer piso, justo debajo de la de Learco, así que les hizo un gran favor. Cada vez que la institutriz iniciaba una inspección, al empezar desde los pisos inferiores, Númuno tiraría de un hilo que salía por la ventana y llegaba hasta la habitación de Learco. El hilo activaba una campanilla improvisada con unos trozos de vidrio rotos que los advertía a ambos, y Redil saldría de la habitación rápidamente para volver a la suya. Un plan digno del antiguo dúo travieso de la segunda ala, el terror de la institutriz Aria.

—Aun con todas estas precauciones, a la larga será peligroso —les susurró Númuno un día, sentados los tres en un banco del jardín después de la comida.

—¿Por qué? —preguntó Learco.

—Porque eso que estáis haciendo… lo de estar tan… así.

—¿El qué? —Preguntó Redil, genuínamente confundido.

—Se le llama una relación… Y está prohibidísimo que dos myrthus lo tengan.

Redil y Learco se miraron. Instantes después estallaron en una risa mutua.

—¿Te has vuelto loco? ¿Cómo que una relación? —dijo Learco.

—¡Se cree que eres una chica, Lea!

—¡Sí, hombre, se cree que tú eres una chica, Red!

—Hablo en serio… —dijo Númuno con el ceño fruncido—. Bajad el tono, no os conviene que nadie más sepa esto.




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